Puede afirmarse, sin temor a errar, que tanto la política como la actividad económica tienen una conexión permanente con la mentira y con la verdad. Tanto los políticos como los empresarios pueden actuar como charlatanes o demagogos y trasladar ello a los instrumentos que manejan, como son la publicidad o la propaganda. Pero pueden también proponer lo que verdaderamente creen o ambicionan sin más muralla que su honesta conducta o sus sueños edificantes u odiosos.