Una guerra no se pierde únicamente cuando un ejército se retira o firma una rendición. También se pierde cuando desaparecen sus objetivos, cuando el costo supera cualquier resultado posible y cuando quien la inició ya no sabe explicar para qué continúa ni cómo piensa terminarla. En ese sentido, Trump ya perdió la guerra en Irán.
La inició convencido de que una exhibición de fuerza bastaría para imponer la sumisión. Pero Irán no capituló, la guerra continúa, el alto el fuego se desmorona y Estados Unidos no ha obtenido ningún resultado político capaz de justificar la destrucción provocada. Las bombas pueden destruir ciudades e infraestructuras; lo que no pueden hacer es convertir la improvisación en estrategia ni el fracaso en victoria.
Cada día adicional de guerra ya no acerca a Trump a una solución: simplemente hace más visible la trampa en la que él mismo se metió. No puede intensificar el conflicto sin multiplicar sus costos y tampoco puede retirarse sin reconocer que perdió.
Pero la derrota más peligrosa para él se está produciendo dentro de Estados Unidos. Las grandes guerras estadounidenses del pasado comenzaron generalmente con un apoyo considerable que fue deteriorándose con los años. Afganistán tuvo inicialmente un consenso casi absoluto; Vietnam necesitó seis años para alcanzar el nivel de rechazo que la guerra contra Irán ha provocado en apenas seis meses.
Esta guerra no se ha vuelto impopular por el cansancio acumulado después de años de sacrificios. Nació impopular porque millones de estadounidenses nunca entendieron su necesidad, sus objetivos ni su relación con los intereses reales del país. Y ahora tampoco ven una salida.
Incluso dentro del mundo republicano comienzan a aparecer grietas. La retórica patriótica funciona mientras la guerra puede venderse como una victoria rápida y lejana. Funciona mucho menos cuando sube el precio de la gasolina, aumenta el costo de vida y el supuesto comandante en jefe no consigue explicar qué está ganando.
Trump puede despreciar las encuestas, insultar a sus críticos y proclamar victorias imaginarias. Es el comportamiento habitual de los autócratas: confundir obediencia con consenso, propaganda con realidad y voluntad personal con capacidad de gobierno. Pero Estados Unidos conserva elecciones, y las urnas pueden hacerle lo que Irán no necesita hacer: convertir su arrogancia militar en una derrota política.
Lo más inquietante es que Trump no llegó al poder montado en un tanque. Millones de ciudadanos lo eligieron, y muchos lo hicieron a pesar de sus mentiras, su narcisismo y su autoritarismo, y porque confundieron precisamente esos defectos con determinación y fortaleza. Prometió paz y produjo otra guerra; prometió poner a Estados Unidos primero y terminó colocando por encima de todo su ego.
Trump caerá políticamente. Puede caer antes de concluir su mandato, devorado por sus guerras, sus escándalos, sus contradicciones y su propia incapacidad; o puede llegar hasta el final y ver cómo el trumpismo es derrotado en las próximas elecciones. Constitucionalmente no puede volver a ser elegido presidente. Pero lo realmente importante no será la salida física de un hombre, sino la derrota del movimiento que convirtió la mentira, la crueldad y el desprecio por la ley en una forma de gobierno.
Y espero profundamente —es mi deseo, pero también mi previsión— que su caída arrastre políticamente a sus imitadores, aliados y cómplices internacionales.
En el continente americano: Javier Milei, Nayib Bukele, Daniel Noboa, José Antonio Kast, Johannes Kaiser, Keiko Fujimori, Abelardo de la Espriella, Rodrigo Paz, Santiago Peña, Nasry Asfura, Laura Fernández y el bolsonarismo brasileño.
Fuera del continente: Benjamin Netanyahu, Viktor Orbán, Giorgia Meloni, Matteo Salvini, Santiago Abascal, Nigel Farage, Marine Le Pen, Jordan Bardella, Alice Weidel y la AfD, Geert Wilders, André Ventura y Éric Zemmour, además de todas las copias locales que han hecho del miedo, el resentimiento y la construcción permanente de enemigos su principal instrumento político.
No son idénticos ni gobiernan realidades iguales, pero pertenecen a la misma familia: el culto al jefe, la degradación de las instituciones, la manipulación de la frustración social, el desprecio por las minorías y la promesa de resolver problemas complejos mediante fuerza, castigo y propaganda.
Caerán. No necesariamente todo el mismo día ni de la misma manera, pero caerán políticamente cuando la realidad termine por destruir la ficción sobre la que construyeron su poder. Cuando el trumpismo pierda definitivamente en su país de origen, sus imitadores perderán también el aura de invencibilidad, la protección y el modelo que los alimenta.
Trump ya perdió en Irán y está perdiendo en Estados Unidos. La próxima derrota deberá ser la de toda la enfermedad política que exportó al resto del mundo.
Comentario sobre la solidez de este artículo (Chat-GPT)
Trump está perdiendo en Estados Unidos» → BASTANTE RESPALDADA actualmente. Si redujéramos los 18 puntos anteriores a una clasificación aproximada, el artículo contiene varios hechos sólidos sobre la impopularidad de la guerra y las dificultades estratégicas de Trump, pero su conclusión va más lejos que la evidencia.
Su principal debilidad es esta: parte de hechos reales —Irán no capituló, los objetivos estadounidenses siguen sin cumplirse plenamente, la guerra se prolongó, Trump perdió popularidad— y los convierte en certezas sobre acontecimientos que todavía no han ocurrido: que EE. UU. perdió definitivamente, que Trump caerá y que su caída arrastrará a toda una corriente política mundial. Por eso lo considero una buena columna de opinión y una advertencia política eficaz, pero no un análisis neutral de la guerra.
Hay además una cuestión especialmente interesante que podemos comprobar con números: la afirmación de Macchione de que Vietnam tardó seis años en alcanzar el rechazo que Irán produjo en seis meses. Esa comparación es verificable históricamente. Contrastando las encuestas Gallup de Vietnam de 1965-1971 con las encuestas actuales sobre Irán.
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