Los bárbaros en la Plaza San Martín

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Por: 

Nicolás Lynch

Como hace mucho no sucedía, una huelga de maestros mantuvo en vilo al país durante más de dos meses y tuvo un lugar emblemático de concentración, la Plaza San Martín a escasos metros del Palacio de Gobierno. Esta situación ha tenido un conjunto de consecuencias que han despertado energías insospechadas y miedos atávicos. Tan fuerte ha sido el vendaval que ha derribado mitos demostrando que los consensos de la élite política y mediática sobre una supuesta “reforma educativa” en marcha, no son sino justificaciones para el ejercicio de su poder sobre lo que pensamos los peruanos, sin mayor sustento en la realidad.

A pesar de la formidable maquinaria en contra que trató de estigmatizar a los maestros como terroristas el movimiento no se aisló de la población y mantuvo, paradójicamente, la simpatía de estudiantes y padres de familia. Fue conmovedor ver a cientos de alcaldes escolares con sus bandas puestas subir a la improvisada tribuna de la Plaza San Martín para manifestar  solidaridad con sus maestros.  Sorprendió también la parálisis del sindicato oficial, reconocido por las autoridades, el Comité Ejecutivo Nacional del SUTEP, que pasó de negar la huelga a descalificarla con calificativos parecidos a los del gobierno.

Sin embargo, quizás si lo más relevante del fenómeno ha sido la desconexión entre la élite en el poder y lo que acontecía en el país, especialmente en los treinta días en que los maestros huelguistas estuvieron en Lima. La actitud del gobierno de no negociar con la dirigencia de la huelga y finalmente aceptar una negociación “en cuartos separados” con intermediarios entre ellos, sin capacidad de compartir una mesa ministros y huelguistas, no expresa sino la antigua distancia colonial establecida desde la conquista española entre aquellos que por razones de clase y de raza tienen poder y aquellos que no.

El que “los otros” ocuparan una plaza emblemática de la capital de la república durante tantos días causó horror en nuestras élites que para descalificarlos tenían que encontrar el término más duro e incontestable para desprestigiar el movimiento: “terroristas” o los bárbaros de la época que se opondrían a la civilización neoliberal. Con un otro de tales características, infectado por la lepra de la política nacional, nadie podía sentarse a conversar y, por lo tanto, no cabía negociación. 

Pero este país tiene experiencia en estigmatizaciones. Es más, la democratización del Perú ha estado constituida por una derrota continua de sucesivas estigmatizaciones. Apristas y comunistas a lo largo del siglo XX son testigos de excepción, después han venido ambientalistas y feministas, los comunistas de nuestro tiempo según Alan García. Y a la par, a partir de la dictadura de Fujimori y Montesinos, todo aquel que osara plantear un reclamo social ha sido tratado de terrorista. Felizmente la reiteración ha desgastado los epítetos y esto ha hecho que su efecto disminuya con el tiempo.

Por ello la estrategia del gobierno de liquidación de la huelga sin sentarse verdaderamente a negociar con su dirección porque eran terroristas ha fracasado. La huelga termina pero los maestros, a pesar de no conseguir un acuerdo, han dejado en claro que la política educativa no funciona y que hay un movimiento dispuesto a combatirla. Esto es un reto para el gobierno, al que este difícilmente le va a hacer caso, pero también para el conjunto de la izquierda porque señala que es en movimientos sociales como estos donde está la energía para el cambio.

Los bárbaros habrán dejado la Plaza San Martín, pero desde ese símbolo de la república criolla nos han legado una clase de peruanidad, de aquella que nos señala que la educación es un derecho de todos los peruanos, no solo de los que tienen las posibilidades de comprarla o venderla.

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