La venganza del cóndor

Por: 

Nicolás Lynch

Tomo el título de un cuento de Ventura García Calderón, escritor de estirpe oligárquica y cercano a la generación “futurista” de la primera mitad del siglo XX. Esa narración expresa, desde la distancia aristocrática del autor, lo que no ha encontrado todavía un cauce ni menos una solución en el Perú de nuestros días. Este fenómeno se volvió a manifestar subjetivamente como una vindicación de importantes sectores ciudadanos en la votación de primera vuelta, frente a lo que ya sucedió entre 2021 y 2023 y que amenaza con continuar repitiéndose en los próximos tiempos si la ceguera de las élites continúa.

El pase a segunda vuelta de Keiko Fujimori con algo más del 17% de la votación y de Roberto Sánchez, rozando por encima del 12%, no eran, definitivamente, los resultados esperados al principio de la campaña electoral. La sorpresa la ha dado Sánchez, recogiendo la indignación popular que se levantó luego de la caída de Pedro Castillo en diciembre de 2022. La furia que se manifestó en esas doce semanas de movilización entre diciembre de 2022 y marzo de 2023, y fue saldada con 49 muertos producto directamente de la represión de las fuerzas armadas y policiales y 60 en total, si contamos los fallecidos indirectamente. Una represión que se ensañó en el espinazo andino del Perú, especialmente en el sur, hogar de los pueblos quechua y aymara, tradicionalmente rebeldes frente al poder central. Todo esto con el agravante de la impunidad. A tres años de los hechos no conocemos culpables ni tampoco el detalle de las diligencias que el Ministerio Público y el Poder Judicial hayan realizado para esclarecer los hechos.

Los peruanos observamos en esos sucesos que nuevamente, volvía a gobernar la extrema derecha neoliberal que había perdido las elecciones del 2021. 

Sin embargo, estos muertos han ganado después de muertos, con el aluvión electoral que se manifiesta en los resultados de la primera vuelta. Digo aluvión, porque la representación política ha encontrado ya otros cauces en el Perú, mucho menos predecibles que los de antaño. Ya no existen partidos con referentes políticos y/o sociales claros, a los que los dirigentes puedan orientar. Existen más bien audiencias que se guían por señales de distinto tipo y se pasan la voz para votar por el candidato que les parezca más favorable a sus intereses en cada coyuntura.

El avance de Roberto Sánchez y Juntos por el Perú se debe, en este caso, a que supo recoger cuánto había calado en el sentimiento popular la indignación por el maltrato a Pedro Castillo. Yo mismo, menosprecié este sentimiento y no creí que fuera tan relevante en el momento de la votación. Por la importancia, vale la pena una brevísima recapitulación. Castillo intentó un golpe de Estado luego de que la extrema derecha, durante año y medio, le impidió cotidianamente gobernar. Su impericia lo llevó al golpe, pero la respuesta fue brutal, tanto por la falta de respeto a sus fueros como Presidente de la República como por la represión posterior que no trepidó en el uso de la violencia estatal como violencia criminal, para terminar con la movilización.

Nuestra derecha, como extrema derecha, no parece haber aprendido nada. En estas semanas, entre primera y segunda vuelta, echa mano de la gastada retórica del fraude para agitar las aguas y deslegitimar la elección. En otras palabras, nada que no la favorezca puede ser verdad. Ningún organismo, nacional ni internacional, le ha dado la razón, pero ha conseguido una victoria parcial con la renuncia del jefe de la ONPE Piero Corvetto. Sin embargo, parece continuar por este camino, hasta algún despistado por allí ha llamado a un “golpe democrático”, una contradicción en los términos, pero para esta extrema derecha, que se caracteriza por renegar del gobierno de la ley qué importa. 

Nos acercamos a la segunda vuelta en un mar de incertidumbre, no tanto por los números que parecen claros, sin por la actitud de los que niegan los resultados. Existe la amenaza, no sólo de un fraude en la segunda vuelta, por esa eterna perdedora que es Keiko Fujimori –sería la cuarta vez que pierde en una segunda vuelta– sino también de un giro autoritario que puede tomar diversas formas, desde un golpe militar tradicional hasta un gobierno cívico militar fabricado por una ONPE recompuesta. 

En esta situación ¿cuál debería ser la actitud de Roberto Sánchez para detener los intentos de golpe y/o fraude desde la derecha y ganar en segunda vuelta? Algunos señalan que debería aliarse con todos los candidatos que sean o se parezcan al centro, otros que debe reafirmarse en su base indignada para convertirla en mayoría nacional. La verdad es que a estas alturas es difícil ubicar y saber ¿qué es el centro político? ¿qué plantea frente al descalabro actual? Me parece que debe partir de una lealtad a su base indignada con la mentira y la corrupción que caracterizan a la política peruana y combinar esto con un llamado al centro, aunque sea imaginario, para convocar a un gobierno de mayorías sobre la base de un programa amplio, pero que insista en la necesidad del cambio y no de la continuidad en el Perú. Un cambio hacia una mayor justicia que brinde bienestar y recoja la tan vapuleada bandera de la soberanía nacional, sin F16 ni privatización de Petroperú de por medio. Lo contrario sería suicida, así gane o pierda en la segunda vuelta. 

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