Unos treinta y siete mil compatriotas no pasarán la navidad con nosotros. Han fallecido por el letal ataque de la coronavirus-19 durante el año que empezó con la cuarentena del 15 de marzo.
La falta de oxígeno se ha convertido en el símbolo de estos días de pandemia. El Perú no es autosuficiente en este elemento ahora vital y ha tenido que aceptar una donación de Chile, su tradicional rival, para poder abastecerse. Hoy el oxígeno, ayer las vacunas, anteayer las camas UCI, han sido los nombres de nuestras carencias en medio de la tragedia.
Todos sabemos que no es posible reactivar la economía cuando al mismo tiempo tenemos la pandemia en pleno desarrollo. El contacto social, necesario para toda reactivación que se precie de serlo, es necesario: en el transporte, en los servicios, en los colegios, en los restaurantes y mercados, etc. Y eso trae contagios.
Un año después del primer caso de la COVID19, a todos nos queda claro que las capacidades de nuestro sistema de salud para atender la enorme demanda eran insuficientes y, a pesar de los esfuerzos, continúan siéndolo. Décadas de abandono financiero y político nos dejaron con un sistema cuyas principales características se resumen en la precariedad de recursos, la fragmentación, la inadecuada descentralización, débil gestión y los altos niveles de corrupción.
La pandemia está dejando un costo elevadísimo en nuestro país, casi como en ningún otro. Tanto en lo sanitario, con uno de las ratios de fallecidos por población total más altos del mundo, como en lo económico, con una de las recesiones más profundas (2020: -11.12% de PBI según INEI), sumado a todo ello, la crisis política actual que ha polarizado el país en dos bandos y el fantasma del “comunismo” que recorre el país anunciando “miseria”, pérdida de “libertad” y “dictadura”, el cuento del próximo apocalipsis si gana la izquierda.
Tres horas de apretados intercambios, doce expositores en parejas de a dos, cada uno en su podio, discutieron sobre seis grandes bloques de prestablecidos temas en un formato- más ágil- que los habituales y letárgicos diálogos no siempre bien llamados técnicos de las campañas electorales precedentes. Presidio Juan de la Puente, comunicador experimentado.
La mañana del 11 de septiembre de 2001, que había comenzado tan apacible para el presidente George W. Bush con la visita a una escuela ubicada en el estado de la Florida, se convertiría rápidamente en el día más dramático de su presidencia. Los aviones que se estrellaban ese día contra las Torres Gemelas y el Pentágono generarían una sensación de vulnerabilidad que impulsaría una revisión integral en dimensiones como la seguridad y los derechos civiles. Algo similar ocurriría desde otros ámbitos.
Todos estamos de acuerdo (y lo dije más de una vez), que el mundo no será igual después del COVID-19. La crisis provocada por la pandemia está acelerando las desigualdades económicas y sociales, la posición de dominio de las grandes empresas tecnológicas y el trabajo remoto. Unas tendencias que van a dar paso a una nueva era en términos de política económica, fiscal, monetaria y de competencia, así como a una mayor presencia del sector público en la economía.
La economía peruana ha sufrido un shock sin precedentes, producto de la pandemia, como jamás habíamos visto. Ha supuesto una disrupción de gran calado. Los esfuerzos realizados para apoyar a familias, trabajadores y empresas han tenido resultados mediocres, habiendo implementado según el MEF, el mayor Plan Económico frente al COVID en América Latina con medidas equivalentes a 142,272 millones de soles (19.82% del PBI) a diciembre de 2020.
La OIT acaba de publicar un serio y preocupante informe(1) sobre la situación laboral en América Latina en tiempos de pandemia. El Perú ha retrocedido 15 años en el avance de la participación económica femenina. Este panorama laboral no es alentador y plantea un desafío de grandes magnitudes para los países como el nuestro con altas tasas de informalidad y aumento del subempleo.