Debajo de un sombrero
Fernando Tuesta Soldevilla
Roberto Sánchez es, ante todo, una paradoja. Políticamente, casi no existe fuera de Pedro Castillo; electoralmente, acaba de convertirse en el hombre que acompaña a Keiko Fujimori en una segunda vuelta.

No hay parentesco, partido ni trayectoria común que los una. Hay algo más eficaz: la apropiación simbólica. Sánchez entendió que el sombrero no era un accesorio, sino una contraseña.
Sin Castillo, Juntos por el Perú probablemente estaría compitiendo con Perú Libre por el descenso. Con Castillo, Sánchez pasó de ser el único congresista de un partido sin estructura nacional a encarnar una expectativa de revancha. Su propia fuerza es mínima: como candidato a diputado por Lima, pese a encabezar la lista, obtuvo apenas poco más de 14 mil votos, una décima parte de lo conseguido por Harvey Colchado (Ahora Nación). Pero la elección no premia al mejor, sino a quien mejor se mueve políticamente, sea por pragmatismo o astucia.
El voto de Castillo en 2021 no fue programático. Fue identitario. Para millones de peruanos, sobre todo en el sur andino y zonas rurales, Castillo era “uno como tú”: provinciano, maestro, ajeno a Lima, ajeno a las élites. Esa identificación sobrevivió a un gobierno improvisado, mediocre, clientelista y corrupto, y terminó incluso negando el fallido golpe de Estado. Para ese núcleo, Castillo no fracasó: no lo dejaron gobernar. Sánchez ha recogido esa narrativa y la ha hecho suya.
Allí está su capital y también su límite. Su modesto 12% de primera vuelta le permite pasar a la segunda, pero, en menos de un mes, debe más que cuadruplicar su votación. No le basta sumar a la izquierda, a partidos sin inscripción o a aliados dispersos. En el Perú, los votos no se endosan como acciones. Los partidos casi no tienen ascendencia sobre sus electores. La segunda vuelta exige otra operación: ampliar sin desdibujarse.
Por eso Sánchez intenta moderarse para hablarle al elector antifujimorista que no quiere repetir la experiencia de Castillo. La campaña electoral es el espacio de las emociones y una de ellas, muy sensible, es la del miedo. Por eso, en sus pocas presentaciones, pretende moverse hacia el centro, tomando distancia del indomable Antauro Humala, que, con sus actos y frases, actúa en sentido inverso. Sánchez puede corregir, negar y matizar, pero lo que no puede hacer es soltar a Castillo. Si lo hace, se queda sin oxígeno.
Keiko llega a esta segunda vuelta en una situación distinta a la de 2021. No desaparece su rechazo, pero parece menos paralizante. Sánchez, en cambio, carga con una contradicción más severa: necesita ser continuidad para conservar su base y ruptura para crecer. Allí se juega la elección. No enfrenta solo a Keiko Fujimori. Enfrenta la pregunta decisiva de si el Perú que votó por Castillo votará ahora por él y si el Perú que teme al fujimorismo aceptará correr otra vez el riesgo de un gobierno improvisado y capturado por sus propias sombras”.
