De las sufragistas de Oslo al imperio del gigante Erling Haaland

Por admin , 12 Julio 2026

El gen de los hielos y la fuerza de las mujeres vikingas

Ver correr a Erling Haaland en el Mundial de Fútbol es lo más parecido a presenciar a un vikingo real: una fuerza de la naturaleza indomable y veloz, moldeada por el frío nórdico. No hay un mito, sino una herencia genética y cultural real. Su madre, Gry Marita Braut, fue campeona de heptatlón. Ella encarna el espíritu de las mujeres vikingas de los fiordos —esos imponentes valles inundados por el mar que definen el paisaje noruego—. Por ello, para entender el éxito arrollador de Haaland, es indispensable comprender primero la estirpe de mujeres de la que proviene: una línea de fuego y hielo que jamás se conformó con ser espectadora de la historia, sino su auténtica protagonista.

Como feminista, entendí la raíz de esa fuerza nórdica cuando me instalé en las aulas de la Universidad de Oslo para seguir un curso intensivo sobre diplomacia preventiva de conflictos. Vivir y estudiar allí, bajo ese clima extremo donde el invierno impone meses de profunda oscuridad y el verano regala días eternos de sol—donde a las doce de la noche el día aún brilla y se contempla el espectáculo de ver juntarse al sol con la luna—, me permitió ver de cerca la resiliencia del carácter nórdico. Comprendí entonces por qué Noruega fue el eje de la vanguardia política global al convertirse, en 1913, en uno de los primeros países del mundo en conceder el voto universal a la mujer. Esa misma lucidez y tenacidad colectiva llevó a las mujeres noruegas a organizarse activamente en 1915 dentro de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (WILPF). En pleno estallido de la Primera Guerra Mundial, mientras Europa se desangraba, ellas alzaron la voz con una madurez política inédita se reunieron en La Haya, Países Bajos en 1915, para exigir frenar la ferocidad de la guerra, demostrando que la paz no es un ideal abstracto, sino una construcción urgente que requería, precisamente, la participación femenina.

Esta tradición de liderazgo y autonomía no surgió de la nada a principios del siglo XX; se empezó a trenzar en la Era Vikinga. Mientras los hombres partían en sus barcos de guerra durante largos meses, las mujeres asumían el control absoluto de la economía y la supervivencia comunitaria. Llevaban las llaves de la granja atadas al cinturón como un símbolo de su poder sobre la comida, el tejido y las cosechas de la granja, entendida no como un simple terreno, sino como el núcleo económico, social y familiar de la comunidad. Gracias a este rol, las vikingas gozaban de derechos legales impensables en el resto de la Europa en la época medieval, impensable en el proceso histórico peruano: podían heredar tierras, solicitar el divorcio y recuperar su dote. Por eso que, lejos de recluirlas, el clima frio de la península escandinava las forzó a una autosuficiencia feroz para mantener la vida en pie en medio de la nieve.

Esa resiliencia femenina, forjada tras siglos de cambios en el aislamiento invernal, maduró hasta convertirse en la conciencia social que a mí me tocó respirar al caminar por las viejas y anchas avenidas de Oslo. Hoy, cuando miramos a Noruega como un referente indiscutible de igualdad de género, entendemos que hay un hilo invisible pero indestructible que conecta a aquellas matriarcas de la era vikinga con las sufragistas de 1913, las activistas de la WILPF de 1915 —quienes abrieron el camino de la diplomacia preventiva— y las atletas modernas como Gry Marita Braut. Fue bajo las largas noches del frío polar donde me di cuenta de que las mujeres nórdicas aprendieron muy temprano una gran verdad: que la única forma de sobrevivir es sostener el mundo con sus manos y reclamar un asiento allí donde se decide el destino de la paz y de la tierra.

Y es que al final, tras la aparente quietud de esa larga noche polar, siempre emerge la luz. Una luz que hoy lleva el nombre de Erling Haaland, el titán y goleador que está conduciendo a Noruega a la final de la Copa Mundial de Fútbol 2026, demostrando al planeta entero una gran verdad: que la fuerza nacida en los fiordos, no conoce fronteras y lo conquista todo.

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