Por qué hablo más de política

Por admin , 14 Septiembre 2026

Muchos me preguntan por qué durante los últimos meses ha aumentado tanto mi activismo y mi posicionamiento político en las redes sociales.

En realidad, esta dimensión siempre ha estado presente en mis publicaciones. No soy solamente un fotógrafo que muestra fotografías. Un fotógrafo debe ser sensible al tiempo que le ha tocado vivir, observarlo, interpretarlo y reconocer sus señales. Quien permanece indiferente ante la realidad no es un fotógrafo: es apenas alguien que produce píxeles.

Pero es cierto que últimamente soy más activo, más explícito y más combativo. Lo soy porque veo peligros. Los reconozco porque conozco la historia y porque mi educación me enseñó a identificarlos antes de que sea demasiado tarde.

Soy hijo de un hombre que participó en la Segunda Guerra Mundial y nieto de otro que combatió en la Primera. Mi padre, como oficial, atravesó prácticamente toda la guerra entre Albania y Rusia. Después de tres años y medio, casi al final, una granada le arrancó parte de una pantorrilla y le dejó una herida física y psicológica que llevó consigo durante toda su vida.

También soy hijo de una madre que, en el transcurso de una sola semana, perdió a dos hermanos en aquella misma guerra: uno en el frente oriental, durante la desastrosa campaña italiana en Rusia; el otro en las arenas ardientes de El Alamein, en el desierto egipcio del norte de África.

En mi familia la guerra nunca fue una página lejana de los libros de historia. Fue carne mutilada, hermanos que no regresaron, dolor, ausencia y cicatrices que atravesaron generaciones.

De aquellas experiencias nació una condena absoluta del militarismo, de la guerra y de las ideologías que necesitan enemigos para justificar su existencia. Esa convicción me fue transmitida mediante la educación y quedó grabada en mi sangre.

Nací y crecí en un ambiente progresista. Soy profundamente antifascista, lo he sido siempre y lo seguiré siendo hasta el último día de mi vida.

Hoy vuelvo a reconocer las señales que el siglo XX ya nos enseñó a temer: nacionalismo, miedo al extranjero y al diferente, racismo, militarismo, rearme, culto a la autoridad y exaltación de la fuerza. Mecanismos que durante los últimos cinco o diez años se han hecho cada vez más evidentes, especialmente en Europa, el continente que directa o indirectamente ha desencadenado algunas de las peores tragedias de la historia moderna.

Por eso considero necesario comprometerme personalmente, dentro de mis posibilidades, contra las extremas derechas. Siempre estuvieron del lado equivocado de la historia. Son el cáncer de la humanidad y, si hubieran controlado permanentemente los destinos del mundo, ya nos habrían conducido a la autodestrucción.

Basta observar el fascismo italiano. Ayer fue aliado y cómplice del nazismo, participó en guerras de agresión, promulgó leyes raciales y colaboró en la persecución y deportación de seres humanos. Hoy se arrodilla ante el sionismo más criminal y genocida, justifica sus masacres y calla frente al exterminio del pueblo palestino. No son errores ocasionales ni coincidencias: son elecciones que revelan su verdadera naturaleza. La historia lo demuestra con una constancia aterradora: allí donde aparecen la opresión, el racismo, la guerra y el verdugo, el fascismo italiano siempre encuentra la manera de colocarse de su lado. Siempre, inevitablemente, en el lado equivocado de la historia.

El peligro está en los autócratas y en quienes aspiran a serlo: Trump, Milei, Nayib Bukele, Bolsonaro, José Antonio Kast, Daniel Noboa, De la Espriella y los herederos del fujimorismo peruano. Caudillos viejos y nuevos que aparecen por todo el continente repitiendo la misma receta: culto personal, desprecio por las instituciones, persecución del adversario, sometimiento de la justicia, ataques a la prensa y una brutalidad presentada como eficiencia. Personajes incapaces de ofrecer algo diferente de la vieja retórica del orden, el control, el castigo y la mano dura. Una fórmula repetida durante generaciones en América Latina que jamás ha solucionado sus problemas estructurales y que solamente ha producido más desigualdad, violencia, corrupción, miedo y atraso.

Sé perfectamente que mantener esta postura tiene un precio. Vivo de mi trabajo y de personas que se relacionan conmigo también comercialmente. Aunque mi actividad dependa fundamentalmente de mis cualidades humanas y profesionales como fotógrafo, es evidente que una posición política tan clara provoca el alejamiento de quienes piensan de manera opuesta. Ya ha ocurrido muchas veces.

Dicho sin rodeos: pierdo clientes.

Pues bien, no me importa. Estoy dispuesto a pagar cualquier precio por defender aquello que considero justo. No cambiaré mis convicciones por una simpatía, un contrato o una venta. Hay silencios que pueden ser rentables, pero tienen un coste moral que no estoy dispuesto a asumir.

La realidad que vivo directamente en el Perú y la que sigo viviendo, aunque sea a distancia, en mi país de origen, Italia, me obligan hoy a estar más atento y a ser más combativo. A dedicar, dentro de mis límites, toda la energía posible a señalar estos peligros y a impedir que la indiferencia, la ignorancia y la desmemoria vuelvan a entregarnos a los verdugos.

No hablo más de política porque yo haya cambiado. Hablo más porque el mundo está cambiando para peor. Y cuando el incendio avanza, guardar silencio no es neutralidad: es complicidad.

Seguiré hablando porque quiero continuar, hasta el final, del lado correcto de la historia.

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