La “generosidad” de García y la necesidad de una estrategia de cooperación

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Durante la reciente cumbre de UNASUR, el Presidente García ofreció 10 millones de dólares para Haití y tomó la iniciativa para la creación de un fondo sudamericano de asistencia para la reconstrucción de dicho país.

Este ofrecimiento tan generoso llama la atención en vista de las urgentes necesidades que están surgiendo aquí en nuestro país como consecuencia de otros desastres naturales y que no son atendidas con la misma celeridad. Asimismo, resulta tristemente irónico en vista de los escandalosos retrasos en la reconstrucción de Pisco y otras zonas afectadas por el sismo de 2007.
Además de la falta de coherencia del presidente frente a distintos desastres naturales, este episodio resalta un tema de fondo que requiere mayor atención: la redefinición del papel del Perú en la cooperación internacional. Requerimos una estrategia actualizada para enmarcar este tipo de iniciativas, más que arranques de grandilocuencia.
Puede parecer curioso que un país que tradicionalmente ha sido uno de los principales receptores de “ayuda extranjera” en América del Sur anuncie el envío de dinero a un país más pobre. Pero ya otros países vecinos como Brasil, Chile y Venezuela han replanteado su papel en el mundo del desarrollo, pasando de ser meramente receptores a ser “donantes” de cooperación técnica y participantes activos de la cooperación entre países en desarrollo.
Como ellos, el Perú está clasificado como país de ingresos medios y ya no es un destino prioritario para los recursos de la cooperación. Los enfoques de agencias bilaterales y multilaterales que vienen operando por décadas en el país están cambiando, incluso algunas se han retirado en años recientes. No obstante, en los últimos años la Agencia Peruana de Cooperación Internacional (APCI) ha dedicado mucho esfuerzo a fiscalizar estrictamente a ONG que reciben recursos del exterior y casi nada a la formulación de una política de cooperación internacional acorde con tiempos de cambio.
En el Perú la cooperación principalmente ha cumplido un papel complementario a los recursos públicos. Bien conducida, para un país “receptor” de ingreso medio puede resultar valiosa, por ejemplo, para iniciar programas sociales novedosos que no serían posibles dadas las rigideces en los presupuestos públicos.
La cooperación extranjera también llega fuera del gobierno y puede transmitir conocimientos, fortalecer organizaciones de la sociedad civil  y promover la pequeña empresa, entre otros factores.
La Política Nacional de la Cooperación Técnica Internacional de la APCI (2006) se refiere principalmente a este papel tradicional del Perú como receptor de recursos. Sin embargo, cada vez son más importantes ciertos asuntos internacionales como la mitigación del Cambio Climático, los objetivos de desarrollo compartidos y los acuerdos de integración comercial que establecen agendas comunes para muchos países y por lo tanto exigen desarrollar otras modalidades de cooperación, ya no solamente desde una visión de “ayuda” del país rico al pobre. 
La Política Nacional menciona que deberíamos ofrecer cooperación en las áreas en las que se han acumulado experiencias y conocimientos valiosos pero reconoce que esta oferta se encuentra en una fase “poco desarrollada”. Esto debe solucionarse lo antes posible como parte de la formulación de un papel nuevo y más complejo para el Perú en la cooperación internacional, que a su vez debe guiarse por objetivos de desarrollo nacional. Sin una verdadera estrategia de cooperación, y sin una autoridad planificadora en el Estado, desaprovecharemos oportunidades valiosas para nuestro desarrollo y seguiremos pendientes de los caprichos de los gobernantes.
 

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