El reto de los jóvenes: desafiar al poder

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Por: 

Nicolás Lynch

La rebelión juvenil en curso tiene un formidable reto por delante: hacer política. El resto de los movimientos sociales en el último cuarto de siglo, sea en dictadura o democracia, se han quedado en el camino. En los últimos años ni el movimiento anti-Conga ni el movimiento contra la repartija pudieron lograrlo. El sistema de domesticación puesto en práctica por el neoliberalismo ha podido más que cualquier grita callejera, pero hoy podría haber elementos nuevos que presagien algo distinto.

Los últimos movimientos importantes con influencia política, a fines de la década de 1980, colapsaron por esa mezcla perversa de hiperinflación, violencia terrorista e incapacidad de los actores políticos de la época de ponerse a la altura de las circunstancias. La convergencia de estas múltiples crisis le permitió a Fujimori, ya convertido en dictador, el trabajo de limpieza respectivo. No es casual por ello que restaurada la democracia, sin ruptura de fondo con el régimen autoritario, heredara entre otras características la aversión a la protesta social. Esta aversión se manifiesta en la creciente criminalización de la protesta que paradójicamente continúan gobiernos elegidos como los de Toledo, García y Humala.

Este tipo de régimen democrático tiene que ver con el modelo neoliberal en funciones. Como es un modelo que reparte entre unos cuantos la democracia debe ser limitada, de lo contrario tienen el temor de que podría estar amenazada. Los que protestan, por ello, son delincuentes y no ciudadanos para las instituciones actuales, debiendo ser reprimidos para que el orden funcione. El resultado es una democracia precaria que encuentra su fuerza y su limitación en el mismo punto: la exclusión de sectores importantes sino mayoritarios de la sociedad.

Pero lo que hemos tenido, estrictamente hablando, en los últimos años en el Perú han sido acciones colectivas y no movimientos sociales. Es decir, protestas episódicas,  principalmente de carácter medioambiental, pero sin permanencia en el tiempo por lo que no se han convertido en movimientos sociales que pudieran influenciar la política y eventualmente desafiar al poder. Sin embargo, a diferencia de momentos anteriores nos encontramos hoy en una coyuntura de crisis del modelo impuesto con el golpe fujimorista que se quiere aliviar exprimiendo al trabajo. En este proceso se busca afectar, entre otros, al sector juvenil sin tomar en cuenta que por su rango de edad expresa potencialmente a millones de ciudadanos y por la naturaleza de sus aspiraciones es altamente movilizable.

Esta diferencia nos permite pensar que se podría pasar de acciones colectivas a movimiento social, venciendo para empezar el reto de la permanencia. Ello permitiría la influencia política, que en este caso sería más como protesta (derogatoria de la norma) que como propuesta (modificatoria), ya que una nueva política de empleo juvenil, y más en un período electoral, implica una nueva política laboral propia de otro modelo económico, que este gobierno no parece capaz de afrontar en sus postrimerías.

Si esta influencia se llega a producir estamos a puertas de la acción política, una operación ciertamente más compleja y de una proyección mucho mayor que la simpatía eventual de algunos líderes. Ella supone la intervención política en partidos existentes o la creación de nuevos partidos políticos. (Aquí es importante recordar que partidos de otro tiempo, el Apra  de Haya de la Torre y el Partido Socialista de Mariátegui, surgieron de un movimiento juvenil). En cualquier caso se podría tratar, por el ímpetu de la protesta actual, de una acción política para producir una renovación de un alcance tal que supere al actual régimen de democracia limitada.

Pasar a la acción política, además, supone que la rebelión juvenil, active o reactive a otros movimientos para organizar una agenda de reivindicaciones que efectivamente desafíe al poder de turno y haga imposible su reproducción. Este potencial de desafío es el que está en juego. El sistema actual quiere conservarlo en una vitrina, mientras que los jóvenes pugnan por sacar su genio de la botella y, como ya lo han hecho en otros tiempos y lugares, construirse su propio futuro.

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