Ha pasado medio siglo y el final del conflicto entre dos naciones convencidas de que tienen derecho a reclamar el mismo pedazo de tierra parece más alejado que nunca. Europa, sobre todo Alemania, debe actuar en favor de los palestinos.
Ante la proximidad del 70º aniversario de Israel, me llena de orgullo ver la evolución que ha tenido el vulnerable Estado judío de mi infancia hasta convertirse en el país fuerte y próspero que es hoy. Como presidente del Congreso Judío Mundial, estoy convencido de que Israel ocupa un lugar central en la identidad de cada judío y yo lo considero mi segundo hogar. Sin embargo, me preocupa el futuro de la nación que amo.
Esta semana, Israel celebra sus 70 años de existencia. Confío en que celebraremos muchos más años y habrá muchas más generaciones que tendrán aquí su hogar y una vida segura, pacífica y creativa al lado de un Estado palestino independiente
Estamos en una ceremonia que, por más ruido que haya suscitado, es un acto de recuerdo y comunión, y llena de un profundo silencio, el del vacío que deja la pérdida de los seres queridos.
La ley judía del Estado-nación ha abierto una gran herida. Netanyahu y su Gobierno quieren que los ciudadanos árabes de Israel vivan con cierta sensación permanente de malestar existencial, de incertidumbre sobre su futuro.
La capacidad de dividir y hacer daño de la nueva ley sobre el Estado-nación del pueblo judío es tan evidente que la obstinación del primer ministro en no modificarla hace sospechar que tiene otra intención oculta: la voluntad de mantener abierta la herida de las relaciones entre el Estado y la minoría árabe que vive en él. Abierta, reavivada y amenazadora.
El empresario-presidente de los Estados Unidos, Donald Trump y su yerno Jared Kushner, no conocen la historia del Medio Oriente, no se han percatado que los pueblos que han habitado en esta región reclaman los mismos derechos, y que existe un compromiso de varios presidentes estadounidenses (Obama, Clinton, Bush) de una solución de dos estados: Israel y Palestina. Y que actualmente hay una propuesta de 132 diputados en la Cámara de Representantes que solicitan y apoyan una moción cuya solución está basada en la política de los dos Estados.
Desde 2019 en Israel se han celebrado cinco elecciones generales donde dirigentes de distintas corrientes ideológicas no han conseguido formar gobiernos estables. Benjamin Netanyahu, al frente de un conglomerado de derechas en el que resaltan el Likud, pero también organizaciones ultranacionalistas y religiosas, apela a la mínima diferencia con la que cuenta en el Parlamento para establecer una profunda reforma judicial con una amplia incidencia política.
Mientras escribimos estas líneas ONGs y Organismos de Naciones Unidas aún presentes en Gaza nos aportan cifras espeluznantes sobre el número de muertos y heridos. Cerca de diez mil en menos de un mes, más del 40 por ciento de ellos menores de edad y niños pequeños. Y las cifras seguirán en aumento porque los miles de heridos y enfermos crónicos carecen de hospitales y atención médica. A esto se suma un millón de desplazados que probablemente no podrán retornar a sus viviendas porque estas ya no existen. Una nueva Nakba2.
Estamos ante el cierre de un círculo mortal en el choque entre dos Estados de Oriente Próximo que en 1979 empezaron como aliados, en su lucha común contra la Unión Soviética e Irak, para convertirse en enemigos acérrimos cuando estos dos sufrieron cambios apocalípticos en 1991. La guinda la puso un militante de la Organización de Muyahedines del Pueblo Alireza Jafarzadeh al revelar en 2010 los sitios nucleares secretos de la Teocracia Chiíta (TCHI), en Natanz y Arak. Los conflictos superpuestos dificultan descifrar la compleja realidad que en esta zona del mundo además se enreda.
No sólo en la Argentina el sector universitario ha tenido un rol protagónico, la semana pasada, al liderar las multitudinarias protestas que hicieron del recorte presupuestario a las universidades públicas el eje en torno al cual se encolumnaron sectores golpeados por las draconianas políticas de ajuste instrumentadas por el presidente Milei, al que se sumaron la mayoría de las fuerzas políticas y la opinión pública.
EEUU perdió la cabeza tras los ataques del 11-S. El intento de Israel de cambiar la realidad de su entorno y de la región tras los del 7 de octubre puede aportarle más seguridad a corto plazo, pero menos a largo y generar una dinámica que escape a todo control.