Noto, con profundo asombro, la cabida que encuentran, en la esfera de la opinión pública, una premisa y un desenlace. La premisa es que, luego de la caída del fujimorato, vivimos un retorno a la democracia que permitió la (¿re?)-construcción de nuestra – precaria - infraestructura institucional y un ethos que, supuestamente hastiado de tanta corrupción, permitía la renovación de nuestras expectativas en el campo de lo político con respecto a esta patología.