En los últimos años se usan términos en el debate político que tienen más que ver con su resonancia mediática que con su precisión analítica y finalmente con la forma de conocer, la sociedad y la propia política que tienen detrás. Esto hace que se diluyan como términos útiles para hacer buenos diagnósticos y terminen como comodines en el argot cotidiano más que como herramientas que nos brinden estrategias acertadas1.
Tenemos tres ejemplos al respecto: fascismo, golpe de Estado y populismo.