La crisis de los partidos y el nuevo ciclo político

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Por: 

Alberto Adrianzén

Todo indica que la crisis del  Partido Popular Cristiano (PPC) es la punta de iceberg que esconde un problema mayor: la crisis de los partidos políticos que han sido los pilares del regreso a la democracia en los ochenta, como también de aquellos que surgieron con el regreso de la democracia en el 2000 luego de la caída de Alberto Fujimori. Ello expresa no solo el fin de un ciclo político sino también una crisis mayor que mostraría las enormes dificultades por construir representaciones políticas que vayan más allá de la lógica fujimorista. 
 
En otros artículos hemos afirmado que una de las reglas de oro de nuestra democracia es que el partido de gobierno cae de manera estrepitosa en la siguiente elección. La última encuesta de GfK, como señala Otra Mirada (Infodiario Nº 710:02/12/15), muestra que los partidos políticos que han gobernado el país empiezan a desmoronarse lentamente. Lo mismo se puede decir de las izquierdas, perdidas en un laberinto del cual hasta ahora no pueden salir, y que no saben si optar por el parricidio o por el suicidio colectivo.
 
Lo que tenemos por delante no es como se ha dicho una «democracia sin partidos» sino más una democracia con un tipo de partidos radicalmente distintos al ciclo anterior y que pueden calificarse de pospolíticos: partidos «aideológicos», «aprogramáticos» y sin referentes sociales. Un buen ejemplo es Alianza para el Progreso (APP), de César Acuña, que es un partido que no tiene ni programa ni ideología conocidos y menos un referente o grupo social al que aspira representar. Más allá que hay que reconocer que Acuña, es cierto que con métodos clientelares, ha optado por una lógica descentralista contraria a los llamados partidos limeños. 
 
Lo mismo se puede decir de otros partidos pospolíticos como Somos Perú, Partido Humanista, Peruanos por el Kambio (PPK), UPP y otros similares. El escenario electoral está poblado, también, de candidatos que rehúyen sistemáticamente a definirse ideológica y/o socialmente o de «partidos» que buscan sobrevivir mediante alianzas espurias. Lo que tendremos, por lo tanto, no es solo un sistema político con partidos débiles y «aideológicos» sino también una sociedad igualmente débil y con poca capacidad para influir en el rumbo de la política en el país y con una fuerte dependencia de los medios de comunicación.
 
La democracia, ahora sí, pasará a ser un mero ritual cada cinco años para elegir a un candidato que hará en el gobierno no lo que expresaron sus electores al votar por él —o ella— sino lo que él crea conveniente hacer y con una activa presencia de los poderes fácticos y los medios de comunicación. Un buen ejemplo es el actual gobierno de Ollanta Humala.  
 
Me parece que hay varias explicaciones de esta situación. Una de ellas, como bien dice Francisco Durand, es la captura del Estado por los poderes fácticos y los grandes grupos económicos y mediáticos que hace de este casi un actor ausente de la política, como una forma de satisfacer las demandas y como búsqueda para construir una representación, un acto inútil mientras el Estado siga prisionero de estos grupos. Otra es la ausencia de una mayoría política que «ordene» el país. Lo que tenemos es una suma de minorías como consecuencia de un divorcio político entre el centro y la periferia del sistema y de una persistente fragmentación social.
 
Sin embargo, hay una explicación que me interesa enfatizar: la incapacidad en todos estos años de derrotar al fujimorismo como expresión de un nuevo autoritarismo. Norberto Bobbio afirma que «un régimen autoritario puede ser reinterpretado como el régimen que resuelve el problema (de la ingobernabilidad) no aumentando la capacidad del Estado para promover las crecientes expectativas, sino comprimiendo la capacidad de los ciudadanos y de los grupos para proponer nuevas demandas…». En esta definición, el autoritarismo es «un pacto de dominación» y no solo un mecanismo de copamiento de las instituciones para controlar los procesos políticos y electorales. 
 
Dicho de otra manera, la transición de la década pasada debió combinar los cambios institucionales —el cambio de las reglas— con el cuestionamiento al llamado «pacto de dominación autoritario» que es, justamente, lo que define el régimen político y económico.  Algo que los partidos –sobre todo de “derecha” y también de izquierda– por diversos motivos no hicieron. Por eso no nos debe extrañar el regreso del fujimorismo en estos tiempos de la pospolítica y de desmovilización de la sociedad.
 
Derrotar o terminar con el pacto de dominación autoritario (fujimorista) hubiese significado otra democracia. Una democracia robustecida institucionalmente y capaz de resistir el conflicto social, con actores políticos igualmente fuertes y con una sociedad (o un pueblo) movilizada y, sobre todo, politizada. Hoy, como sabemos, nada o muy poco de ello existe. Entramos, pues, al ciclo de la pospolítica que implica nuevos retos para los sectores democráticos y progresistas. 
 
(*) Parlamentario Andino

Publicado en el Diario La Repùblica, 03 diciembre 2015

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