El deterioro del espíritu y la fantasía del fútbol

Por: 

Víctor Vich*

El deterioro de la política, pero, más aún, de la sociedad peruana en su conjunto, es muy profundo: la falta de rumbo acrecienta la inercia tanática, la corrupción continúa destruyendo lo poco que queda y la ignorancia se multiplica a treinta minutos por segundo. Es claro que nos gobierna una mafia, pero es indudable –solo los cínicos son capaces de negarlo– que la alternativa que existía era también otra mafia: más sofisticada, con más experiencia, pero igual de abyecta. Aunque es urgente que Castillo y Maricarmen Alva se vayan pronto lo más lejos posible, la crisis que vivimos se muestra mucho más grave de lo imaginable.

Durante los últimos 30 años, la vida social ha sido tomada por un discurso económico que solo entiende la vida –individual y colectiva–desde el interés privado, la competencia y la ganancia a como dé lugar. Vivimos bajo un sistema verdaderamente unidimensional donde el imperativo del lucro se ha impuesto como el único ideal de vida. Toda la experiencia humana ha quedado reducida a la mercantilización más burda (al conteo, al rédito) y al desprecio por el pensamiento y por la cultura. Proponer que solo somos “fuerza de trabajo” o simples “consumidores” implica reducir la vida a una condición puramente mecánica.

Hoy el Perú paga el precio de haberse dedicado a formar “emprendedores” y no ciudadanos. El modelo económico ha instalado una cultura que se desentiende de todo lo que no sea rentabilidad. Por eso, vivimos en una sociedad sin historia, sin filosofía, sin poesía, y sin arte en el espacio público. El bajísimo nivel de la discusión política (su condición terminal) es resultado de una esfera pública muy decadente producida por un sistema educativo plagiario (obsesivo en miles de procedimientos y nunca en contenidos), por unos medios de comunicación barbarizados (desentendidos de conocimientos académicos) y por partidos políticos que son cuevas de mediocres y delincuentes. Y de cínicos que, tal como lo manda la historia, no hacen sino reproducir la impunidad ante el aplauso de los criminales, de los corruptos y de los carcamanes. En un libro, titulado “Sin fines de lucro”, Martha Nussbaum ha descrito así el escenario que vivimos:

“Estamos en medio de una crisis de proyecciones gigantescas y de enorme gravedad mundial…. Me refiero a una crisis que pasa inadvertida como un cáncer. Sedientos de dinero, los estados nacionales y sus sistemas de educación están descartando sin advertirlo ciertas aptitudes que son necesarias para mantener viva a la democracia. Si esta tendencia se prolonga, las naciones de todo el mundo en breve producirán generaciones enteras de máquinas utilitarias, en lugar de ciudadanos cabales con la capacidad de pensar por sí mismos, poseer una mirada crítica sobre las tradiciones y comprender la importancia de los logros y sufrimientos ajenos. Todas las naciones del mundo están erradicando las materias y las carreras relacionadas con las artes y las humanidades desde la primaria hasta la universidad…”

De hecho, el actual deterioro social va de la mano con la pérdida del lugar de las humanidades en la vida pública, vale decir, en los colegios, en las universidades, en los medios de comunicación y en las redes sociales. La ola conservadora (una derecha y una izquierda que parecen lo mismo) responden a ese vaciamiento anti-ilustrado que se ha impuesto en la sociedad. ¿Y si después de tantas palabras no sobrevive la palabra? se preguntaba, desgarradamente, César Vallejo, sin saber que décadas después su nombre sería utilizado por una universidad que hace todo lo contrario a lo que él intentó comunicar.

En estos días, se presenta en Lima la obra Timón de Atenas de William Shakespeare. La actuación de Bruno Odar es magnífica. Las maldiciones con las que el personaje increpa al género humano tienen tal actualidad que nos continúan interpelando. Marx comenta la obra en los llamados “Manuscritos de París” y cita el siguiente pasaje:
“Oro amarillo, brillante, precioso que va a sobornar a vuestros sacerdotes, va a retirar la almohada de debajo de la cabeza del hombre más robusto. Este amarillo esclavo va a fortalecer y disolver religiones, bendecir a los malditos, hacer adorar la lepra blanca, dar plaza a los ladrones y hacerlos sentar entre los senadores con títulos, genuflexiones y alabanzas”

El Perú actual en una imagen completa. De hecho, hace pocas semanas el fiscal José Domingo Pérez presentó la acusación contra Keiko Fujimori por el caso “cockteles”. El documento muestra el verdadero funcionamiento de nuestra burguesía que, desde hace mucho, se ha desentendido, no solo de la vida pública sino, sobre todo, de la ley y la moral. El documento acusa a muchas de las más grandes empresas del escenario económico por ilegales entregas de dinero durante las campañas electorales: la empresa Gloria, la corporación Graña y Montero, el grupo del Banco de Crédito, Drokasa, Sudamericana de Fibras y nada menos que el grupo Alicorp que, durante la pandemia, y muy lejos del mandato cristiano (“que tu mano derecha no se entere de lo que hace tu mano izquierda”, Mateo 6-3) parece haber gastado más dinero contándonos todo lo que ayudaban, que ayudando de verdad.

El deterioro peruano es espiritual, pero el espíritu es materia, es acción consecuente. En realidad, muchos nos han enseñado que el espíritu no tiene nada de espíritu y que no se estructura desde simples “valores” discursivos. De hecho, en la obra de Shakespeare, la sabiduría que adquiere Timón no es resultado de una opción mística sino de una verdadera conciencia política. Para los grandes pensadores y para los grandes artistas, el espíritu consiste en el despliegue de todas las capacidades humanas (y no solo las económicas) en vías a la constitución de una identidad siempre autocrítica y de una comunidad justa y no enajenada. Es claro que en el Perú de hoy hemos perdido el espíritu: hemos perdido todo sentido de comunidad a efecto de un economicismo chato que solo promueve individuos atomizados compitiendo y destruyéndose entre sí. ¿Es la selección de fútbol la única, o la última, fantasía de pertenencia a una comunidad cuando ésta ha sido ya completamente destruida?

*  Víctor Vich, Crítico literario. Doctor Georgetown University, EEUU. Enseña en la PUCP. Ex-profesor de la Escuela Nacional de Bellas Artes.

Publicado en La Mula