Trump contra todos

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Por: 

Francisco Durand

La increíble victoria del ultraconservador empresario inmobiliario Donald Trump en las elecciones de los EUA (ganó con votos del Colegio Electoral, pero perdió la elección popular; rareza que la Constitución permite si gana delegados en más estados), ha tomado al mundo por sorpresa. Es la primera vez en la historia política de ese país desde que se aprobara la Constitución de 1786 (en sus 10 primeros años fue una confederación de 13 estados) que gana la presidencia un candidato demagógico sin experiencia política previa. Lo curioso es que los diseñadores de la Constitución introdujeron la fórmula del Colegio Electoral para impedir que líderes populares llegaran a la presidencia. Trump ha roto el molde y está a punto de romper muchas más cosas.

Trump es un nativista extremo, seguro de sí mismo y narcisista, que se coló en las “primarias” de un dividido Partido Republicano, derrotando primero a más de 10 candidatos y luego compitiendo con la poco carismática Hillary Clinton.  Trump y sus asesores, donde destaca el extremista Steve Bannon, representan por primera vez una corriente anti partido o anti establishment victoriosa, que ha utilizado oportunistamente el desengaño creciente de conservadores frustrados con la dirección que ha tomado el país. 

El slogan de Trump, “lets make America great again”, que pegó fuerte, lo dice todo. Se trata de una reacción de una parte de la población blanca (en su gran mayoría), que siente que están perdiendo “su país”, que el otrora gran imperio anda cuesta abajo. Creen que Trump es el líder que los hará volver a esa era dorada que empezó en 1945, cuando todos tenían empleo, casa y carro, y cuando EUA imperaba en el mundo, convirtiéndose, en sus propias palabras, en “líder del mundo libre” y “defensor de la civilización occidental y cristiana” amenazada por la Unión Soviética. Luego de la caída de la Unión Soviética en 1989, y con la profundización de la globalización económica amparada en tratados de libre comercio, sus líderes afirmaron que EUA “había triunfado finalmente” (derrotó al fascismo en 1945 y la URSS en 1989), y que el mayor comercio y movimiento de capitales generaría prosperidad para todos.  Es de esa manera que se  renovó el sueño americano.

65 años después de terminada la Segunda Guerra Mundial y unos 15 después de terminada la Guerra Fría hay menos trabajo (o trabajo menos remunerado), mas inestabilidad laboral, mayor desigualdad entre ricos y pobres, más deudas por consumo y mucha rabia. En paralelo, se va agotando el liderazgo político y la capacidad operativa militar de los EUA, que no termina de ganar en Afganistán luego de iniciada la invasión del 2002 y sigue empantanado en Irak-Siria, donde ya no quiere ni mandar tropas para imponer un régimen favorable a Washington. Han surgido además nuevas potencias, como Rusia y China, que desafían su mandato y cuestionan desde hace tiempo sus intentos de ser un “solo poder”. En el fondo del declive lo que son guerras mal planeadas, largas y costosas, la gran crisis financiera de Wall Street 2008-2009, que han generado un déficit fiscal y una deuda trillonaria que es estructural, es decir, permanente; y el hecho que la globalización económica enriquece principalmente a las transnacionales y debilita tributariamente a todos los estados. 

Admitamos entonces que la elección de Trump tiene sentido para quienes reaccionan contra este declive y buscan recrear  las condiciones para volver a la grandeza.  Parte del problema es su diagnóstico, que revela el caso de Trump y sus votantes  la incapacidad de mirarse en el espejo externalizando las causas. El declive  lo atribuyen en buena parte  a los inmigrantes latinos y ven al mismo tiempo enemigos en todos los refugiados musulmanes, potenciales terroristas religiosos que amenaza esa gran nación. 

La respuesta de Trump ha sido cerrar la frontera, deportar a los indocumentados, vetar a los que quiere entrar con visas, incluso a los que tienen tarjeta verde o hasta pasaporte  por ser diferentes o sospechosos de ser enemigos de esa América imaginada acosada por extranjeros. Los indocumentados mexicanos del 2016 son el equivalente de los judíos de Alemania en los años 1930. En Texas, por ejemplo, ha surgido un grupo radical nativista que insta a “defender la tierra por la que lucharon sus antepasados”, en referencia a los inmigrantes blancos que se instalaron  peleando contra los indios y “liberando” esa vasta región de los mexicanos. Ahora se sienten invadidos por criminales y gente que les quita trabajo.

Lo curioso de Trump, típico de los fascistas, es usar el declive de una nación para ganar una elección, argumentando que sus enemigos son de otro color, de otro país, de otra religión, acusando paso al establishment (los dos partidos, la prensa) de haber abandonado a los verdaderos americanos (los WASP, White, Anglo Saxon, Protestant).  Es al mismo tiempo una reacción económica antiglobalista, pues según Trump EUA pierde con los tratados de libre comercio y hace que aumente su déficit comercial. 

El resultado de su irrupción en la vida política interna de ese país todavía está por verse. Hasta ahora vemos más al Trump el candidato, que curiosamente todavía predomina sobre Trump el presidente. Debemos esperar, como dicen especialistas y gente de la calle, que por primera vez coinciden en algo, “porque en realidad no sabemos lo que va a pasar”. Mientras tanto se han abierto dos frentes en los EUA. 

El primer frente es la confrontación con los partidos (particularmente los demócratas, pero también con el ala republicana ligada a las empresas globales y a los manejadores de política exterior y del sistema de seguridad) y la cuestión de los poderes del Ejecutivo. Según la Constitución, la presidencia, las cortes y el Congreso (formalmente considerado “el primer poder del Estado”) deben coordinar para gobernar. Si no el país se polariza o se paraliza. Trump ha querido gobernar a la loca desde el Ejecutivo e imponerse sobre la base de una supuesta gran popularidad que le da un mandato. Y el sistema ha reaccionado. El Congreso le ha vetado un candidato al Ministerio de Trabajo. Las cortes han declarado inconstitucional su intento de vetar temporalmente a quienes quieran entrar con visas a los EUA que sean de origen musulmán. La prensa le armó eficazmente un escándalo con el general Flynn, candidato a asesor del todopoderoso Consejo de Seguridad Nacional creado en 1947, previa filtración de alguien de adentro del establisment de las conversaciones de Flynn con el embajador ruso.  Es posible que si Trump sigue errático, complique todavía más la delicada posición internacional de los EUA y genera un problema económico si fracasan sus políticas proteccionistas y de construcción masiva de infraestructura (muro con México incluido). El impredecible político de nueva cuña puede terminar siendo desaforado por el Congreso (si los republicanos se dividen). En la calle no faltan quienes piensan que puede ser asesinado; otros creen que desatará una segunda guerra civil. 

Queda por ver si EUA podrá replegarse y dejar que el mundo se encargue de sus problemas, pero reservándose el derecho a presionar y hasta atacar allí donde Trump lo considere necesario (Irán puede ser el inicio de la primera guerra, quizás Corea del Norte). Todo el ordenamiento de la post guerra entonces está en cuestión con esta mezcla de repliegue y agresividad inmoderada. Hasta la alianza de defensa europea donde, como EUA tiene menos recursos, la política es que “pongan la suya”, obligara a los europeos a actuar con mayor independencia.

El segundo gran frente es con los inmigrantes, principalmente con los latinos, grupo diverso que aceleró su migración a los EUA desde la década de 1960, siendo su principal componente el mexicano y centroamericano, que entra por la frontera sur. Trump los ha acusado y vilipendiado a voluntad.  Afirmó en la campaña, en una de sus declaraciones más extremas, que de México y América Latina “nos envían drogas, criminales y violadores”. Manejando cifras demagógicamente (algo que justifican como “datos alternativos”), ha llegado a decir que “la mitad de los indocumentados son criminales”. Propone construir un muro en la frontera con México, introducir una estricta política de visas y controles en aeropuertos, incluyendo los que tienen documentos que son latinos o musulmanes  (tarjeta verde o pasaporte) y realizar deportaciones masivas. Como resultado de ese giro de política, muchos inmigrantes que estaban fuera no pueden entrar o lo han hecho luego de detenciones e interrogatorios humillantes. Al mismo tiempo, muchos inmigrantes no quieren salir del país por miedo a no poder regresar. 

Reina el temor y la preocupación pero no se van a quedar en sus casas. La comunidad de inmigrantes, liderada por los mexicanos y centroamericanos, no ha tardado en reaccionar, generando diversas medidas de movilización que polarizan aún más el ambiente político de esa relativamente tranquila nación. Digo relativa debido a que su serenidad se ve interrumpida por actos de terrorismo local cometidos principalmente por locos con armas, que son perpetrados mayormente por White Anglo Saxon and Protestant que perdieron su trabajo o tienen enfermedades mentales no tratadas.  El 16 de febrero se realizó el “día sin inmigrantes”. Distintos grupos organizados de muchas ciudades dejaron de trabajar, no enviaron a sus hijos a la escuela, no gastaron, enviando un mensaje sobre su importancia económica, sobre todo en la agricultura, la construcción y los servicios (restaurantes, hoteles, tiendas, oficios varios de reparación).  En Washington, por ejemplo, 50 restaurantes dejaron de operar, incluyendo seis comedores del Pentágono.  A ello se suma los boicots en México contra los productos de EUA y otras medidas que irán emergiendo con el paso del tiempo a medida que aumente el número de deportados. En este frente, los inmigrantes tienen las de perder. Pero no están solos y pueden sumarse a otros grupos sociales movilizados como las mujeres, los indígenas, los liberales y progresistas, hasta los obreros si Trump incumple sus promesas. Varias “ciudades refugio” que predominan en California y Texas, dos de los estados más populosos, que no persiguen a los indocumentados, dejaran de recibir fondos federales, lo que puede causar mayor malestar. 

Queda por ver cómo se manejará Trump en estos dos frentes. Lo cierto es que su presencia en la Casa Blanca más bien puede representar lo opuesto de lo que quiere lograr: en lugar de hacer que EUA vuelva a la grandeza puede acelerar su declive porque no solo no va a arreglar viejos problemas sino que está creando otros nuevos.

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