La peligrosa fe de Santana

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Por: 

Juan Fonseca, Historiador

La reciente batalla campal en Matute entre los miembros de la Iglesia Cristiana Aposento Alto y los barristas del Alianza Lima fue el episodio cumbre de una de las últimas maniobras expansivas de una iglesia evangélica muy peculiar. Empecemos aclarando que Aposento Alto y su líder, el autoproclamado “apóstol” y “embajador” Alberto Santana, pertenecen al ala más conservadora del evangelicalismo carismático, la rama menos institucionalizada del movimiento evangélico. El mundo evangélico es muy amplio e incluye a denominaciones respetables, como las iglesias Metodista o Presbiteriana, hasta un sinnúmero de grupos independientes que reflejan, por un lado, las tendencias post-institucionales del mundo evangélico contemporáneo y, por otro, expresan la informalidad de nuestra sociedad en el ámbito religioso.

La historia de Santana es similar a la de cualquiera de los empresarios emergentes que el mito del capitalismo popular ha consagrado como ejemplos de empoderamiento desde la adversidad. De origen provinciano (Junín) fue en sus inicios miembro de las Asambleas de Dios (pentecostal) y luego de la Iglesia Metodista del Perú, una denominación institucionalizada y prestigiosa, que tenía un pequeño templo en la cumbre de un cerro en El Ermitaño (Independencia). Allí Santana trabajó como líder laico. Desde entonces ya soñaba con hacerse de un gran terreno en la misma Av. Túpac Amaru. Lo logró con la ayuda de una líder metodista, cuyos padres eran dueños de la Ladrillera Rex. En cuanto tuvo el terreno formó una congregación independiente llevándose consigo a algunos feligreses metodistas. Así, en 1991, surgió Aposento Alto .

Durante la década de 1990, la iglesia creció sostenidamente y Santana empezó a construir su mito de pastor exitoso de la Lima provinciana, el migrante que empezó con solo tres seguidores y que ahora maneja un imperio religioso que agrupa a más de quince mil fieles y que cuenta con 54 locales a nivel nacional e internacional. El perfil sociológico de sus seguidores es un factor central para comprender su éxito. Son migrantes como él en una ciudad que los margina, “cholos” piadosos y laboriosos que han encontrado en Santana la concreción de aquello a lo que aspiran llegar a ser. Por eso no les asquea la impúdica exhibición de riqueza y poder de la que hace gala el “apóstol”, que se mudó de una modesta casita en El Callao a una mansión en Camacho, que llega con frac a sus eventos especiales y se estaciona en limusina en la polvorienta calle que da al inmenso auditorio desde donde enerva los espíritus de tantos marginados que sueñan ser como él. Si para el gusto clasemediero Santana es solo un huachafo arribista, para los migrantes con biblias es un símbolo de éxito basado en la fe. Un Acuña o un Pepe Luna religioso. Aunque por los indicios de su súbito enriquecimiento se parece más a un Camayo. Es inverosímil creer que solo con los aportes de sus seguidores, gente humilde, pueda haberse enriquecido tanto. Urge una seria investigación de las autoridades correspondientes a sus finanzas.

Sobre esa base, Santana construyó un modelo de iglesia vertical, autoritario y caudillista en el que él es el amo absoluto. Un imperio religioso que, además, es nepotista, pues con el paso del tiempo ha convertido a su esposa y sus hijos en una especie de “familia real”. Su hijo mayor Qohelet es el príncipe heredero del trono apostólico de Aposento Alto. Todo esto, aceptado obsecuentemente por sus líderes y miembros, a quienes adoctrina todo el tiempo a través de sermones, videos, libros y cursos en una forma de cristianismo fundamentalista, antiintelectual y ultraconservadora. Quienes lo cuestionan, no pueden quedarse. Solo permanecen quienes están dispuestos a ser los leales guerreros del “apóstol” que quiere ser presidente.

Santana ha sabido aprovecharse muy bien de esa imagen para consolidar su poder, primero religioso y luego político. En lo religioso, gracias al explosivo crecimiento de su grey, pronto empezó a ser admirado por otros pastores y organizaciones evangélicas, particularmente de las de su mismo sector social. Sin embargo, durante mucho tiempo, siguió siendo visto con desdén y hasta sospecha por la elite institucional evangélica. Aposento Alto no es miembro de CONEP ni de UNICEP, las dos principales federaciones evangélicas. Recién empezó a ser admitido a la elite del ala carismática evangélica a raíz de su incursión política.

En algún momento de su trayectoria, Santana se convenció de que el objetivo real de su misión no era lo religioso, sino lo político. Su auténtico sueño es gobernar el Perú. Está trabajando para ello desde hace tiempo. Su primera incursión fue desafortunada. El 2001 postuló al Congreso en la lista del APRA, junto a un discípulo suyo, Marcelino Salazar. Santana alcanzó 23,772 votos. Nada despreciable para un desconocido en la política. Pero no alcanzó una curul. En los años siguientes, siguió consolidando su hacienda religiosa pero sin dejar de cortejar al poder político. Su oportunidad volvió cuando empezó la ola conservadora de Con mis hijos no te metas y la “ideología de género”. Santana supo acomodarse entre los promotores de esa corriente reaccionaria para lograr su reingreso a la arena política con la ya conocida ceremonia en el Coliseo Amauta, propiedad de la Agua Viva -otro imperio político-religioso pero de la Lima clasemediera- en la que hizo firmar a Keiko Fujimori un pacto para bloquear los derechos de las mujeres y la comunidad LGBT.

Santana se hizo entonces conocido por su discurso rabiosamente homofóbico. Recibió el rechazo del establishment, pero para las masas populares evangélicas fue una proeza, era el valiente “hombre de Dios” que hablaba sin miedo contra el mal. El fujimorismo entendió el mensaje y se convirtió en la representación política de este populismo religioso conservador y moralista. El pacto con Keiko se firmó en mayo del 2016. Al mes siguiente, Santana compró los terrenos adyacentes al estadio Matute por los que pagó 600 mil dólares en efectivo. Sospechosas coincidencias. Pero no para el “apóstol” que interpretó estos acontecimientos como el cumplimiento del oráculo divino de que Matute será suyo. 

Regresamos a lo ocurrido el fin de semana. Los fieles de Santana, perfectamente uniformados y armados, llegaron en la madrugada para conquistar el terreno infiel que ahora creen que es suyo, no solo por haber pagado por él, sino porque están convencidos de que Dios se los ha cedido. En la cosmovisión del creyente fundamentalista, Dios está por encima de las leyes humanas. El problema es que para ellos, la voluntad de Dios se expresa exclusivamente a través de su líder. A Santana no le importó poner en riesgo la vida de sus ovejas, a las que despóticamente trata más bien como borregos. 

Fueron significativos los simbolismos enfrentados. Los “aposentistas” llegaron con una réplica chicha del Arca de la Alianza del Pentateuco, la misma que utilizaron los guerreros hebreos para marchar alrededor de la pagana Jericó para conquistarla (Josué 6). El relato mítico de la Biblia como inspiración para la batalla simbólica de los creyentes contra la pagana Matute. Santana y sus seguidores insisten en que lo que buscan es convertir ese “antro de mundanalidad” en la casa de Dios. En la guerra simbólica, se atrevieron a agredir a los símbolos de la fe aliancista: los escudos y hasta la imagen del Señor de los Milagros. Por supuesto, la respuesta de los fieles aliancistas fue contundente. Atacarlos a palo limpio. Y los guerreros “aposentistas” respondieron igual. Una épica batalla entre dos fes del Perú popular.

Tal vez Santana haya cometido uno de sus peores errores en su carrera hacia el poder. Está convencido de que será presidente del Perú. Ya formó su partido político: Perú Nación Poderosa. Hace meses recorre el Perú haciendo campañas en sus templos y en los de otras iglesias tan conservadoras como la suya. Se asume el paladín del evangelicalismo popular. Pero su incursión a La Victoria ha irritado incluso a los evangélicos más conservadores. Hasta Christian Rosas, el cabecilla de Con mis hijos no te metas, lo ha cuestionado. Ni qué decir de las grandes masas del pueblo para quienes Alianza Lima es su segunda fe. Me cuento entre ellos. Hasta la barra de la U se alineó en la resistencia contra la agresión de los “aposentistas”.

La historia de Santana no ha terminado. En estos momentos debe estar recuperándose de la derrota, pues aunque siga luchando a nivel legal, el daño que su incursión ha causado en su imagen es serio. Pero como todo iluminado, no se dará por vencido. Finalmente, está convencido de que Dios le ordenó conquistar Matute. Y también el Perú. Aterrador. Sus seguidores le creen y lo seguirán hasta el final, aunque terminen magullados y empobrecidos. Triste manera de tratar a quienes le entregaron todo al “apóstol” de los fracs y las limosinas. 

Simone Weil decía que “la fe constituye la experiencia de que la inteligencia ha sido iluminada por el amor”. Bella definición para aquellas formas de la fe que elevan a las personas, las dignifican y propician la reconciliación en la humanidad. La fe de Santana es, en cambio, solo una expresión de aquellas experiencias religiosas que oscurecen la inteligencia y alimentan el odio. 

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