La elección de Luiz Inácio Lula da Silva (77 años) por tercera vez a la presidencia del Brasil (2003-2010) y su exposición en la COP27, en Sharm el-Sheij, Egipto, realizada entre el 6 y 18 de noviembre, ha tenido el efecto de un giro copernicano: ha librado al gigante sudamericano de su condición de paria internacional en materia ambiental a la que le había condenado el ultraderechista Jair Bolsonaro, a una nueva imagen de líder ambiental y defensor de los pueblos indígenas e incluso a ser una nueva ficha en el ajedrez de la geopolítica en América Latina y también a nivel global por su rol