El pasado viernes 25 de noviembre falleció Adolfo Figueroa. Fue un gran economista. Era de los pocos que reunía una combinación admirable de cualidades: sabía de historia, de matemáticas, de filosofía y tenía una amplia formación como todos los buenos economistas. Era académicamente exigente, porque respetaba la profesión. Fue, asimismo, una excelente persona: incorruptible, amigo leal y generoso. Parafraseando a Keynes, podríamos decir que en los escritos de Adolfo «ninguna parte de la naturaleza del hombre o de sus instituciones quedaba por completo fuera de su consideración».