29 días en China

Por: 

Nicolás Lynch

El presente texto es la crónica de un viaje que no pretende ser exhaustiva ni concluyente. No ha sido fácil encontrar el tono de la narrativa para alguien como el que esto escribe, acostumbrado al lenguaje analítico y conclusivo, pero creo que vale la pena empezar a dar cuenta de una experiencia tan importante que literalmente nos llevó al otro lado del mundo. Lo que escribo es producto de mi observación personal, así como de las múltiples conversaciones tenidas en el viaje y no reclama objetividad sino, como todo lo que he escrito en la vida, está nutrido de mis sentimientos y mis ideas.

Antecedentes

Es imposible no relacionar mi voluntad de conocer China, al menos en el breve viaje académico y de excursión, que hice entre el cinco de julio y el seis de agosto de 2025, sino tomo en cuenta el inicio de mi vida política en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en la década de 1970. Demás está señalar detalles porque los he referido en mi temprano libro “Los jóvenes rojos de San Marcos” en sus dos ediciones en 1990 y 2019. He buscado en este tiempo corto de los últimos meses la razón de fondo de esta voluntad y la encuentro en la impresión que causó en mi esa conexión entre igualitarismo, nacionalismo y audacia que profesaba la versión china del marxismo y su aplicación en la construcción socialista, expresada en Mao Zedong. Una versión que manifestaban con una gran independencia de criterio los dirigentes chinos, recordemos el énfasis heterodoxo en el papel del campesinado, como clase mayoritaria en el cambio revolucionario, su concepto de la guerra, como popular y prologada, en un país con una larga reflexión sobre el tema, las cartas que la dirigencia china intercambia con la soviética y motivan los “Nueve Comentarios” que serían la base de la ruptura que procesan a principios de la década de 1960, hasta la “Revolución Cultural” y su énfasis en “la revolución en la revolución”, antes de conocer el revés de ese proceso. Sin embargo, nunca había madurado mi razonamiento sobre el tema hasta visitar China y sentir el contraste, como cambio y continuidad, entre esa razón o razones tempranas y las transformaciones producidas en los últimos casi cincuenta años.

Pero también me invadían preocupaciones más inmediatas. Por un lado, las apreciaciones de la izquierda occidental y más específicamente latinoamericana sobre el viraje ocurrido en China con Deng Xiao Ping, de 1978 en adelante, y por otro, el creciente papel de China en el mundo que por su importancia es objeto de las noticias cotidianas en estos años y estos días. Sobre lo primero, la interrogante ha sido ¿qué se está construyendo en China? ¿Socialismo o capitalismo? Quizás como un eco de la retórica de la Revolución Cultural y la denominada Banda de los Cuatro, que señalaba los peligros de una “restauración capitalista” como la asumían se habría dado en la Unión Soviética y otros países socialistas. Sobre lo segundo, si China en su proyección en el mundo en las últimas décadas, un frente muy importante de su desarrollo económico y político, tiene una pretensión imperial tal como hoy tienen y practican los Estados Unidos, y la han practicado otros países occidentales. Capitalismo e imperialismo, uno precede al otro y se articulan mutuamente, tal como señalan los clásicos del marxismo. Este dilema entonces se torna crucial. Finalmente, la cuestión democrática. Mal que nos pese o por el contrario nos entusiasme, este “extremo occidente” que en algunos sentidos es América Latina, forma parte de la tradición política occidental y con ella no es ajena a la influencia de la democracia liberal. Es muy difícil ver China con otros ojos. Sin embargo, a partir de los éxitos económicos y sociales y la situación de crisis, en algunos casos bancarrota de la democracia liberal, cabe tratar de entender también en términos políticos el régimen institucional chino.

El viaje

Me habían precavido de que se trataba de un viaje largo, pero, aun así, no tenía dimensión de lo que íbamos a emprender. La primera decisión fue no ir por Estados Unidos, para no ser víctima de algunas de las bravatas de Trump. Esto hacía el viaje más largo, unas diez horas o quizás más. Fuimos por Europa y cruzamos el Oriente Medio, para finalmente atravesar el Asia y llegar a Shanghái. 34 horas en total si tomamos tiempo de vuelo y esperas en los aeropuertos. El viaje mismo, sin embargo, ya fue una muestra del mosaico de grupos y culturas que encontramos a nuestro paso. Latinoamericanos, europeos, árabes, iranés y finalmente chinos, pasando por aeropuertos que expresaban distintos modos de tratar a las personas.

Shanghái

El aeropuerto de Pudong presagia lo que serían otros terminales aéreos y estaciones de tren. De apariencia muy nueva, aunque luego nos dirían que no lo era tanto, pero con un diseño, limpieza y orden que desmerece a cualquier otro que hubiéramos tenido en la cabeza. Aunque tuvimos que postergar para otra vez, viajar en el tren bala que une el aeropuerto con el centro de Shanghái en ocho minutos, debido a la amabilidad de nuestro anfitrión de la Universidad de Fudan, que nos estaba esperando con un taxi, para llevarnos al hotel. La postergación no fue en vano porque pudimos entrar a Shanghái por una autopista de ocho carriles y múltiples viaductos que, a pesar de la lentitud del tráfico por la hora punta, nos fue mostrando la arquitectura de la metrópoli desde sus suburbios hasta el centro mismo, para llegar a la “concesión francesa” donde estábamos alojados.

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