El caso del espionaje chileno al Perú puso en evidencia la fragilidad de nuestra diplomacia frente a los intereses de los grupos económicos con capitales chilenos afincados en nuestro país. Ante la firme actitud del presidente Ollanta Humala para exigir las satisfacciones del gobierno chileno ante un espionaje consumado y probado (con nombres de los espías peruanos y chilenos), la cancillería peruana mostró una actitud dubitativa que mereció un jalón de orejas de parte del mandatario peruano.
