La mediocridad como miseria de la política

Por: 

Nicolás Lynch

Si algo podemos recoger de los debates entre los diversos candidatos a la Presidencia de la República es la aguda mediocridad, no de todos ciertamente pero sí de la abrumadora mayoría de los diversos discursos escuchados. ¿Por qué decimos mediocres y no pésimos y los descartamos de plano? Porque hay un fenómeno que permea la sociedad peruana en crisis, aguda fragmentación y corrupción rampante: la mediocridad. Definimos a esta como la voluntad de hacer las cosas sin relevancia, ajenas al cambio y a la calidad; pero eso sí, revestidas de una pátina de eficiencia que en un país sumido en el desorden suena a eso que les encanta a los neoliberales “hacer las cosas bien”.

Por supuesto que las ideas, en especial el pensamiento crítico, es ajeno a “hacer las cosas bien”, porque esto último, sin ir más allá, significa hacer bien lo que se hizo mal en el marco del actual modelo neoliberal. Exactamente la visión del mundo que nos ha llevado al caos en el que estamos. Aquí no se trata de que Fujimori hizo bien las cosas en la década de 1990 y los presidentes que lo sucedieron lo hicieron mal, no, aquí ha sido un modelo de violencia y saqueo económico que empezó en 1990 y se ha agotado llevándonos al estado actual. Por lo tanto, hay que establecer una ruptura clara con el pasado para poder abrir otro cauce al Perú. Es ruptura la palabra clave y no continuidad.

Sin embargo, si algo ha estado ausente del debate presidencial ha sido justamente la falta de conciencia o simple el cinismo, entre la mayoría de los candidatos frente a la crisis terminal del modelo que no han cesado de alabar a cada minuto. 

Desde el número de partidos y su traducción en candidatos. En el Perú de hoy no hay 36 candidatos por interés en la política como servicio público, lo que hay es mucho candidato dispuesto a ganarse alguito en este negocio en el que se ha convertido la política y para ello el discurso, ya no digamos la visión del país o la propuesta, es lo de menos. Santiago Pedraglio, certeramente, decía el otro día en una entrevista que las candidaturas “ya ni lema tienen”, esa frase resumen de los planteamientos que más allá de su realidad nos decía por dónde iba cada cual.

Pero esta constatación de orfandad en el contexto actual nos lleva a una interrogante mayor que ya hemos planteado en artículos anteriores pero que bien vale la pena repetir: ¿van a solucionar algo las presentes elecciones generales? Porque un proceso electoral de envergadura nacional se supone que le debe señalar un rumbo al país. Sin embargo, como hemos visto, la mayor parte de los candidatos están empeñados en no decir nada, mentir o repetir tonterías. Creo entonces y ojalá me equivoque, que luego de estas elecciones no vamos a tener una o algunas salidas, encauzamientos dirían los expertos, y menos soluciones para nuestros agudos problemas nacionales.

Ello nos vaticina un agudo descontento tras los comicios y protestas de quienes, con o sin razón, se sientan perjudicados. Recuerden que en el 2021 fue la derecha, que no concebía haber sufrido una resonante derrota a manos de un candidato de izquierda. Por ello, creo que nos debemos preparar para una crisis mayor de la que estamos viviendo, en la que los intereses de fondo, económicos y sociales, que dividen al país, sin generar aún una polarización política acorde con su dimensión, salgan a la superficie y definan un camino.

Seguramente que estas líneas no gustaran a los entusiastas de los comicios, pero mejor curarse en salud que vivir una decepción más que a estas alturas sí importa y muchísimo. Creo que poner las cosas en perspectiva y empezar a mirar el después de las elecciones puede permitir a las fuerzas del cambio prepararse con más seriedad para afrontar lo grave que se avecina y reclamar de esta manera un futuro para el Perú.

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