La independencia: ¿obtenida o concedida?

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Por: 

Nicolás Lynch

Una vez más con motivo del 194 aniversario de la independencia de España y entusiasmados por la cercanía del bicentenario se multiplican los comentarios sobre el punto. Paradójicamente, las versiones conservadoras han vuelto a la palestra reivindicando a las fuerzas internas en el proceso de independencia y señalando que esta fue más obtenida que concedida. Queda atrás la historia crítica de los años setenta y ochenta del siglo pasado que cuestionó, entre otros, este punto central de nuestra historia, teniendo como texto de referencia al que publicaran Heraclio Bonilla y Karen Spalding en 1972.

¿Fue obtenida o concedida nuestra independencia? Me inclino más por lo segundo. Cuando llegaron los ejércitos extranjeros de San Martín y Bolívar, que decidieron el conflicto, las insurrecciones indígenas y mestizas habían sido derrotadas y la élite criolla se debatía en un conflicto entre apoyar o no apoyar a los patriotas. La insurrección de Túpac Amaru, la más grande lucha de resistencia indígena a la dominación española, había sido derrotada cuarenta años antes. Además, en una batalla emblemática como Ayacucho, miles de indígenas pelearon como tropa para ambos bandos, patriotas y realistas. Fuerza propia, entonces, para derrotar a los españoles no teníamos por lo que sin ejércitos extranjeros parece que hubiera sido imposible.
    
La consecuencia de esto es que el nuevo territorio que vendría en llamarse Perú queda, como dice Pablo Macera, “más colonia y más feudal que nunca”. Permanece la misma estructura social anterior, con los poderes respectivos, y la debilidad política se expresa en los 20 años de caos producidos por el caudillismo militar a los que recién pone orden Castilla en 1845, para no encontrar sosiego real hasta 1872 con Manuel Pardo y finalmente hasta 1895 con el inicio de la República Aristocrática. Ello junto con el paso de nuestra dependencia colonial de España a una dependencia semi colonial de Inglaterra. Lo que trajo entonces la independencia fue un Estado con escaso poder interno y poco manejo de sus relaciones exteriores, un orden cuyo aparato institucional, la república criolla, tenía legitimidad en un pequeñísimo sector de la población.
 
Frente a esto hay un revisionismo histórico que pretende encontrar nuestra independencia como ejemplar (ver artículo de José Agustín de la Puente, El Comercio, 26-7-15 y entrevista a Carmen Mc Evoy, La República 27-7-15). Para ello no se basa en los cambios estructurales o en la falta de los mismos, producidos por este hecho, sino en las biografías y los discursos de nuestros próceres, precursores y actores importantes de la época, para pasar su buena voluntad como proceso efectivo que puso en acción la naciente república. Esta visión nos llevaría a reemplazar las buenas intenciones por la realidad y la voluntad individual por las gestas colectivas.
 
Creo, por el contrario, que la precariedad de nuestro proceso de independencia y la debilidad de la clase dominante que produjo constituyen una explicación más de la carencia de un grupo dirigente en el país y la debilidad de sus instituciones políticas. Por ello, no podemos seguir con la república criolla actual que es heredera directa de la independencia de 1821. Hay necesidad de plantear una refundación de la república, no como descalificación necesaria de todo lo existente, sino como superación de lo anterior. Si algo caracteriza a la república actual es la corrupción de su grupo dirigente y la exclusión de buena parte de los ciudadanos vía la criminalización de la protesta. Pero esta no es una característica nueva de la república criolla, por el contrario, forma parte de sus crisis endémicas que se repiten una y otra vez. Frente a ello el optimismo de los discursos y la buena voluntad de las biografías tienen su límite. El Perú reclama otra cosa.
 
Una república que sea capaz, por la vía de lograr la participación y la representación política de sus ciudadanos, exactamente lo que no ha podido la república criolla, convertirse en un aparato institucional legítimo para la mayoría de la población. Esto es en una República Democrática. El bicentenario puede ser una buena oportunidad, que en este caso va más allá de la letra y la palabra, significa la constitución de un sujeto político que asuma la tarea de la refundación republicana.

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