El dólar de nuevo nos angustia

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Como en otras épocas de triste recordación, la devaluación del sol vuelve a aparecer en nuestra vida cotidiana. La baja de los precios de las materias primas impacta en nuestra principal actividad exportadora, que es la minería, y finalmente también lo hace en las finanzas mundiales, produciéndose la depreciación de la moneda nacional. Nuestro modelo exportador de materias primas sin valor agregado no tiene defensas. Los tiempos de las vacas gordas no sirvieron para diversificar la actividad productiva y hoy estamos pagando por ello. En otras palabras la crisis del modelo, repetida tantas veces en la historia nos encuentra desprevenidos.

Esto se acelera porque el alza del dólar en las últimas semanas  ha remecido la economía de varios países de la región y el Perú no se ha visto exento. El alza de la divisa estadounidense ha traído consigo la devaluación de la moneda local así como el incremento de los precios de los productos de primera necesidad. Según el Banco Central de Reserva, entre el 01 de enero y el 11 de agosto de este año, el tipo de cambio aumentó en 8% en nuestro país. Es decir, el nuevo sol perdió su valor con respecto al dólar. 
    
Pero, ¿a qué se debe el alza del dólar y la conjunta depreciación de nuestra moneda? Uno de los factores principales para que se aprecie la moneda norteamericana proviene de China. En el último mes, el yuan se devaluó, lo que ha tenido repercusión en la economía mundial, fortaleciendo al dólar. La desaceleración de la economía china, uno de los principales socios comerciales de los países latinoamericanos, ha determinado que el gigante asiático compre materias primas de la región en menor cantidad y que, por ende, ingresen menos dólares. Esta menor oferta de dólares genera dicha elevación del tipo de cambio.
 
Más aún, habría que tener en cuenta que gran parte de la actividad minera del país depende del capital chino, lo que desordena por sí mismo la economía nacional, en un efecto dominó. A esto se agrega las abruptas salidas de capitales especulativos en dólares que generan fuertes presiones inflacionarias. Un reciente análisis de la firma J.P. Morgan respecto a la economía de América Latina publicado en el diario estadounidense The Wall Street Journal ubicó a Chile y Perú en los primeros lugares en un ranking de riesgo global por la depreciación del yuan. El propósito de China con la pérdida de valor de su moneda parece ser que es impulsar la actividad exportadora. Algo que no necesariamente ocurrirá en los países latinoamericanos. Es ahí donde el Perú tiene un serio inconveniente.
 
El problema del modelo

Mucho se ha especulado alrededor del alza del dólar. Se ha dicho que es un buen momento para los exportadores, pero no se explica el problema de fondo que tiene nuestro modelo económico. Si bien es cierto que el alza del dólar beneficia a las empresas exportadoras, pero nuestro país no se caracteriza precisamente por ser un país exportador de productos con valor agregado. Por el contrario, dependemos de los bienes que importamos del exterior y la adicción ha crecido al contar con dólares a un precio bajo en los últimos años. Esto es a lo que se denomina «enfermedad holandesa».
 
De acuerdo a la Organización Mundial para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), en un informe de este año, señalan que 18 de los 33 países de América Latina y el Caribe son importadores netos de alimentos. Ello significa que importan más alimentos de los que exportan. El Perú también figura en esta lista. Por ejemplo, nuestro país, junto a Colombia, México y Venezuela, es uno de los principales importadores de maíz. Esta situación de dependencia genera el efecto inflacionario de los productos que requieren de estas materias primas. Ejemplo de esto ha sido el alza de otros alimentos, como el pollo en el mercado local.
 
A esto se suma el gran problema de la desindustrialización interna. El Perú es un país con escaso desarrollo industrial y agroindustrial. Nuestras inversiones privadas nacionales no están dirigidas precisamente a desarrollar la agroindustria y la manufactura en la sierra y la selva del país. Asimismo, a diferencia de las inversiones extranjeras, las nacionales tienen restricciones tanto de mercado como de financiamiento que les impiden crecer. Por este motivo no se puede cubrir la demanda nacional de alimentos y mucho menos potenciar la exportación.
 
Actualmente, nuestra economía es menos productora de bienes manufacturados y agrícolas, y más productora de servicios de baja productividad. El 67.1% del PBI del 2013 corresponde a actividades no transables como el comercio, la construcción y otros servicios. La producción manufacturera, agrícola y pesquera equivale solo el 20.8%. Este último porcentaje representa el 25% de la suma del consumo y de la inversión del sector privado. En estas condiciones, el Estado debe tomar cartas en el asunto y en lugar de bajar impuestos a las empresas y creer que el problema se reduce a trámites, relanzar la inversión pública focalizada en infraestructura para que haya algún impacto en la capacidad productiva.
 
Por último, el BCR da lástima. En lugar de actuar de manera reactiva, lo cual lo ha llevado a “quemar” el 45% de nuestras reservas en los últimos dos años, debería regresar a un tipo de política preventiva que hiciera más eficientes sus intervenciones y no nos pusiera en peligro, como lo viene haciendo, de dilapidar nuestras reservas.
 

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