Regalo Viciado a la K
Julio Schiappa
La reciente conferencia de prensa de Jorge Nieto, diseñada originalmente para definir el respaldo estratégico del movimiento Buen Gobierno en esta polarizada segunda vuelta, ha terminado por transformarse en un fiasco político de primer orden. Al claudicar ante la complejidad del escenario actual y formular un llamado explícito al voto viciado o en blanco, la plataforma de Nieto no ha hecho más que inclinar la balanza de manera evidente en favor de la candidatura de Keiko Fujimori. En el ajedrez electoral, la neutralidad activa suele ser el mejor camuflaje para el beneficio de una de las partes.

Este aparente oxímoron político responde, en realidad, a un frío y pragmático cálculo de supervivencia. Buen Gobierno ha intentado sostener una base social sumamente heterogénea y frágil, que combina de manera incómoda a votantes de una derecha institucional con sectores progresistas. Jugarse abiertamente por cualquiera de las dos opciones en pugna implicaba, de forma inevitable, dinamitar la alianza interna de su propia organización. Con esta pirueta discursiva, Nieto busca desesperadamente asegurar un espacio de peso en una futura coalición opositora dentro del próximo Congreso Bicameral. Su gran apuesta es convertirse en el péndulo del poder legislativo, mientras de paso le cumple a los sectores más conservadores el anhelo de dejar fuera de carrera a Roberto Sánchez. Sin embargo, la historia demuestra que la ambivalencia pocas veces es recompensada por el electorado.
Esta maniobra representa un error político de proporciones monumentales y peca de una profunda miopía estratégica. Nieto ignora un factor geopolítico central en la región: la agresiva ofensiva de la administración estadounidense para consolidar el control sobre infraestructuras críticas en el Perú, como puertos estratégicos, yacimientos mineros y recursos petroleros. Este fenómeno supera los tradicionales marcos ideológicos de izquierda y derecha, instalándose directamente en el terreno de la seguridad nacional y los intereses soberanos del Estado.
En este complejo tablero de ajedrez, Keiko Fujimori opera como la ficha clave para el establishment global, presentándose bajo la narrativa de una suerte de "Milei peruana", dispuesta a desregular los sectores estratégicos. En la vereda del frente se planta Roberto Sánchez, quien ha decidido capitalizar el descontento social y alinearse con las víctimas potenciales de un eventual régimen fujimorista, un modelo que diversos analistas locales advierten que podría derivar en una autocracia competitiva o un régimen híbrido. Como señala el politólogo Alberto Vergara en sus constantes diagnósticos sobre la precariedad institucional peruana, el colapso del centro político suele dejar el camino libre para la captura del Estado por intereses corporativos y facciones autoritarias. Al promover el ausentismo o el voto nulo, Buen Gobierno desactiva la resistencia democrática.
Para comprender a cabalidad la gravedad del presente, el pasado nos regala un nítido déjà vu proveniente de los años de juventud radical del propio Jorge Nieto. En las vísperas de las trascendentales elecciones para la Asamblea Constituyente de 1979, el país vivía un momento de altísima tensión y transición. En aquel entonces, solo unos pocos sectores marginales llamaron a viciar el voto de manera radical: Acción Popular, que boicoteaba el proceso por razones de legitimidad de la dictadura militar, y la ultraizquierda representada por agrupaciones como el MIR y Trinchera Roja. En esa coyuntura, un joven Nieto apoyó el boicot porque se oponía dogmáticamente a lo que consideraba una salida constitucional burguesa para el país.
Aquella aventura abstencionista fue un desastre político absoluto. El electorado peruano ignoró masivamente las consignas de sabotaje y acudió a las urnas con un profundo sentido cívico. Aquel proceso otorgó un histórico 11% a la izquierda democrática y unificada de figuras como Javier Diez Canseco, Carlos Malpica y Hugo Blanco, al tiempo que respaldó la contundente victoria del APRA liderado por Víctor Raúl Haya de la Torre, quien terminó presidiendo la redacción de la histórica Constitución de 1979. Los promotores del boicot y del voto nulo quedaron reducidos de inmediato a la categoría de pigmeos políticos, descolocados del gran pacto social que reconfiguró el país.
La ciencia política contemporánea respalda el peligro de estas posturas. En su célebre estudio sobre el comportamiento electoral en contextos de alta polarización, los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt argumentan que cuando las élites moderadas optan por la abstención o el lavado de manos frente a opciones que amenazan el tejido democrático, facilitan el ascenso de regímenes autoritarios por pura omisión. La neutralidad no es un refugio ético, sino una renuncia al poder de contrapeso.
El llamado al voto viciado de Buen Gobierno despoja a los ciudadanos de su herramienta de defensa más directa en un momento de redefinición nacional. Las urnas, implacables e históricas, darán su veredicto final este próximo 7 de junio, en pleno Día de la Bandera. Queda por ver si el país recordará esta fecha por la defensa de sus instituciones o si, por el contrario, la historia registrará el día en que un cálculo cortoplacista le entregó en bandeja de plata el poder a la K.
