Trump pierde terreno frente a una China que llega fortalecida a la gran cumbre con Xi
Valeria M. Rivera Rosas* – Mundiario
Pekín encara el encuentro bilateral de mayo con una posición más sólida gracias a sus avances tecnológicos, el control de recursos estratégicos y los errores de una Administración estadounidense desgastada por Irán y las tensiones internas.
La pugna entre China y Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más delicados, pero también uno de los más reveladores. A pocos días de la esperada cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump en Pekín, el gigante asiático da señales de haber ganado terreno político, económico y estratégico frente a una Casa Blanca que acumula desgaste internacional, divisiones internas y reveses judiciales.

Aunque Washington sigue siendo la principal potencia global en términos militares y financieros, el segundo mandato de Trump está dejando una imagen de creciente vulnerabilidad que Pekín ha sabido aprovechar con paciencia, disciplina y cálculo geopolítico. La sensación que empieza a imponerse entre numerosos analistas internacionales es que Xi no necesita derrotar frontalmente a Estados Unidos: le basta con esperar mientras su rival se debilita solo.
El contraste quedó simbolizado desde el mismo día de la investidura de Trump, el pasado 20 de enero de 2025. Mientras el presidente estadounidense regresaba a la Casa Blanca prometiendo recuperar la hegemonía global de su país, China sorprendía al mundo con el lanzamiento público del sistema de inteligencia artificial DeepSeek. El impacto fue inmediato. El proyecto demostró que Pekín ya no solo compite en tecnología punta, sino que puede desafiar directamente el dominio estadounidense en sectores considerados estratégicos.
Aquel episodio marcó el tono de una nueva etapa en la rivalidad entre ambas potencias. Desde entonces, China ha ido consolidando posiciones mientras Washington parece atrapado en múltiples frentes abiertos.
Uno de los factores más importantes ha sido la capacidad china para prepararse con antelación ante el regreso de Trump. Pekín aceleró durante los últimos años su estrategia de autosuficiencia tecnológica e industrial, reforzó el control sobre sectores clave y blindó recursos estratégicos como las tierras raras, fundamentales para la fabricación de armamento, baterías y tecnología avanzada.
Precisamente el dominio chino sobre esas materias primas se ha convertido en una poderosa arma geopolítica. Las restricciones aplicadas por Pekín a la exportación de tierras raras han incrementado la presión sobre Estados Unidos en un momento especialmente sensible, marcado por el conflicto con Irán y el desgaste de los arsenales occidentales.
Mientras Washington se consume en una crisis internacional cada vez más compleja en Oriente Próximo, China proyecta una imagen de estabilidad y control. La guerra con Irán está suponiendo para Estados Unidos un enorme coste político, militar y económico, además de evidenciar las dificultades de la Administración Trump para cerrar conflictos pese a su superioridad militar.
En paralelo, Pekín ha aprovechado el deterioro de las relaciones entre Washington y sus aliados tradicionales. Uno de los grandes objetivos estratégicos de Joe Biden había sido construir una gran coalición internacional para contener el ascenso chino. Sin embargo, Trump ha erosionado buena parte de esa arquitectura diplomática con decisiones unilaterales, tensiones comerciales y políticas consideradas erráticas por numerosos socios occidentales.
Ese vacío lo está aprovechando Xi Jinping. En los últimos meses, China ha intensificado contactos diplomáticos y acuerdos con múltiples países que buscan diversificar sus relaciones internacionales ante la incertidumbre que genera la Casa Blanca. India ha iniciado un acercamiento significativo a Pekín, Canadá ha suavizado posiciones y varios gobiernos europeos han apostado por reforzar vínculos económicos con el gigante asiático.
China también ha encontrado una oportunidad en el terreno comercial. Mientras Trump insiste en una política agresiva de aranceles y proteccionismo, Pekín intenta presentarse como un socio estable y abierto al comercio internacional. El Ejecutivo chino ha eliminado aranceles para numerosos países africanos y mantiene una intensa ofensiva económica en regiones emergentes.
A ello se suma otro elemento que Pekín observa con evidente satisfacción: la creciente polarización y disfunción política de Estados Unidos. Las derrotas judiciales sufridas por Trump en materia comercial, especialmente las relacionadas con los aranceles, han reforzado la imagen de una Administración sometida a constantes choques institucionales y decisiones improvisadas.
La reciente anulación judicial de algunos gravámenes impulsados por Trump ha sido interpretada en China como una muestra más de las debilidades del modelo político estadounidense. Frente a esa imagen de caos, Xi intenta vender estabilidad, continuidad y capacidad de planificación estratégica.
Sin embargo, Pekín tampoco atraviesa un escenario perfecto. La economía china continúa mostrando síntomas de desaceleración y arrastra problemas estructurales importantes, como la crisis inmobiliaria, el envejecimiento demográfico o las dificultades para generar empleo suficiente entre los jóvenes.
Además, el enorme avance de la inteligencia artificial y la automatización amenaza con provocar tensiones laborales y sociales internas en el futuro. El gran pacto tácito sobre el que se sostiene el régimen chino —prosperidad económica a cambio de control político— empieza a enfrentarse a desafíos más complejos.
Aun así, el balance general favorece claramente a Xi Jinping en esta fase de la competición global. China aparece hoy como una potencia más preparada, más resistente y más cómoda en el tablero internacional, mientras Estados Unidos transmite una sensación creciente de agotamiento político y desgaste estratégico.
La cumbre prevista en Pekín será mucho más que un encuentro diplomático. Representará una fotografía del nuevo equilibrio de fuerzas entre las dos grandes potencias del siglo XXI. Y, por ahora, la imagen parece beneficiar más a Xi Jinping que a Donald Trump.
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* Coordinadora general en Mundiario. Licenciada en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso, se graduó en la Universidad Privada Dr. Rafael Belloso Chacín de Venezuela.
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