Estas son mis prioridades; si no le gustan, tengo otras

Por admin , 18 Agosto 2026

¿Hacia dónde se dirige el Ministerio de Salud? Dieciséis días, seis listas de prioridades y los mismos de siempre en los cargos que importan.

En dieciséis días, el ministro de Salud ha presentado media docena de listas de prioridades. Algunas se complementan, otras se contradicen y varias desaparecen sin explicación. Cuanto más habla Luis Dyer de lo que piensa hacer, menos claro queda qué piensa hacer.

Dyer juró el 28 de julio. Su designación fue recibida con escepticismo. No es médico ni salubrista ni tenía experiencia en el sector. Venía del mundo empresarial y de la organización electoral de Fuerza Popular. El Gobierno sostuvo que allí estaba su fortaleza. El Ministerio de Salud necesitaba un gestor capaz de aplicar un “shock de eficiencia”.

El problema apareció pronto. Dyer nombró secretario general a Juan Carlos Gonzales Hidalgo, señalado por distintos medios como sobrino político de César Acuña. Puso al frente de su gabinete de asesores a Luis Quiroz Avilés, exjefe del Seguro Integral de Salud y exministro, con posiciones centrales en el ciclo iniciado por César Vásquez, dirigente de Alianza para el Progreso. Mantuvo en Salud Pública a Henry Rebaza, viceministro de Prestaciones y Aseguramiento con Dina Boluarte y viceministro de Salud Pública con José María Balcázar. Y para Prestaciones y Aseguramiento designó a Carlos Espinoza Barreto, que venía de la Dirección General de Personal de la Salud, una oficina normativa.

Por separado, ninguna de estas decisiones prueba una cuota partidaria. Juntas son una señal. Dyer responsabilizó a las gestiones anteriores de entregarle un sector “catastrófico”, sin dinero, tecnológicamente atrasado y administrativamente desordenado. Y enseguida entregó la secretaría general, el gabinete de asesores y un viceministerio a personas formadas en esas mismas gestiones. Donde sí cambió, en el viceministerio que administra la mayor red de servicios del país, eligió a alguien sin experiencia en conducir organizaciones de esa escala. El “shock de eficiencia” no alcanzó a los únicos nombramientos que dependían solo de él. Si las necesita por su experiencia, entonces la gestión que recibió no fue tan catastrófica como dice.

Su respuesta a las críticas fue político-mediática. Se puso el chaleco del Minsa y salió a hacer visitas inopinadas a hospitales, postas, almacenes y oficinas. Las cámaras mostraron expedientes en papel, información guardada en discos compactos, establecimientos sin internet, maquinaria alquilada que seguía generando pagos y millones de jeringas a punto de vencer.

Las inspecciones tuvieron un mérito real: devolvieron al debate público problemas que la población padece y que el discurso oficial suele maquillar. Pero inspeccionar no es gobernar.

El ministro elogió al personal asistencial y a la vez construyó una oposición simplificadora entre médicos y gestores. El sistema no está en crisis porque sobren médicos y falten administradores. Está en crisis por su fragmentación, su débil rectoría, un financiamiento insuficiente e inequitativo, la precariedad del primer nivel, la captura política de los cargos y la escasa capacidad de convertir decisiones nacionales en servicios efectivos. Administrar mejor es indispensable, pero la gerencia sin política sanitaria ordena expedientes sin transformar nada.

Las preguntas incómodas llegaron rápido. La principal era también la más simple. ¿Cuáles son sus prioridades? Revisamos once videos difundidos desde que asumió. No son once entrevistas distintas, pero bastan para seguir las mutaciones de su agenda. El 31 de julio anunció cuatro ejes: tiempos de espera, competencia para abaratar medicamentos, anemia y Fenómeno El Niño. En RPP priorizó digitalización, conectividad y supervisión. En Perú21 agregó organización, compras, primer nivel y lucha contra la corrupción. En Latina volvió a la digitalización, las postas y la anemia. En Willax incorporó las visitas inopinadas y el trato humano. En Exitosa redujo todo a medicamentos, citas, cirugías y equipos médicos.

Todas son preocupaciones legítimas. Ahí está el problema. Una prioridad es aquello que se decide atender primero, a costa de posponer otra cosa. Cuando todo es prioritario, nada lo es. Se suma una confusión entre fines e instrumentos: digitalizar es una herramienta; visitar hospitales, una forma de supervisión; combatir la corrupción, una obligación permanente.

El compromiso más concreto fue reducir la espera por una cita de cuatro a dos meses y por una cirugía de ocho a cuatro. No conocemos la fuente de esas cifras, los establecimientos comprendidos, el presupuesto ni el mecanismo de medición.

La sobreexposición tuvo un costo. Cada entrevista dejó una frase llamativa, un hallazgo indignante y una prioridad nueva. Dyer quiso proyectar la imagen de un gestor práctico; sin un programa que articule sus anuncios, el gestor se volvió personaje, y el personaje, material para el meme.

Todavía está a tiempo. La presentación del presupuesto ante el Congreso, el 30 de agosto, y el pedido de voto de confianza del gabinete son la ocasión para presentar un plan de cien días con pocas prioridades, líneas de base, metas, responsables, presupuesto y seguimiento público.

El país no necesita discutir el estilo de un ministro, sino saber si existe una agenda sanitaria capaz de sobrevivir a quien la firma: pocos objetivos, con metas y plazos verificables, y un cuadro de gestores con competencia probada y experiencia suficiente, no escogidos por lealtad partidaria. Esa sería la ruptura. Las prioridades pueden cambiar cada semana. Los pacientes no.

Publicado en Substack

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