Paridad contra pactos masculinos

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Por: 

Carlos Bedoya

Fractura de pactos entre hombres donde la mujer es objeto

No se trata solo de aumentar el número de parlamentarias y llegar al 50-50 o más, aunque este sea el efecto más visible y por cierto muy justo de la paridad y la alternancia mujer-hombre u hombre-mujer en la conformación de las listas para el Congreso.

Es claro que la cantidad importa a la hora de medir la participación política de la mujer, pero hay un aspecto oculto en este tipo de reformas que enciende las más feroces oposiciones de los sujetos masculinos o masculinizados.

Oposiciones que camuflan también lo que se juega de fondo. Argumentos del tipo “que si los méritos son más importantes”, “que de dónde sacamos mujeres”, “que mejor la paridad sea por etnicidad y no por género” ocultan la principal razón del repudio: la paridad y la alternancia son elementos que fracturan los pactos políticos entre sujetos masculinos o masculinizados donde las mujeres ocupan el lugar de objeto del intercambio y que, si bien pasan al espacio público, siguen subordinadas.

Lamentablemente, esa es la manera en que muchas mujeres han podido acceder a la política. En un extracto de la entrevista que la feminista Martha Rico hizo en 2008 a María Colina de Gotuzzo, una de las primeras ocho parlamentarias peruanas electas en 1956, se deslizan dichos pactos entre hombres para que una mujer acceda a la política:

-¿Cómo se inició su vínculo con la política?
-(…) Mi hermano Ulises era el que cargaba a Víctor Raúl, era soldado raso y hubo un levantamiento en el norte, resultó preso y estuvo en El Frontón por diez años, se escapó a nado. Mi contacto directo con la política se inició con Manuel Seoane Corrales, quien fue el segundo de Haya de la Torre, un hombre muy inteligente, con él trabajé tres años…
-¿Cómo fue el proceso de ser candidata al Parlamento?
-En el 56 fueron las elecciones y Víctor Raúl tuvo la gentileza de ponerme en la lista porque soy del departamento de La Libertad (...)”.

No quiero decir que esta lógica se dé en todos los casos porque hay muchas mujeres que han accedido al poder político directamente en calidad de sujetos. Desde María Jesús Alvarado que en 1945 fue regidora de Lima, hasta la congresista Marisa Glave en la actualidad por citar dos ejemplos. Como ellas, otras se han forjado un lugar en el espacio público a pulso sin necesidad de participar como objetos en el intercambio de favores entre un grupo de hombres.

Casos como el de Luz Salgado o Keiko Fujimori, quienes llegaron a la política por ser secretaria e hija de Alberto Fujimori respectivamente también muestran la decisión y acuerdo de sujetos masculinos para que las mujeres lleguen al espacio público. Otra cosa es que con los años, ambas pasaron de ser objeto a ser sujetos políticos masculinizados, a fin de mantenerse vinculadas al poder. Y cuando digo sujetos masculinizados me refiero – siguiendo a la antropóloga Angélica Motta - a esa estructura de género que incluye prácticas depredadoras, posiciones de poder basada en pactos y lealtades protectoras para mantener privilegios.

Con la paridad y la alternancia estos pactos entre hombres se debilitan. Las mujeres ganan una vía de acceso a la política en calidad de sujetos dejando de ser objetos sin necesidad de masculinizarse. Incluso aquellas con menor capacidad de agencia, pero con voluntad de participación tienen la oportunidad.

Entonces, los sujetos masculinos o masculinizados no solo pierden sitios físicos en la representación nacional, como se desprende de las cifras de países donde ya se aplica: ejemplo Bolivia y Costa Rica (*), sino que el sistema hegemónico de intercambios para crear relaciones sociales en el marco del patriarcado es golpeado.

Me refiero al viejo sistema de dones (dar, recibir y devolver) que describió Marcel Mauss en su Ensayo sobre el Don (1925) como forma de intercambios y contratos de las sociedades arcaicas para establecer jerarquías y créditos, y que - salvando las distancias - sigue vigente en las sociedades actuales donde hasta las relaciones de parentesco se basan en intercambios de este tipo (Levi-Strauss, 1949) entre sujetos que no puede prescindir de la diferencia sexual ni de la distinción de género (Gayle Rubin, 1975). Así, los hombres son los que han organizado tradicionalmente el parentesco mediante el matrimonio, forma básica de intercambio de regalos (dones) entre ellos, donde las mujeres son centrales.

Por ejemplo, la “pedida de mano” que aún persiste en muchos casos como ritual previo al matrimonio heterosexual, consiste en que los futuros yerno y suegro pactan, se hacen parientes, se vinculan y hacen alianzas a partir del cuerpo de una mujer. Si eso subsiste hasta hoy en el espacio privado, en el público la cosa no es muy distinta. La diferencia es que en el caso del matrimonio heterosexual, el objeto del pacto (la mujer) pasa al espacio doméstico, en cambio en los pactos políticos, el objeto del pacto (la mujer) pasa al espacio público.

Como ha señalado Carole Pateman (1988), las mujeres no son firmantes del contrato social. Para pasar del antiguo régimen a la modernidad, la fratria de hombres con su pacto sexual basado en “tú no te metes con mi mujer, ni yo con la tuya”, fundaron los estados nacionales de dominación masculina y mujeres oprimidas. Solo ellos fueron los firmantes de ese contrato moderno, y por eso que cosas como el Estado de derecho o el debido proceso judicial, creadas en ese marco, vienen resultando ineficaces para revertir la violencia cruenta contra las mujeres que vemos todos los días.

No es poca cosa lo que está en juego con la paridad y la alternancia. Se trata del movimiento de viejas estructuras de poder masculino.

Notas finales:

(*) Ver el informe de prensa “Paridad y alternancia: La esencia de la igualdad de oportunidades” publicado por el diario Perú21 el 16 de junio de 2019. Disponible en: https://peru21.pe/politica/paridad-alternancia-esencia-igualdad-oportuni...

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