Petróleo para el Perú

Por: 

Julio Schiappa

El noroeste peruano, cuna de la industria petrolera nacional desde el primer pozo de Zorritos en 1863, enfrenta hoy una encrucijada histórica. Los indicios de yacimientos significativos frente a las costas de Lambayeque, La Libertad y en la Cuenca de Tumbes no son meramente una oportunidad comercial: constituyen el escenario donde el Perú debe decidir si perpetúa su condición de exportador de materia prima e importador de combustible refinado, o si construye, por fin, una industria energética soberana, con Petroperú como eje estratégico del Estado.

El Dilema Soberano: Materia Prima vs. Industria

La paradoja es brutal. El Perú consume cerca de 300,000 barriles diarios, pero produce apenas 40,631, importando la diferencia y generando una hemorragia en la balanza comercial. Esta asimetría no es producto de la escasez geológica, sino de una política deliberada que durante décadas privilegió el extractivismo a cambio de regalías, dejando la refinación, la petroquímica y la tecnología en manos extranjeras. Los nuevos prospectos —como los 3,000 millones de barriles potenciales en Tumbes o los yacimientos offshore del lote Z-62— no deben repetir la historia del salitre ni del cobre: vender el recurso crudo para comprar el producto elaborado a precios impuestos por mercados ajenos.

Petroperú: De Operador Pasivo a Motor Industrial

La intervención temporal de Petroperú en lotes estratégicos como el Z-69, que produce 4,700 barriles diarios frente a Talara y Paita, no debe entenderse como una medida transitoria, sino como el germen de una política de Estado. La Refinería de Talara, modernizada con inversión estatal, ya demuestra que el país posee la capacidad técnica para procesar crudo nacional. Lo que falta es la voluntad política para escalar esta lógica: que Petroperú no solo opere pozos maduros, sino que se asocie para liderar la exploración en aguas profundas, desarrolle joint ventures donde el Estado mantenga control operativo y exija, como condición sine qua non, la transferencia tecnológica.

La experiencia de países como Noruega —donde Statoil (hoy Equinor) pasó de ser una empresa estatal regional a un actor global— demuestra que la propiedad estatal no es sinónimo de ineficiencia, sino que puede ser la dirección estratégica para lograr unir la explotación de recursos para financiar metas de desarrollo del país. Para ello Petroperú debe convertirse en la entidad capaz de integrar la cadena energética, asociada con sectores privados: desde la exploración sísmica hasta la refinación, la distribución de combustibles y, eventualmente, la petroquímica básica que alimente industrias nacionales.

Soberanía de Código y Control de Fronteras Energéticas

Así como en el eje militar se exige soberanía sobre el software de los sistemas de defensa, en el sector hidrocarburos debe exigirse soberanía sobre los datos sísmicos, los modelos geológicos y las tecnologías de perforación. Las empresas privadas —como Chevron en el lote Z-62 o Condor Energy en Tumbes— pueden aportar capital y riesgo, pero el Estado peruano debe retener la propiedad intelectual de los datos geológicos y establecer cláusulas de transferencia tecnológica obligatoria. No se trata de cerrarse al capital extranjero, sino de negociar desde una posición de fortaleza: el recurso es peruano, y su explotación debe servir al desarrollo nacional, no solo al retorno de inversión de accionistas externos. No más puertas giratorias con el know how y experiencia técnica de Petroperu.

El control de los puertos del norte —Paita, Bayóvar, Talara— debe reforzarse como fronteras energéticas estratégicas y no entregarse a potencias extranjeras. 
La logística del petróleo no puede depender de terminales privadas sin supervisión estatal directa. Un país que no controla el flujo de su energía no controla su desarrollo.

Industrialización o Extractivismo

Los 3,000 millones de barriles prospectivos en Tumbes y los hallazgos en el zócalo continental no deben destinarse a la exportación cruda. La política energética debe imponer, como principio rector, que todo crudo nuevo se procese en refinerías nacionales, empezando por una segunda etapa de la de Talara, generando empleo calificado, derivados industriales y autonomía en combustibles. 
La "inversión por industrialización" —exigiendo plantas de refinamiento, no solo pozos extractivos— debe ser la regla para cualquier contrato de explotación.

La transición energética global no es una excusa para abandonar el petróleo, sino una ventana para aprovecharlo estratégicamente mientras dure su demanda. El gas natural identificado en Piedra Redonda puede ser el puente hacia una matriz energética mixta donde el Estado, a través de Petroperú, diversifique hacia hidrógeno verde y energías renovables, utilizando la infraestructura petrolera existente como plataforma.

El Norte como Experimento de Soberanía y Eficiencia Petrolera

El norte peruano tiene la geología, la infraestructura histórica y la ubicación estratégica para convertirse en el laboratorio de una política energética soberana. Pero esto requiere romper con el modelo de concesiones pasivas de la era neo liberal, y asumir que el petróleo, como recurso estratégico, debe estar al servicio de la nación. Ergo, de las familias peruanas. 

Petroperú no debe ser más una empresa de remediación de lotes abandonados, sino el brazo industrial del Estado para construir una potencia energética. La pregunta no es si el Perú tiene petróleo: la pregunta es si tiene la voluntad política de dejar de ser peón en el tablero energético global para convertirse, por fin, en jugador.
 

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