Réquiem para un maestro: Luis Palao Berastain

Por: 

Luis Maldonado Valz

Memoria itinerante

Las redes desde tempranas horas, difundían hoy 21 de marzo la triste noticia del fallecimiento de Luis Palao Berastain. Con él se cierra brillantemente una zaga de pintores arequipeños. Lucho, a quien conocimos desde la época escolar, tenía un dominio magistral del óleo y la acuarela, y sobre ésta técnica, no hay duda alguna que ha sido el mayor pintor entre los acuarelistas del Perú, en todos los tiempos. 

Palao estudió el oficio de pintor en Argentina, después de desistir de la arquitectura y de vencer las comprensibles resistencias del entorno familiar, que suponían que la pintura no sería suficiente para sobrevivir; pero ese tema nunca le preocupó; en toda su trayectoria lo que menos le interesaba era tener posición económica, o fama; siempre tuvo una vida frugal y sencilla. Y no se equivocó. Siempre supo hacer de su vida y de su arte lo que quería. Con mucho tesón y trabajo logró dominar las técnicas del dibujo y la pintura y siguió adelante.

Durante sus primeros años en el oficio estuvo en Arequipa; alquilaba modestas viviendas, en Cayma y Tingo Grande, pero con una percepción extraordinaria del sitio que habitaba y de su entorno, físico y social; por eso también optó por marcharse a vivir al Cusco, a Calca, donde montó su taller. Ese maravilloso sentido que tenía de pertenencia a un lugar, forjó una profundidad artística y logró una identidad peruanísima, en él, y en sus cuadros. Eso marcó su derrotero en paisajes y gentes; todos amigables.

Él recogió mejor que nadie, la tradición local de grandes pintores como Carlos Baca Flor, Teodoro Núñez Ureta, Jorge Vinatea Reynoso, y otros, y supo expresar en sus lienzos y en sus cartulinas los paisajes, las fiestas costumbristas y los personajes de los pueblos andinos. En sus retratos logro percibir, tanto la pena como la alegría de niñas y niños, la fortaleza de modestos campesinos, el candor de doncellas nativas, la serena paz de ancianos y ancianas, o la curiosidad de visitantes foráneos; todos ellos, además, fueron parte de su mundo. 

Nadie como Palao consiguió captar la belleza de una placita serrana, en un día de fiesta o de feria, por más pequeña y abandonada que fuese. Lo mismo fue para los personajes que pintaba, sin duda sus amigos o amigas. Los rostros reflejan expresiones apacibles, ternura, amistad, a veces melancolía, gente sencilla y modesta, de este país, como el propio Palao. Cuando uno observa esos retratos, muy bien podrían ser personajes de los cuentos y novelas de Ciro Alegría, de Arguedas, o de Scorza. 

Palao nos deja una herencia extraordinaria, no solo en su obra monumental, humana, popular, y grandiosa, sino también en su modo de vida, en su largo recorrido, cercano y lejano al mismo tiempo; un valioso aporte a la cultura peruana. En esta situación nacional y mundial, donde predominan el afán de riqueza, la frivolidad, la ignorancia de los poderosos, el racismo, y la insensibilidad en los medios, la obra de Palao se impone como una lección de vida y de arte mayor; que debería ser declarado patrimonio nacional por el Ministerio de Cultura. (¿Será posible?). 

Aquel joven, un caroso inquieto, por lo que le llamaban “Polilla”, nos ha dejado con su imagen patriarcal de larga barba, de sombrero campechano y esa mirada franca, abierta y también de amistad y de esperanza.