Los peligros de un gobierno fujimorista

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Por: 

Fernando de la Flor A.

Aun cuando todavía la campaña electoral no ha ingresado a su etapa de definiciones, conviene ir advirtiendo las eventuales consecuencias de un hipotético (y para mi negado) triunfo de Keiko Fujimori, para el país y su imagen ante el mundo, según las iniciales encuestas de opinión que vienen dándose a conocer.
 
Tratemos de ordenar las implicancias previsibles. En el frente interno, creo que la soberbia del fujimorismo se acrecentará sin atenuantes. Las “gracias” que Keiko Fujimori clamara cuando pasó a la segunda vuelta en las elecciones del año 2011, no solo llegarán a la Diroes (lugar donde está la cárcel de su padre) –como lo pidió a viva voz en esa oportunidad- sino que se traducirán, más tarde o más temprano, en el indulto al sentenciado Alberto Fujimori. Ya el cardenal Juan Luis Cipriani, el grupo concentrado de los medios de comunicación y otros líderes de opinión –incluidos los cómicos ambulantes- se encargará de preparar el ambiente para que el pedido constituya el clamor del pueblo.


 
Dicha decisión –que la candidata no ha negado en ningún momento- traería inevitables consecuencias al interior del país, que van desde la polarización entre quienes se enfrentaron al régimen fujimontesinista y quienes lo reivindican, hasta generar, probablemente, una corriente destinada a cuestionar el proceso judicial que sentenció a Alberto Fujimori a veinticinco años de cárcel por delitos de lesa humanidad y corrupción. A este respecto, no debe dejar de señalarse la utilidad que para el también sentenciado a prisión, Vladimiro Montesinos, pudiese representar esa vorágine de cuestionamientos al juicio y a la sentencia condenatoria.
    
El país ha pasado momentos de encono y rivalidad. La recuperación democrática, ocurrida inmediatamente después de caído el régimen fujimontesinista, demandó bastante esfuerzo y no menos desprendimiento. Asomar, otra vez, a tales circunstancias de animadversión entre peruanos, previsible consecuencia de retornar el fujimorismo al gobierno, afectará la estabilidad necesaria para seguir conjugando los conceptos de democracia y crecimiento económico con justicia.
 
Pero las consecuencias internacionales para el Perú, en términos de su imagen ante el mundo, podrían ser de pronóstico reservado. La pregunta fluiría de madura: ¿cómo es eso que después de haberse procesado a Alberto Fujimori –quien fugó del país, renunció por fax y fue candidato al senado del Japón invocando su nacionalidad japonesa- con todas las garantías del debido proceso, ejerciendo su irrestricto derecho de defensa y reconociendo la idoneidad de la Corte que lo juzgó y luego de haberlo condenado, su hija, Keiko Fujimori, retomando el movimiento político de su padre, resulta siendo elegida presidenta? ¿Quién podría, serenamente, entender tamaño contrasentido y no permitir fundadas sospechas acerca de la falta de seriedad de nuestro país?
 
Keiko Fujimori ha declarado que ella es distinta a su padre. Es verdad, es otra persona, pero formó parte del gobierno fujimontesinista cumpliendo la función de Primera Dama, luego de haber relevado a su propia madre de dicho rol. También ha declarado que Alberto Fujimori no cometió ningún delito, como anticipando el escenario antes descrito acerca del cuestionamiento al juicio y a la condena. Y ha dicho –sin rubor- que el principal error de su padre fue mantener a Vladimiro Montesinos en los quehaceres del gobierno. Gruesa inexactitud.
 
Si hay algo que debe quedar meridianamente claro es que Alberto Fujimori no se explica sin Vladimiro Montesinos, así como Vladimiro Montesinos no se explica sin Alberto Fujimori.
 
Por eso es que la década de ese gobierno es reconocida como del fujimontesinismo. Intentar desligarse de ese régimen y pretender asumir solo sus activos, desconociendo la propia participación que tuvo, como con tanta facilidad y no menos desvergüenza lo está evidenciando Keiko Fujimori es, además de altamente pretencioso, una buena prueba de cuán poco se respeta la memoria del país.
 
Hay pues, todavía, tiempo en la campaña electoral para centrar los temas, formular las inquietudes, esperar las respuestas, analizar las conductas, situar los tiempos, recordar los sucesos, anticipar los escenarios, en fin, prevenir las consecuencias. 

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