Resetear la economía peruana: el balance social pendiente de 30 años del modelo económico
Alejandro Narváez Liceras (*)
Después de más de tres décadas de predominio del modelo neoliberal en el Perú, el balance no puede reducirse a la estabilidad macroeconómica, la baja inflación o la disciplina fiscal. Es cierto que el país ha exhibido, en diversos periodos, indicadores macroeconómicos favorables: deuda pública moderada, reservas internacionales importantes, inflación relativamente controlada y apertura comercial. Pero también es cierto que esos logros no han impedido que millones de peruanos sigan atrapados en la pobreza, la informalidad, el hambre, el desempleo encubierto y la desigualdad territorial.

El problema central no es negar los avances macroeconómicos, sino preguntarse para quién funcionó el modelo. Porque una economía puede crecer y, al mismo tiempo, fracasar socialmente. Puede tener buenos números fiscales y pésimos indicadores humanos. Puede ser celebrada por los mercados y, a la vez, condenar a la mayoría a sobrevivir en la precariedad.
Por eso, el Perú necesita algo más profundo que retoques cosméticos: necesita resetear su economía. No se trata de destruir lo avanzado ni de negar los logros macroeconómicos alcanzados en las últimas décadas. Significa revisar críticamente un modelo que prometió modernidad, eficiencia y prosperidad, pero que dejó como herencia una sociedad fracturada, informal, desigual y profundamente vulnerable.
Fallas del modelo
Durante más de treinta años se instaló una idea casi dogmática: si el Perú mantenía estabilidad macroeconómica, apertura comercial, inversión privada y disciplina fiscal, el bienestar llegaría por derrame. El crecimiento del PBI sería suficiente para reducir pobreza, formalizar empleo y elevar la calidad de vida. Sin embargo, la realidad ha demostrado que el derrame fue débil, desigual y, muchas veces, ilusorio.
La cifra más contundente es la pobreza. Según cifras oficiales (INEI, 2026) en 2025 la pobreza monetaria afectó al 25.7% de la población. Ello significa que una cuarta parte de peruanos viven con ingresos insuficientes para cubrir una canasta básica que asciende a 1,848 soles (una familia con 4 miembros). ¿Puede llamarse exitoso un modelo que, después de treinta años, deja a millones sobreviviendo al borde de la necesidad?
La pregunta cae por su propio peso: ¿de qué sirve sólidos fundamentos macroeconómicos si 8 millones 800 mil peruanos viven con ingresos de 15 soles al día? ¿De qué sirve la ortodoxia fiscal si millones no pueden cubrir adecuadamente su alimentación, salud, educación o vivienda? Allí aparece la primera gran falla del modelo: confundió estabilidad macroeconómica con desarrollo.
La segunda falla es el empleo que ofrece otra prueba del fracaso estructural. El Perú no solo tiene desempleo abierto; tiene algo más profundo: subempleo, informalidad y precariedad estructural.
Nuevamente, el INEI reportó que, a diciembre de 2025, el 70.2% de la población ocupada tenía empleo informal. Esta cifra no es un accidente estadístico. Es la radiografía de un capitalismo periférico que produce ocupación, pero no ciudadanía laboral; que permite sobrevivir, pero no progresar.
La informalidad no es simplemente evasión o falta de cultura tributaria. Es el resultado de una estructura productiva débil, concentrada en actividades de baja productividad, con microempresas que sobreviven sin crédito o crédito muy caro, sin tecnología, sin capacitación y sin acceso real a mercados modernos. Durante décadas se dijo que bastaba con flexibilizar el mercado laboral, abrir y atraer inversión. Pero el resultado fue una economía dual: una parte moderna, exportadora y muy rentable; y otra inmensa, popular, informal y abandonada. Ese es el Perú real.
La tercera falla es alimentaria. El informe SOFI 2024, con cifras de FAO, señaló que 17,6 millones de peruanos enfrentaban inseguridad alimentaria moderada o grave, equivalente al 51.7% de la población. Este dato debería sacudir cualquier complacencia. No hay éxito económico posible en un país donde más de la mitad de sus habitantes tiene dificultades para acceder de manera regular a alimentos suficientes y nutritivos.
Aquí el modelo muestra su contradicción más dura: el Perú exporta alimentos, minerales y energía, pero no garantiza bienestar básico a su población. Puede producir riqueza, pero no distribuir seguridad. Puede atraer capitales, pero no alimentar dignamente a millones. Puede tener supermercados llenos y hogares con ollas vacías. Esa paradoja no es económica, es moral.
La cuarta falla es la desigualdad. Según la Plataforma de Pobreza y Desigualdad del Banco Mundial, el índice de Gini de Perú fue de 40,13 en 2024, indicador que confirma la persistencia de una distribución desigual del ingreso. El Informe Mundial sobre la Desigualdad 2026 (WIR 2026) advierte que el 0.1% más rico de peruanos recibe el 22% de los ingresos, el más alto de la región y del mundo en 2022.
Pero, la desigualdad peruana no es solo monetaria; es también territorial, educativa, sanitaria, digital, etc. No nace únicamente del mercado, sino de un Estado que llega tarde o no llega, y de una economía que concentra oportunidades en pocos espacios urbanos y pocas manos.
Resetear la economía peruana
Por ello, “resetear” la economía peruana exige abandonar la falsa dicotomía entre Estado y mercado. El Perú no necesita un Estado empresario torpe ni un mercado sin control social. Necesita un Estado estratégico y visionario, capaz de orientar inversión, regular abusos de los oligopolios, promover competencia, financiar infraestructura, elevar productividad y garantizar derechos universales básicos. Y necesita un sector privado moderno, que no viva de privilegios, exoneraciones tributarias, captura regulatoria o rentas extractivas, sino de innovación, productividad y empleo digno.
Resetear la economía implica, primero, pasar de una economía primario-exportadora a una economía productiva y diversificada. La minería seguirá siendo importante, pero no puede ser el único motor. El país necesita industria, agroindustria inclusiva, ciencia, tecnología, turismo sostenible, economía digital, petroquímica, energías renovables, manufactura especializada y cadenas regionales de valor.
Segundo, exige una reforma tributaria progresiva y técnicamente seria. No se puede financiar un Estado social con una presión tributaria débil, evasión extendida y privilegios injustificados. Pero tampoco se puede asfixiar a la pequeña empresa formal. La clave está en cobrar mejor a quienes más tienen, cerrar evasión y elusión, revisar exoneraciones ineficientes y simplificar el cumplimiento tributario para Mypes.
Tercero, requiere una revolución del empleo formal. La formalización no se decreta; se construye con productividad. Eso implica crédito barato, asistencia técnica, compras públicas, digitalización, capacitación laboral, reducción de costos burocráticos y protección social gradual. Un trabajador no se vuelve formal porque el Estado lo amenaza, sino porque la economía le ofrece una ruta viable para salir de la precariedad.
Cuarto, se necesita una política alimentaria nacional. El hambre no puede tratarse como un problema asistencial. Debe enfrentarse con agricultura familiar, infraestructura hídrica, caminos rurales, mercados mayoristas eficientes, compras públicas locales, nutrición escolar y protección frente a choques climáticos.
Quinto, el Perú debe reconstruir el Estado. No hay transformación económica con ministerios débiles, gobiernos regionales capturados, municipios ineficientes, corrupción endémica y obras paralizadas. El Estado no solo debe gastar más; debe gastar mejor, medir resultados y sancionar la incompetencia.
Conclusiones
El modelo económico peruano logró estabilidad, pero no logró justicia social. Ordenó algunas cuentas macroeconómicas, pero no ordenó la vida de millones de ciudadanos. Redujo riesgos financieros, pero dejó intactos riesgos humanos: pobreza, hambre, informalidad, desigualdad y abandono territorial.
Resetear la economía peruana no significa quemar la casa, sino cambiar sus cimientos defectuosos. Significa conservar lo que funciona, pero corregir lo que fracasó: la ausencia de política industrial, la debilidad del Estado social, la informalidad masiva, la concentración de oportunidades y la indiferencia frente al hambre.
El Perú necesita una nueva economía: productiva, inclusiva, descentralizada, soberana y socialmente responsable. Una economía que no mida el éxito solo por el PBI, sino por la dignidad de su gente. Porque un país donde millones sobreviven sin empleo digno, sin comida segura y sin servicios básicos no necesita retoques cosméticos. Necesita, con urgencia histórica, un verdadero reseteo económico. L:11052026
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(*) Es Doctor en Ciencias Económicas y Profesor Principal de Economía Financiera en la UNMSM.
