El dilema de esta segunda vuelta

Por: 

Nicolás Lynch

Mucho se discute en estos días de espera para la segunda vuelta del 2026 sobre el destino del voto que se considera democrático. Nueva y fácilmente se piensa que la opción es entre los dos candidatos que llegan a la final: Keiko Fujimori y Roberto Sánchez. Bastante más que eso, es la opción por las alternativas de futuro que se le abren al Perú con el eventual triunfo de cada uno de ellos. Diversos analistas lo han dicho recientemente, con Keiko Fujimori ya sabemos qué esperar, más neoliberalismo autoritario, corrupción y trampa en cada vuelta de esquina. En otras palabras, pobreza y dictadura como futuro para el Perú. El fujimorismo ya lo hizo en el pasado y no hay señales de que piensa cambiar de actitud. No es sólo el mandato de su liderazgo, es su ADN, es el papel que están llamados a cumplir en el orden que instauraron entre 1990 y 1993, de lo contrario no serían fujimorismo.

Distinto es el caso de Roberto Sánchez. Llega a esta segunda vuelta por el aluvión de votos que obtuvo por su alianza con Pedro Castillo, lo que se grafica en el emblemático sombrero que ha tomado prestado. Supo ver el potencial electoral de Castillo y la indignación que el maltrato a este último ha causado en importantes sectores de nuestro pueblo mejor que otros candidatos de centro e izquierda y mejor, por supuesto, que la derecha y la extrema derecha que continúa demonizando al ex Presidente. Esta virtud táctica le ha rendido ya ingentes dividendos electorales. Queda por ver si la virtud táctica se puede convertir en virtud estratégica y definir el rumbo de este período. Para ello, no puede quitarse el sombrero sino tan sólo acomodárselo un poco, para asegurarle a su base que no la va a traicionar, sino que la firmeza y claridad de su liderazgo le va a permitir lograr una mayoría nacional en las urnas y mantenerla luego en el gobierno. Al revés de lo que hizo Ollanta Humala con la “Hoja de ruta” del 2011, que terminó siendo el camino al infierno para la llamada “Gran Transformación”.

Por el contraste que acabo de señalar, no cabe en este dilema ponerse al centro, tipo “policía de tránsito”, porque lo que está en juego no es sólo el futuro político de Keiko o Sánchez, nos gusten o nos disgusten más o menos, sino el futuro político del Perú. Roberto Sánchez con su pase a segunda vuelta abre la posibilidad de terminar con casi cuatro décadas de negación de futuro para el país. Porque los mayores nos acordamos que cuando Fujimori se inauguró con el ajuste económico de agosto de 1990 nos dijo que era cuestión de unos pocos años para que los peruanos sintiéramos la prosperidad. Sin embargo, han pasado varias décadas, no años, y el 75% de la PEA continúa en la informalidad y los niveles de desigualdad, el origen de la pobreza, son lacerantemente mayores que en 1990. El “milagro peruano” ha sido entonces para unos poquísimos, nacionales y extranjeros, que se han llevado en sus bolsillos el trabajo de los demás. Así no hay desarrollo para el Perú ni en un millón de años. Nos contaron entonces una gran mentira y nos la pretenden volver a contar ahora.

En cambio, abrir un nuevo camino democrático, más allá de las múltiples dificultades que suponga, empezando por el bloqueo permanente de la derecha, va a permitir que surjan y se desarrollen nuevas alternativas populares y se fortalezcan las actuales. Un nuevo camino tendrá, además, que enfrentarse a un contexto internacional adverso, en el que la ofensiva imperial pretende borrar todo rastro de estado de derecho y soberanía nacional, indispensables para el desarrollo de cualquier proyecto democrático. Por ello, será necesario el concurso de todos los demócratas para hacerles frente.

He señalado, por ello, que el triunfo de Sánchez abre la posibilidad, no la certeza, de un nuevo horizonte democrático. Hay que convertirlo con nuestro apoyo de posibilidad en certeza. En cambio, Keiko Fujimori no sólo es posibilidad, es certeza de dictadura. Van a volver a hacer lo que ya hicieron, hace tan poco como en este último Congreso, no sólo formando parte sino conduciendo la mafia congresal, o sea, se van a reír a carcajadas de los peruanos que de alguna forma crean en ellos.  

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