Más allá de imperativos de justicia, redistribución y cohesión social, subir salarios, hoy, es bueno para la economía. Subirlos, no bajarlos, contra lo que se hizo durante y después de la Gran Recesión. Porque el incremento de los sueldos sostiene el consumo privado, pilar de la recuperación europea; alienta la productividad y disminuye la corrosiva desigualdad.