El 15 de febrero de 1992, el eco de los llantos de dos menores de 10 y 8 años de edad retumbó donde el dolor no terminó de odiar la demencia y el salvajismo. Eran dos menores hijos de un humilde carpintero de Villa El Salvador, el pujante pueblo ganador del premio “Príncipe de Asturias” por su osadía de hacer de la organización social la herramienta para construir progreso y paz. Sí, paz que desde esa fatídica fecha nunca pudieron lograr ni aquellos dos menores ni su padre el carpintero.