El extractivismo, los incendios y Bolsonaro arrasan la Amazonía

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Por: 

Róger Rumrrill

Los más de 72 mil incendios que hasta fines del mes de agosto han convertido en humo y cenizas más de 600 mil hectáreas de bosques amazónicos en Brasil y que pueden llegar al millón de hectáreas antes de extinguirse han provocado conmoción en el mundo.
No es para menos. Habría que ser Donald Trump, el negacionista presidente de EEUU o Jair Bolsonaro, el otro negacionista del cambio climático y presidente del Brasil, para no conmoverse.

El bosque amazónico, el bosque tropical más grande del mundo, produce el 20 por ciento del oxígeno del planeta. Pero además es posiblemente la mayor fábrica de agua dulce de la Tierra.

Estudios efectuados por un equipo de científicos brasileños y de otras nacionalidades, entre ellos el brasileño Antonio Donato Nobre, han descubierto que un solo árbol del bosque amazónico transpira y suda un  promedio de mil litros de agua al día  que fluyen hacia la atmósfera. Si calculamos el flujo de 700 billones de árboles que se estima crecen en una superficie de 5.5 millones de kilómetros cuadrados de la cuenca amazónica, el total de agua que cada día fluye hacia la atmósfera es de 20,000 millones de toneladas métricas. Un verdadero océano de agua dulce.

Pero ese mismo bosque ha sido enriquecido a través de los siglos por una tierra antropogénica, hecha por las civilizaciones precolombinas de la cuenca amazónica, la terra preta do indio, llamada así en Brasil y yana allpa en la Alta Amazonía del Perú, en San Martín. Es la tierra más fértil del mundo con una fertilidad de mil años y también retentora del dióxido de carbono que provoca el calentamiento atmosférico.

Esos bosques, esas tierras, que con un uso y manejo sostenible, como apunta el científico  Antonio Donato Nobre, pueden y deben ser la base de una poderosa bioeconomía, un nuevo modelo de economía mundial, una inmensa riqueza basada en el bosque en pie en toda la cuenca amazónica.

Por lo tanto, talar un solo árbol, diez, mil o un millón, para sembrar soya, instalar ganadería extensiva, abrir carreteras, extraer madera, plantar megalatifundios de palma aceitera y otros monocultivos tiene un enorme y devastador costo ambiental y económico. 

Sobre todo teniendo en cuenta que de todo el agua que existe en el planeta Tierra, el 98.5 por ciento es agua salada, de los océanos  y mares y solo el 2.5 por ciento es agua dulce y de ese 2.5 solo queda en  el planeta el 1 por ciento. 

El humo de los incendios no debe ocultar las causas de fondo del desastre ambiental

Pero la densa y asfixiante humareda que ahora cubre casi todo el Brasil y otras ciudades de los países de la cuenca amazónica-Brasil, Bolivia, Perú, Venezuela, Ecuador, Guyana, Surinam, Colombia-no debe ocultar las causas de fondo de la catástrofe ambiental amazónica.

Una de las causas de fondo, sin duda la principal, es el modelo primario exportador, el extractivismo rampante y desenfrenado, instalado en toda la cuenca amazónica desde la época colonial y que se profundiza con cada crisis del capitalismo mundial. La debacle del neoliberalismo de los años  1970 y  2008  hundió la utopía del “fin de la historia” de Francis Fukuyama y  convirtió a las materias primas en las “tablas de salvación” de la economía neoliberal convirtiendo al extractivismo en el ábrete sésamo de la economía global.

Brasil es el mayor ejemplo de esa economía primaria exportadora que Jair Bolsonaro, el ultraderechista, misógino, homofóbico y racista presidente del Brasil, ha transformado en el mantra de su política de desarrollo.

Brasil es actualmente el primer exportador mundial de soya, carne de vacuno, café y azúcar. La producción de soya está sobre las 110 millones de toneladas y la producción de ganado vacuno alcanza las 206 millones de cabezas, casi una cabeza de vacuno por habitante de un país que tiene una población de 209 millones de personas. Para producir ese volumen de soya, se han tenido que talar 35,000 millones de hectáreas de bosque y cada cabeza de ganado vacuno requiere de una hectárea de bosque primario.

El  agro y la ganadería representan para Brasil el 25 por ciento de su Producto Bruto Interno (PBI) y detrás de esta economía primaria exportadora están los “barones de la tierra”, los grandes agroexportadores, las multinacionales de granos como Cargill  y otros productores globales de pesticidas e insecticidas como Monsanto. 

Un informe reciente de una institución científica señala que en cuatro estados del Brasil, dedicados a la siembra de monocultivos y crianza de ganado vacuno, han muerto 500 millones de abejas por el uso  del insecticida Fipronil, prohibido en toda Europa y considerado cancerígeno por la Agencia de Protección Ambiental de EEUU. Una verdadera catástrofe a la cadena biótica, a la polinización y floración del bosque.

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