España: Pedro Sánchez vs. Pedro Sánchez

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Por: 

Laura Arroyo Gárate

Hace pocas semanas, en este mismo espacio, publiqué un artículo titulado “¿Cambio de gobierno o gobierno del cambio?” y hablé de las particularidades del nuevo gobierno de España. De este gobierno del PSOE que entró como antídoto necesario contra la corrupción del Mariano Rajoy y el Partido Popular. De este gobierno como promesa tanto por las elecciones internas que pusieron, nuevamente, a Pedro Sánchez a la cabeza del PSOE, como promesa frente a las movilizaciones sociales contundentes en España lideradas por las mujeres (8M) y los y las pensionistas que siguen movilizándose semanalmente con una fuerza que sorprende. Ya entonces, señalaba posibles limitaciones en el Gobierno de Sánchez. Las señalaba como una hipótesis, pero aplaudía, como corresponde, el conjunto de medidas simbólicas que dieron el pistoletazo de salida a su nuevo gobierno. Ha pasado un mes y medio y Pedro Sánchez tiene ya dos enemigos fundamentales: el tiempo y, sobre todo, a sí mismo.

El pasado martes, Pedro Sánchez, ha comparecido en el Congreso de los Diputados con la intención de poner sobre autos al poder legislativo respecto de su reunión con el Consejo de Europa; sin embargo, ha aprovechado para realizar un larguísimo mensaje presidencial desgranando los pasos y anuncios más importantes del gobierno que encabeza hace menos de cien días. Ha aprovechado la tribuna para realizar promesas que suenan, hay que decirlo, bastante bien, pero sobre las cuales el gran “pero” ha sido la falta de concreción en políticas que no sólo resultan mínimas e indispensables, sino que son reclamos de la misma ciudadanía representada por los partidos políticos que han puesto a Sánchez en la presidencia. Ha llamado la atención la evasión que ha hecho de temas que fueron prioritarios durante su campaña en las internas del PSOE así como durante su época de oposición. 

Hemos echado en falta la mención explícita a la derogación de la Ley Mordaza, esa que ha permitido encarcelar y juzgar a tuiteros por tuitear y a raperos por rapear. Hemos echado en falta oírlo anunciar la derogación de la reforma laboral del PP, esa que en lugar de crear empleo digno, lo ha troceado y donde había un empleo ha creado dos empleos precarios de miseria, cuando, con suerte, los creaba. Hemos echado en falta oírlo anunciar las medidas reclamadas por los y las pensionistas en las calles y nos ha ruborizado oírlo limitarlas todas a la convocatoria a “un nuevo pacto de Toledo” como si pudiera así, ganar tiempo al más fiel estilo del PP que acabamos de echar del gobierno. En suma, ha defraudado, por primera vez desde que asumió la presidencia, desde los silencios y la inacción. Pero ojalá esto fuera lo único.

La semana pasada España despertaba movilizada por los audios de la princesa Corinna Zu Sayn-Wittgenstein, conocida por su cercanía con el Rey Emérito Juan Carlos I. Unos audios reveladores donde ella afirmaba que Juan Carlos I, mientras era Rey, la utilizaba para ocultar propiedades poniéndolas a su nombre. Sí, revela que el Rey Emérito la utilizó como testaferro en una conversación el conocido Comisario Villarejo. Que, además, el entonces Rey creó cuentas en Suiza a nombre de su primo y otras pillerías que, como imaginarán, causaron fuerte revuelo en el país no sólo por la corrupción desvelada en estas declaraciones, sino también porque involucraban directamente, y por segunda vez, a la Corona. 

Si en España una institución está golpeada actualmente, es la monarquía. Estos audios han supuesto un replanteamiento desde la ciudadanía sobre la pregunta que subyace desde el 15M las calles: ¿para qué nos sirve la monarquía? Una institución que desde la crisis española ha sido mal vista por el dinero público que supone mantenerla, como por los escándalos de corrupción del esposo de la infanta Cristina, Iñaki Undargarín y, ahora, estos audios que tocan directamente al padre del actual Rey Felipe VI.

En este escenario ocurrió algo simplemente inexplicable o, peor aún, lamentablemente explicable por razones muy sucias e incorrectas. La conocida “amnistía Montoro”, aquella amnistía impulsada por el entonces Ministro de Hacienda del Partido Popular, Cristóbal Montoro, fue conocida en el país como una de las estrategias del PP y los grupos poder para mantener sus privilegios. Defraudar al fisco e inscribirse a una amnistía que el gobierno les permitía. Sin embargo, en junio del 2017, luego de mucha indignación popular, es declarada como una amnistía inconstitucional por el TC. El golpe era tremendo. Quedó claro que no sólo los defraudadores habían defraudado y, con ello, habían servido para las políticas de austeridad y recortes impulsadas desde el Gobierno, sino que, encima, habían sido premiados por eso con una amnistía totalmente inconstitucional e ilegal. Tocaba decir quiénes habían sido. Tocaba publicar la lista de sus nombres. Tocaba hacer públicos los rostros de esta estafa.

Pedro Sánchez que en sus mítines repitió hasta el cansancio que la gente debía conocer la #ListaMontoro porque merecían saber quiénes se habían sumado a una amnistía ilegal. Hoy, en el poder, se ha negado a hacerla pública. Ha señalado que puede ser ilegal y que su compromiso es que no haya más amnistías fiscales como si un futuro gobierno pudiera seguirle la promesa sólo porque lo haya prometido en una tribuna. Como si no tuviera en su poder una lista que merece ser pública no sólo por la promesa, sino por lo que supone como medida por parte de un Presidente que sabe que tiene el menor apoyo porcentual parlamentario de entre todos los gobiernos europeos vigentes. Y, entonces, frente a esta absurda negativa, o cobarde evasiva, la gente se pregunta: ¿a quién está protegiendo Pedro Sánchez?

Como dije líneas arriba, Pedro Sánchez tiene dos enemigos: por un lado, el tiempo, que mientras más largo se hace más oportunidades le da de retroceder sobre sus promesas, de defraudar a sus propios electores y a todo ese contingente ciudadano que vibró con su llegada frente a la salida del corrupto Rajoy. Y, un segundo que tal vez es más letal: Pedro Sánchez se tiene como enemigo a sí mismo. Al Pedro Sánchez que ganó las primarias prometiendo una España contra la corrupción, una España plurinacional y una España que derogara la precariedad y la austeridad impulsada por el Partido Popular pero que hoy, ha claudicado desde el silencio y las evasivas o,  lo que es peor aún, desde la aceptación en lugar de la negociación al apoyar sin ningún miramiento ni reparo al eje Merkel-Macron en el Consejo de Europa. Un Pedro Sánchez vs. Pedro Sánchez donde la mayor perdedora es, sin duda, España.

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