Francia, ira amarilla

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Por: 

Gonzalo García Núñez

La calle contra el poder establecido

De octubre a la fecha, millares de personas se han puesto el chaleco amarillo que identifica al movimiento más numeroso y radical de la insurrección gala. 

Hartazgo producido por una vida que no cobra sentido, un libro de reclamos que invade todas las circunscripciones de un país afluente pero que no encuentra solución permanente al problema de la calidad de la vida de la gente de los pequeños pueblos rurales y las periferias urbanas. 

Reclamo generalizado que tuvo también un acto de bautizo fundacional en las ciudades mayores con las marchas y  manifestaciones masivas en  lucha contra el alza de combustible decretado por el gobierno. 

Priscilia Ludovsky, una de las más activas lideresas de los amarillos, cuenta a un importante diario de Paris que la rebelión empezó  con un petitorio recogiendo firmas para evitar el alza del diesel. 

Llegaron miles de firmas por internet. Casi de inmediato, el hartazgo generalizado que tuvo inicio en el rechazo a la elevación del precio de la energía se multiplicó por todo el territorio del país.  

De la maletera de los vehículos salieron los uniformes de la protesta: chalecos de color amarillo que son obligatorios en caso de accidentes o estacionamientos precautorios. Las carreteras vecinales recibieron a la gente convocada por redes sociales que no encontrando donde reunirse decidió ocupar  los óvalos de las carreteras. 

Luego vino el despliegue de un verdadero pliego de reclamos. ¿Cómo resolver el problema del frio cuando la plata no alcanza? ¿Cómo pagar impuestos que suben y suben cuando el desempleo golpea? Y. ¿el costo de la luz, el agua, el transporte?
Poco a poco, la dimensión del hartazgo generalizado tomo cuerpo también en movilizaciones en las principales avenidas de las ciudades. 

Los humos de las lacrimógenas despoblaron los campos Elíseos. La respuesta inicial del gobierno de Macron pareció subestimar el hartazgo. Palo. Pero no demoro en darse cuenta que por allí no era y trata de buscarle una salida distinta, invocando la necesidad de un dialogo nacional en todas las instancias de la vida ciudadana. 

Sin embargo la gente no le cree. IPSOS Francia estima que el ochenta por ciento de los consultados rechaza el así llamado Dialogo Nacional propuesto por el gobierno. Nada concreto, dicen, pese a que el MEF tuvo que abrir los nudos del presupuesto que, como se sabe, es deficitario. Empero del otro lado, tampoco se encuentra un interlocutor estable. 

Ayer nomas, en una platea televisiva, los amarillos se contradecían abiertamente sobre el tema de la representatividad del movimiento. Salvo Drouet y otros dirigentes jóvenes que emergen de la organización hay un  marcado rechazo a la “casta política”, señala Bruno Latour, una catedral de las ciencias sociales.  

Aunque las próximas elecciones de la Unión Europea-mayo 2019- pueden ser el escenario de la aparición de un potente movimiento político contestatario que englobe desde las más cercanas demandas de la gente hasta el cuestionamiento de las reglas del euro. 
Una suerte de unidad de las posiciones extremas del tablero político contra la política establecida y anclada en los poderes públicos, que se revelan como insuficientes para atender las necesidades de la gente, en especial aquellas nacidas de la desigualdad económica, la exclusión social y el irrespeto al medio ambiente.

¿Cuánto más duraran los chalecos amarillos en las calles? Nadie sabe. ¿Encontraran caras nuevas que representen estas demandas frente al hartazgo de dos décadas de políticas neoliberales? Ojala, por qué los sindicatos, las asociaciones, los gremios clásicos han quedado fuera de juego. Off side.  

Mientras tanto Francia vive con angustia esta contienda inédita de la “calle” contra el poder establecido. Igual ha sucedido con el MMS en Italia, y se sienten pasos en los otros pueblos de la Unión Europea.

 

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