El deterioro de la política, pero, más aún, de la sociedad peruana en su conjunto, es muy profundo: la falta de rumbo acrecienta la inercia tanática, la corrupción continúa destruyendo lo poco que queda y la ignorancia se multiplica a treinta minutos por segundo. Es claro que nos gobierna una mafia, pero es indudable –solo los cínicos son capaces de negarlo– que la alternativa que existía era también otra mafia: más sofisticada, con más experiencia, pero igual de abyecta.