La economía mundial en una encrucijada peligrosa

Por: 

Alejandro Narváez Liceras (*)

La economía mundial vuelve a caminar sobre el borde del abismo. Cuando todavía no terminaban de disiparse los efectos de la inflación global, de la desaceleración del crecimiento y del endeudamiento acumulado tras años de crisis sucesivas, la guerra en Medio Oriente ha irrumpido como un nuevo factor de perturbación sistémica. No se trata únicamente de una confrontación militar localizada ni de un episodio más del ajedrez geopolítico internacional. Se trata, en realidad, de una amenaza directa sobre uno de los nervios vitales de la economía global: la energía, el comercio marítimo y la estabilidad de los precios.

Dimensiones de la guerra

La primera dimensión del problema es energética. El estrecho de Ormuz sigue siendo el punto neurálgico del comercio mundial de hidrocarburos. Según la U.S. Energy Information Administration, por esa vía transitó en el primer trimestre de 2025 más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo, y cerca de una quinta parte del comercio mundial de gas natural licuado pasó también por esa ruta, principalmente desde Qatar. En otros términos, no se trata de una tensión periférica, sino de una amenaza sobre una arteria crítica del sistema económico internacional.

El dato central es contundente: La OCDE en su informe de marzo de 2026 proyecta que el crecimiento mundial se moderará a 2.9% en 2026, mientras la inflación del G20 subiría a 4.0%, es decir, 1.2% más de lo previsto antes del agravamiento del conflicto. El mensaje es inequívoco: la guerra ha reintroducido un shock de oferta en una economía que todavía no había terminado de normalizar precios, tasas de interés y cadenas logísticas tras los sobresaltos de los años recientes. En otras palabras, el mundo se encuentra ante el viejo fantasma de la estanflación, aunque con formas contemporáneas: más dependencia logística, más exposición financiera y menos margen político para amortiguar el golpe. Esto equivale a reconocer que la guerra no solo destruye vidas y activos, también reordena la macroeconomía mundial en contra de la estabilidad.

La señal del mercado ha sido clara. Reuters informó el 27 de marzo de 2026 que el Brent cotizaba en torno a US$110.86 por barril y el WTI cerca de US$97.01, tras semanas de fuerte tensión asociada a la guerra. Más allá de la volatilidad diaria, el mensaje económico es evidente: cuando el petróleo supera con rapidez el umbral de los US$100, se encarece el transporte, aumenta el costo de generación, se presiona al alza la estructura de costos de la industria y se erosiona el ingreso real de los consumidores. En las economías importadoras netas de energía –caso Chile y Perú-, este golpe está siendo más severo porque combina inflación importada, deterioro de balanza comercial y menor margen fiscal.

La segunda dimensión es logística y comercial. La UNCTAD ha advertido que el transporte marítimo global enfrenta un escenario de crecimiento frágil, mayores costos e incertidumbre creciente por las tensiones geopolíticas. Ya en 2025 el comercio marítimo mostraba signos de estancamiento y las tasas de flete permanecían elevadas y volátiles, en parte por desvíos de rutas y por la inestabilidad en corredores estratégicos. Esto significa que el conflicto no golpea solo la oferta de energía; también encarece la circulación misma de mercancías. El resultado es un nuevo impuesto silencioso sobre el comercio mundial, pa gado no por los responsables políticos de la guerra, sino por empresas, consumidores y, en última instancia, por las familias.

La tercera dimensión es inflacionaria y monetaria. El FMI advirtió el 3 de marzo de 2026 que ya observaba disrupciones en la actividad económica y comercial, alzas en los precios de la energía y volatilidad financiera vinculadas a la guerra. El problema para los bancos centrales es especialmente incómodo: si la inflación repunta por un shock de oferta, subir tasas puede enfriar aún más la actividad sin resolver de raíz el problema energético. La guerra, por tanto, revive el peor dilema macroeconómico: combatir inflación sacrificando crecimiento, o tolerar más inflación para evitar una recesión más profunda.

La cuarta dimensión es social. Lo más preocupante es que el impacto no será simétrico. Como casi siempre ocurre en la economía mundial, los costos se distribuyen de manera brutalmente desigual. Las grandes potencias cuentan con mayor capacidad financiera, reservas estratégicas y acceso preferente a mercados. En cambio, las economías periféricas enfrentan la tormenta con menos instrumentos, mayor vulnerabilidad externa y menor capacidad de amortiguación. Para muchos países en desarrollo, un nuevo shock petrolero significa presión sobre el tipo de cambio, alza del costo de importaciones, mayor inflación interna y deterioro de la balanza comercial. El problema no es solo macroeconómico, es también social y político.

Que nos depara el futuro

Mirando hacia adelante, el escenario más preocupante no es solo la continuidad del conflicto, sino su expansión y persistencia. La EIA ha señalado que el principal riesgo para que el petróleo siga subiendo sería un cierre prolongado del estrecho de Ormuz o una interrupción extendida del tránsito por amenazas y falta de cobertura aseguradora. Si ello ocurriera, la economía mundial podría enfrentar una nueva combinación de inflación energética, menor crecimiento, deterioro de confianza y mayores tensiones fiscales. La OCDE, en esa misma línea, ha señalado que aumentos adicionales en los precios de la energía empeorarían aún más las perspectivas de crecimiento e inflación. La historia económica demuestra que cuando los shocks petroleros se prolongan, terminan afectando inversión, empleo y estabilidad política.

Frente a este panorama, la respuesta no puede limitarse a esperar que los mercados “se ajusten solos”. La experiencia histórica demuestra que los shocks energéticos prolongados dejan cicatrices profundas. Por ello, se requiere una agenda internacional menos hipócrita y más realista. Primero, las economías dependientes de importaciones energéticas deben acelerar la diversificación de su matriz y fortalecer reservas estratégicas. Segundo, los organismos multilaterales tendrían que diseñar mecanismos extraordinarios de a poyo para los países más expuestos al alza del crudo y de los alimentos. Tercero, los gobiernos deben articular políticas fiscales y monetarias que protejan a los sectores más vulnerables, evitando que toda la carga recaiga sobre los consumidores.

Conclusiones

La guerra en Medio Oriente ha colocado a la economía mundial en una encrucijada real, no retórica. Ha reactivado el riesgo de inflación energética, ha debilitado las perspectivas de crecimiento y ha recordado que el sistema global sigue dependiendo de corredores estratégicos cuya interrupción puede desatar efectos en cadena sobre producción, comercio y bienestar.

Lo más grave es que, una vez más, los costos más duros no recaerán sobre quienes deciden la guerra, sino sobre las sociedades que apenas intentan sobrevivir en medio de precios más altos, menor certidumbre y economías más frágiles. La guerra, presentada muchas veces como asunto de poder, termina siendo también una maquinaria de empobrecimiento colectivo.
 
Si el conflicto se prolonga o se expande, el mundo podría ingresar a una etapa más amarga: menor crecimiento, inflación más persistente, mayor tensión social y renovada vulnerabilidad en los países periféricos. Por ello, el verdadero dilema de nuestro tiempo no es solo geopolítico. Es civilizatorio.  

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* es profesor principal de economía financiera en la UNMSM y director del II&EE.

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