La izquierda poselectoral

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Por: 

Enrique Fernández Maldonado

Los resultados de la primera vuelta ubican a la izquierda en una situación expectante. Con una bancada parlamentaria propia y una votación importante, el Frente Amplio deja la marginalidad y aparece como un actor político de primera línea. Lo que pueda acumular de cara al 2018 y 2021 dependerá, en gran medida, de sus capacidades para posicionarse como una alternativa creíble. Pero también de las características del próximo gobierno. Si este es un régimen con rasgos autoritarios y populistas, como podría llegar a serlo el fujimorismo, la izquierda tendrá que enfrentar a una derecha conservadora, revanchista e intolerante con sus ideas.

Hacer política en un contexto como este será complicado. Ser oposición a un gobierno autoritario puede ser muy costoso para un proyecto que está comenzando. Esto debe tenerlo en cuenta el FA y los otros espacios. Para posicionarse como fuerza de oposición, liderando a los sectores críticos y movilizados, la izquierda política deberá asumir una serie de retos, dentro y fuera de sus filas.

A nivel interno, el FA tiene la oportunidad de constituirse como el referente de las organizaciones y movimientos opuestos a las políticas neoliberales. Para ello debe tender puentes con otras agrupaciones y sectores políticos que están en la misma línea. Los partidos y núcleos que ahora lo conforman, no deben cerrarse a sumar otras organizaciones y movimientos que apoyaron la candidatura de Veronika Mendoza. Con gestos de apertura, dejando de lado disputas y ambiciones personales, el FA pueden constituirse en el actor que articule y conduzca los focos de resistencia y movilización contra la avanzada conservadora.

Al interior del Congreso, la bancada del FA (segunda fuerza política) deberá ser funcional a la articulación con los núcleos, organizaciones y espacios movilizados. Si se mantiene cohesionada –política y orgánicamente–, puede llegar a constituirse en la correa de transmisión entre las demandas ciudadanas y el proceso legislativo. Además, los congresistas “frente amplistas” podrán demostrar que existen otras formas de hacer política y ejercer la representación parlamentaria, fusionando ética, dialogo y movilización social.
Pero el principal reto viene por el lado de la renovación política y cultural. La izquierda debe leer bien el contexto. No es la nuestra una sociedad “politizada”, en términos ideológicos. Veamos el caso de los jóvenes, nunca más distantes de los partidos políticos que hoy. Aunque el FA supo atraer el voto juvenil, las nuevas generaciones son las menos afectas a organizarse políticamente, aunque exista un interés latente en la política. ¿Cómo llegar a estos sectores, concitar su atención y movilizarlos políticamente? ¿Qué referentes o nuevos lenguajes pueden facilitar su integración a un proyecto de cambio desde la izquierda? 

Al fujimorismo, con recursos económicos y un discurso pragmático (de mano dura y populismo), le tomó una década recuperar centralidad en la política peruana y forjar un eventual regreso al poder. En contrapartida, la izquierda –que emergió de la nada electoral en los últimos comicios– tiene una oportunidad histórica para refundarse y consolidar su presencia en la escena oficial. Ambos referentes ideológicos buscarán hegemonizar el apoyo popular y mesocrático en una disputa que será política, por espacios de poder. Pero sobre todo, una lucha por los sentidos comunes y la razón histórica, que es como se legitiman los proyectos políticos. Si el fujimorismo llega al poder, sacará una peligrosa ventaja.

 

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