Bad Bunny y otro capítulo de la batalla histórica cultural
Francisco Pérez García
En el escenario más estadounidense de todos, en medio del deporte más popular de ese país, un latino, venido de Puerto Rico se metió -literalmente- por el techo de las casas a través de todas las señales de televisión y streaming estadounidenses y del mundo entero, para decirle a un gobernante (sin mencionarlo) que “Todos juntos somos América” y no solo ese autonombramiento territorial que históricamente se adjudicó el país del norte para hacerse llamar como el resto del continente.

Y es que lo hecho por Benito Antonio Martínez Ocasio, uno de los nuevos intérpretes de la llamada “música urbana” no solo fue un espectáculo musical para entretener a los asistentes de la final del torneo de fútbol americano, sino que se trató de un manifiesto político y cultural en medio de una coyuntura marcada por el desprecio hacia lo latinoamericano (ya sea andino, latino, platense, caribeño o centroamericano) y una persecución sin referentes en el siglo XXI contra los inmigrantes que viven, trabajan y producen en los Estados Unidos de América.
El pitazo inicial de esta alegoría vino desde el primer minuto cuando en todos nuestros monitores, y en la pantalla del Levi´s Stadium de Santa Clara, en el estado de California (antiguo territorio mexicano) Bad Bunny presentó su show con su nombre completo y delimitó que de aquí en adelante todo sería fiesta en español, porque ya no era el Super Bowl Half Time Show, sino “El espectáculo del medio tiempo del Súper Tazón”.
Desde ahí fueron casi 14 minutos cargados de simbolismos, referencias y pequeños detalles que resaltaban la vida de los inmigrantes en Estados Unidos, su día a día cargado de trabajo formal e informal, sobrevivencia, relaciones y fiesta. Un espacio donde artistas latinos compartían con otros personajes anónimos pero todos unidos bajo la lógica del mensaje final del espectáculo: “Lo único más grande que el odio es el amor”.
Y es que las redadas de los agentes de inmigración (el temido ICE) que ya ha matado gente inocente, secuestrado niños, separado familias y cometiendo todo tipo de fechorías atentando contra los derechos humanos más básicos de miles de personas que han terminado en jaulas por el solo hecho de ser migrantes o tener un apellido en español, esas redadas se convirtieron en una muestra del odio más grosero de un personaje como Donald Trump.
Trump es un empresario devenido en político, que recogió los temores más básicos de una sociedad discriminadora, conservadora y radical, que defiende “su derecho” a dispararle a alguien porque se siente amenazado, que considera que los latinos “son feos”, que deben ser tratados como animales y expulsados de su país porque quitan trabajo a los “verdaderos americanos”. Desde esa trinchera, Trump ha logrado en su segundo mandato lo que no pudo hacer en el primero, liderar una cacería de personas, pasar por encima de los derechos humanos, evadir a las instancias de justicia y aplicar su propia ley contra quienes considera diferentes.
Desde su centro de operaciones en Washington, Trump no solo decidió el destino de miles de migrantes, sino que se atrevió a decidir sobre los territorios de algunos de ellos. El ataque militar a Venezuela, tras el asedio constante y una supuesta amenaza a los Estados Unidos, hicieron que la decisión de arrestar a Nicolás Maduro pasara por encima de la población y de la autonomía territorial reconocida internacionalmente. Hoy amenaza ir nuevamente contra Cuba, hace unas semanas amenazó a Colombia y posiblemente lo haga contra México y, porque no, contra Puerto Rico, porque desde esa isla apareció un personaje que lo retó en público ante el mundo, sin ningún insulto, sin ninguna amenaza, simplemente diciendo “Aquí estamos y aquí seguimos”, recordándole al empresario devenido en político que así quiera borrar de su territorio a los migrantes, son ellos los que han movilizado la economía de su país, cuando no son los que fueron vulgarmente asediados, desplazados y expulsados de sus propios territorios para ser una estrella más en una bandera.
Finalmente, lo de Benito Martínez es el último grito de una industria cultural que se cansó -aparentemente- de la tiranía y el abuso de poder, una industria que en sus ceremonias públicas llama a la resistencia y protesta contra un grupo parapolicial que se ha convertido en un ejército privado. Una industria que recuerda que, desde el arte, desde la cultura, desde la música, también se puede hacer política y generar ciudadanía. Una mirada que -volviendo a nuestro territorio peruano- muchos artistas han perdido o han edulcorado su posición para hacerse los desentendidos y dejar pasar las víctimas, los heridos y los muertos que diversos gobiernos han cosechado, para dejar pasar la corrupción campante y los pactos que hoy hacen que la gente no reaccione. Porque para muchos artistas, mejor es quedar bien con el sistema establecido que retar a quienes tienen el poder.
A miles de kilómetros de aquí, en el norte de América, parece que algunos artistas entendieron -al fin- que el camino de la resistencia cultural es una de las vías para hacerle frente a la tiranía. Que un artista latino, querido o no por quienes siguen o no siguen su música, lidere a un escuadrón cultural para moverle el piso a la politiquería estadounidense es un aviso de lo que debería ser el uso de una plataforma para gritar a viva voz y no solo para cantar o “perrear”.
