La prensa concentrada en el Perú y la muerte de Fidel Castro

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Por: 

Fernando de la Flor A.

El pasado viernes 25 de noviembre falleció en Cuba, a las 10.30 de la noche, Fidel Castro. Tenía 90 años y fue, sin duda, un personaje central en la historia política del mundo durante la segunda mitad del siglo XX. Puede estarse o no de acuerdo con su trayectoria, pero de ninguna manera podrá cuestionarse su trascendencia. Fidel Castro hizo historia.

Así como Winston Churchill -quien prometió a los ingleses sangre, sudor y lágrimas para salvar la cultura occidental de la libertad frente a la amenaza totalitaria- fue un personaje trascendental en la política mundial de la primera mitad del siglo pasado, Fidel Castro también lo fue, después, con su pretendido sueño socialista.

El sábado 26, al día siguiente, confié encontrarme con los periódicos del país –como ha ocurrido en buena parte del mundo- destacando la noticia del momento, y la que seguirá siendo por algún tiempo más: el fallecimiento de Fidel Castro y, con él, la de una ilusión: la instauración del sistema comunista.

Sin embargo, quedé sorprendido: la primera página de todos los diarios que maneja la prensa concentrada, es decir, el Grupo El Comercio, que controla alrededor del 80% de la circulación de los periódicos del país, o sea, “El Comercio”, “Perú 21” y “Correo”, todos sin excepción, en su portada, tenían la noticia de Nadine Heredia, su inesperado viaje a Europa y la exigencia judicial de que regrese de inmediato al Perú.  Para la prensa concentrada, Fidel Castro no había muerto.

Dicho fenómeno me suscita este comentario: los medios de comunicación, al margen de quiénes son sus dueños y cuáles sus convicciones políticas o morales,  tienen un primer deber, una obligación fundamental, insustituible: informar, objetiva y oportunamente. No hacerlo, o dicho mejor, incumplir esa responsabilidad es afectar el derecho de la ciudadanía a acceder a tal información. Y aquí no se trata del ejercicio de la libertad empresarial (cada quien maneja su negocio como mejor le parezca), sino del derecho fundamental a estar bien informado.

Cuando ocurrieron los atentados terroristas en la ciudad de París en noviembre del año 2015, sucedió exactamente este mismo fenómeno: la prensa concentrada, antes de informar acerca de tales acontecimientos, destacó el tema de las agendas de Nadine Heredia, en aquel momento el asunto político de actualidad en el país.  

Así como en aquella oportunidad me permití llamar la atención sobre la relevancia que el fenómeno de la concentración de medios en el Perú, tenía para el ejercicio del derecho ciudadano de acceder a una información veraz, objetiva y oportuna, de la misma manera, ahora, hago lo propio, a propósito de la noticia del fallecimiento de Fidel Castro y de la ignorancia del hecho por parte de la prensa concentrada. 

Y es que salta a la vista que tenemos un tema pendiente de discutir en el Perú, cuando se constata, objetivamente, que el grupo empresarial que controla el 80% de la circulación de los periódicos en el país, simplemente omite, ignora, informar a la ciudadanía, oportunamente, acerca de un hecho de la relevancia de la cual tratamos, violando de esa forma un derecho fundamental para la vida democrática. 

Y ese debate a iniciarse alturadamente y ponderando los valores y principios en conflicto –a saber, la libertad de empresa frente al derecho ciudadano a estar informado objetiva y pluralmente- debiera darse sin perjuicio del desenlace que pudiera tener la disputa legal planteada por varios  periodistas contra la compra del diario “Correo” por parte del Grupo El Comercio, la cual, por lo demás, tiene varios años sin resolverse no obstante tratarse de una acción de garantía constitucional de preferente atención.

Dicho en síntesis, la discusión de fondo alrededor de la concentración de medios, repitiendo similares debates mantenidos en otras latitudes del mundo, es si el derecho de los ciudadanos a tener una información veraz, objetiva, plural y oportuna, está o no por encima de la libertad empresarial y de contratación, y si el Estado debiera o no arbitrar esa ponderación. 

A su muerte, entonces, Fidel Castro, en el Perú, sigue dando que hablar. 

 

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