Salud: promesas sanitarias y un Estado exhausto

Por: 

Víctor Zamora Mesía

Dos planes, un mismo límite: gestión sin reforma y reforma sin viabilidad

En salud, las dos candidaturas que compitieron en la segunda vuelta electoral comparten un defecto que ninguna nombra: miran hacia adentro del sistema. Ven la consulta, el medicamento, la cama hospitalaria. Pero lo que enferma a las personas antes de que lleguen —la pobreza, la informalidad, la inseguridad alimentaria, el agua contaminada, la vivienda precaria, el barrio sin saneamiento— queda fuera del encuadre. Allí se fabrica una parte enorme de la enfermedad peruana. En la casa. En el mercado. En la escuela. En el trabajo informal.

La obesidad es el ejemplo más claro de esa ceguera. El país vive ya una epidemia de sobrepeso, diabetes, hipertensión y enfermedad renal, pero los planes la abordan con educación alimentaria y actividad física. Consejos correctos, pobres frente a la escala del problema. Una familia pobre no “elige mal”: elige entre precios, tiempos, publicidad, ultraprocesados baratos y barrios inseguros. Detrás de esa elección hay bebidas azucaradas, comida ultraprocesada, marketing dirigido a niñas y niños y captura regulatoria. Determinantes comerciales de la salud. El nombre incomoda porque obliga a tocar el poder. Y ambos planes lo eluden.

En coyuntura electoral, esta omisión importa por una razón simple: si el diagnóstico es corto, la promesa será inflada. Y si la promesa es inflada, el choque con el Estado real —ese Estado exhausto que heredará el ganador— será brutal.

Dos planes, un mismo límite

Desde esa miopía compartida, conviene leer lo que cada uno ofrece.

Fuerza Popular presenta una agenda de continuidades reconocible para cualquier gestor público: telemedicina, citas más rápidas, historia clínica digital, fortalecimiento del primer nivel, salud mental. Varias medidas tienen sentido y han aparecido en más de un discurso presidencial anterior. Pero su alcance real depende de condiciones que el plan da por sentadas y que el país aún debe construir: conectividad estable, equipos funcionales, medicamentos, soporte técnico, personal entrenado. La propuesta tiene una virtud: busca ordenar. Su límite es serio: confunde ordenamiento con transformación.

Juntos por el Perú parte de una premisa más cercana al núcleo del problema, y que comparto: la salud es un derecho y el Estado debe ser su garante. Ese es un punto de partida más fértil. Pero luego viene el desborde: duplicar el financiamiento hasta el 7%, integrar subsistemas, nombramientos masivos, miles de equipos territoriales, clínicas especializadas, farmacias populares, reforma institucional. Demasiado a la vez. Con escaso costeo. Con poca secuencia. El riesgo es que la promesa del derecho quede hecha añicos cuando se estrelle con el muro de la ingeniería fiscal y administrativa, peor aún sin una mayoría congresal que le dé viabilidad legal y financiera.

El balance es parejo: Fuerza Popular ofrece gestión sin reforma y con Estado insuficiente. Juntos por el Perú ofrece reforma sin viabilidad política suficiente. Ambos están atrapados, de distinta manera, en la misma arquitectura que produce inequidad: fragmentación entre subsistemas, financiamiento insuficiente, rectoría debilitada, precariedad laboral, mala distribución del talento humano, gasto de bolsillo elevado.

El lunes 8 comienza el Estado real (no el del plan)

Aquí entra el punto que la campaña oculta: gobernar salud no empieza el 28 de julio; empieza el lunes siguiente a la elección.
Cualquiera que gane asumirá con un presupuesto ya aprobado por su antecesor, almacenes con quiebres de stock, hospitales fatigados, brotes simultáneos y una amenaza climática que puede poner en jaque al nuevo gobierno en cuestión de días. El 28 de julio será una ceremonia de inicio en lo formal, pero en realidad será un empalme con una gestión saliente marcada por la mediocridad y la corrupción. El punto de partida será lo que el gobierno de salida deje atrás.

Por eso, las promesas que no vienen con secuencia, costeo básico, capacidad de ejecución y respaldo político no son “ambiciosas”: son frágiles.
Como exministro, y como alguien que ha estado dentro del Estado cuando todo arde, lo digo sin épica: la salud se gobierna con logística, conducción y reglas. Y, sobre todo, con integridad. Lo demás es propaganda.

Mi propuesta: dos frentes y dos velocidades

Gobernar salud será menos épico y más áspero de lo que prometen los planes. La tarea —tal y como la planteamos en el libro “Propuestas para gobernar el Perú 2026–2031”— tiene dos frentes y dos velocidades.

Frente 1: resultados desde el inicio (seis prioridades)

Estas seis decisiones deberían ejecutarse desde el primer mes, sin excusas:

  1. Meritocracia pública en los cargos directivos del sector. Es la primera reforma. Cuesta cero presupuestos, pero exige romper con la lógica de cuotas que ha destruido la capacidad institucional.
  2. Anticorrupción al centro, con trazabilidad activa en compras y contratos (no discursos: control operativo).
  3. Abastecimiento de medicamentos e insumos críticos. Pocas señales de cambio tienen más impacto humano que un paciente que encuentra su medicamento.
  4. Apoyo diagnóstico básico en el primer nivel, para que la atención deje de ser “referir y rezar”.
  5. Recuperar coberturas vacunales y reactivar vigilancia epidemiológica. Sin vigilancia, el Estado llega tarde.
  6. Resiliencia sanitaria territorial como arquitectura ordinaria, con presupuesto propio, antes de que lleguen las lluvias.

Frente 2: reformas que evitan el próximo derrumbe

Este frente exige más tiempo y más capital político, pero es el que evita que el sistema vuelva a colapsar cuando cambie el gobierno. Las reformas son conocidas, entre estas: creación del sistema único público de salud; incremento progresivo del gasto público en salud, hoy en 3,6% del PBI, con ruta hacia un Fondo Unido de Salud; y, un nuevo pacto de descentralización sanitaria, con reglas claras de competencia y financiamiento.

Y aquí vuelvo al inicio: si hablamos en serio de obesidad, diabetes y enfermedad renal, el Estado tiene que atreverse a lo que los planes evitan: regular determinantes comerciales (publicidad a niños, etiquetado/fiscalización real, compras públicas saludables, y medidas que desincentiven el consumo dañino). Sin tocar ese poder, seguiremos tratando consecuencias con un balde, mientras el grifo sigue abierto.

Tres señales políticas desde el día uno

La reforma real comienza por la voluntad de gobernar con integridad. La historia clínica digital necesita conectividad. El primer nivel requiere personal estable. El medicamento, una cadena logística limpia. La reforma, meritocracia.

El presidente electo debe dar tres señales desde el primer día:

•    Señal de mando: los cargos técnicos del sector serán asignados por mérito, con criterios públicos.
•    Señal de integridad: el sector operará con trazabilidad, auditoría independiente y control activo.
•    Señal de foco: los primeros resultados se buscarán donde la ciudadanía más siente el abandono: medicamentos disponibles, diagnósticos accesibles, vacunación recuperada.

En algún lugar del Perú, alguien saldrá esta semana de un establecimiento de salud sin el medicamento que necesita. Eso no cambia con un plan. Cambia cuando quien llega al poder decide que mantenerse en el rumbo vale más que ceder al reparto. Esa decisión, tomada y sostenida, requiere un gobierno dispuesto a gobernar.

Publicado en Substrack.com

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