Presencia y ausencia de un presidente

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Por: 

Alberto Adrianzén M.

Bajar 19 puntos en la aprobación y subir 16 puntos en la desaprobación presidencial en un mes, como muestra una última encuesta, no es un hecho tan grave si uno tiene, como ha dicho el presidente Vizcarra, 60% de aprobación. Sin embargo, lo grave no es solo que esta situación ya la hayamos vivido en otras oportunidades sino también que las “armas” de respuesta (o las balas de plata) que el Presidente tiene frente a situaciones similares comienzan a agotársele.

Una de ellas es la práctica inexistencia del fujimorismo como una amenaza real al gobierno y a la democracia. Hoy el fujimorismo pasa su momento más difícil no solo porque está presa su lideresa (más allá que pueda salir libre en los próximos días) sino también y sobre todo por sus visibles vínculos con la corrupción y con los grandes empresarios, y porque el nivel de dispersión, división y hasta confusión política en la que se encuentra hoy día es evidente. La presencia de fujimoristas en listas de otros partidos para ir al Congreso, así como la renuncia de otros, como también la “colaboración” de algunos en la lucha contra la corrupción es una prueba de ello. Por eso el antifujimorismo que antes era un llamado a la lucha y una bandera de este gobierno, que le permitía acumular puntos y legitimarlo, hoy ha pasado a ser una fuente de prestigio de Vizcarra, pero no, necesariamente, en un factor de acumulación como lo fue en el pasado reciente. El problema, además, es que este triunfo no tiene un espacio político propio donde se pueda acumular lo ganado, ya que el presidente Vizcarra no tiene partido ni tampoco una lista al congreso propia o un partido que lo apoye abiertamente. 

También el Congreso ha dejado de ser una fuente de legitimidad y apoyo al Presidente porque, en la práctica, ha dejado de existir. Su transformación en una simple mesa de partes para que revise los decretos de urgencia que este gobierno promulga, lo han convertido en un simple accidente de la política que de vez en cuando remite escritos al Tribunal Constitucional para que le digan si es legal o no su disolución.  

Por eso la disolución del Congreso tiene un efecto similar a la derrota política del fujimorismo, más allá que ambos hechos sean similares y al mismo tiempo distintos: criticar o enfrentarse al Congreso no tiene ahora ningún valor porque éste ha dejado de existir. Es como pelearse con un muerto. Además, hay que tomar en cuenta que en la lucha por la disolución del Congreso participaron sectores que siendo antifujimoristas no estaban ni están de acuerdo con las políticas de este gobierno.

Por eso, el otro factor que posiblemente le hará la vida un poco más difícil al presidente Vizcarra serán las próximas elecciones complementarias para elegir un nuevo Congreso. Hay varias razones. La primera es que la gente, como se dice, no tiene ganas de votar y, en verdad, si pudiese, no votaría. Por eso en las diversas encuestas el que gana, hasta ahora, es “ninguno” o “no sabe ni opina”. Es un error pensar que la disolución o cierre del Congreso sea un producto de o que marque un momento de politización de la ciudadanía. Creo, más bien, que es todo lo contrario. 

La disolución del Congreso es más bien un producto y una consecuencia, al mismo tiempo, de la antipolítica. Cerrar un Congreso como ahora o acortar su existencia como en el 2000, es siempre una medida extrema que marca un antes y un después, como sucedió con la transición que presidió Valentín Paniagua hace 19 años, que abrió al país las posibilidades de un cambio y de una mejor democracia. Con el cierre actual del Congreso sucede lo contrario. Y si bien uno puede sentirse satisfecho con la derrota del fujimorismo, este cierre ha generado muy pocas expectativas a la ciudadanía en lo que respecta a la política y al futuro de las y los peruanos. 

Lo que quiero decir es que cuando un hecho tiene lugar en un contexto antipolítico, como es el que vivimos, difícilmente los actores políticos acumulan políticamente. La antipolítica genera desconfianza, alejamiento de la política, reduce las expectativas ciudadanas y abre la posibilidad de lo que Julio Cotler llamó la “tentación autoritaria” como también de un radicalismo estéril que impiden la consolidación de la democracia.

La segunda razón es que en las próximas elecciones al Congreso la mayoría de listas (o partidos) buscarán distanciarse del gobierno como un mecanismo de ganar votos. Y lo peor de ello es que el gobierno, como hemos dicho, no tiene partido ni tampoco representantes orgánicos y disciplinados en estas elecciones, lo que aumentará su soledad. A ello se suma que la cantidad de listas al Congreso (23 listas en Lima) lo único que producirá será una mayor dispersión del voto y una fragmentación política de la representación. Es decir, legitimará el momento antipolítico que hoy vivimos. 

Por eso creo que el futuro de este gobierno recae principalmente en lo que haga o deje de hacer el presidente Vizcarra y por eso no me parece extraño que lo veamos todos los días en los medios de comunicación, en especial en la televisión. Lo encontramos en el simulacro de sismo en Plaza Sur, en inauguraciones de obras públicas y seminarios, y hasta como gestor directo de que la Copa Libertadores se juegue en Lima. Hay una suerte de “horror al vacío” que, por la fragilidad política del Presidente y del gobierno, tiene que ser llenado con su presencia. 

El cine, por ejemplo, es una sucesión de imágenes que, gracias a un guion, a los actores y al empleo de una serie de técnicas, esa sucesión de imágenes se convierte en una narración con sentido para el espectador. Por eso llenar espacios vacíos, sin un guion, ni actores y sin técnicas adecuadas, como hace el presidente Vizcarra no es gobernar ni tampoco tener un gobierno. Porque una presencia sin sentido es al mismo tiempo una ausencia. 

 

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