El código feminicida

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Por: 

Angélica Motta

Cadenas amplificadoras de un mensaje letal

La violencia feminicida se viene consolidando en nuestro país como una forma de comunicación cotidiana, un código letal al que apelan hombres, cuyas masculinidades se han visto frustradas o puestas en jaque, para transmitir un doble mensaje. Por un lado, castigo a quienes consideran las culpables: parejas, exparejas e incluso prospectos de pareja que decidieron desvincularse de ellos (y de paso advertencia disciplinaria a otras mujeres). Por otro lado, demostración a sus pares, otros hombres, y a la sociedad en general de que su “potencia” todavía alcanza para algo, aun si solo muerte y destrucción(1). 

Pero este lenguaje letal no es solo hablado por los perpetradores. El feminicidio es una manifestación extrema dentro de una gramática social de violencia contra las mujeres, en diversos grados, que desafortunadamente está demasiado extendida. Para que los mensajes feminicidas sean inteligibles y lleguen a sus receptores, para que el sistema de comunicación funcione, diversos actores juegan un rol, configurando amplias redes, con diversos grados de complicidad, más o menos conscientes. Empezando por el perpetrador, hasta las autoridades (policía, sistema judicial, etc.), pasando por los medios de comunicación, redes sociales, ciudadanxs de a pie entre otros. 

Si bien casi todxs tendemos a reaccionar con gran indignación frente a los feminicidios y, por ejemplo, entre autoridades y medios de comunicación se maneja un discurso oficial de censura y condena, al momento de tratar los casos, se suele incurrir, conscientemente o por inercia patriarcal, en complicidades que alimentan peligrosamente la violencia letal contra las mujeres. Veamos un par de casos recientes que muestran fragmentos de una red de transmisión y amplificación de los mensajes letales jugando entre indignación, espectacularización, y normalización: 

Escenario 1: espectáculo y amplificación del mensaje feminicida

En diciembre de 2018, el suboficial Luis Genaro Estévez Rodríguez habría asesinado a su ex pareja a puñaladas y, junto a sus cómplices, convertido su cuerpo en desecho, desfigurándola con ácido muriático y enlatándola en un cilindro sellado con cemento que pretendió enterrar en un basural en Villa el Salvador.  El lugar elegido para desechar el cuerpo es cercano a un conjunto de viviendas, tanto así que vecinxs de la zona se percataron y dieron aviso a las autoridades. Desprender el cuerpo de Marisol del cilindro fue una diligencia complicada (requirió el apoyo de los bomberos) y evidentemente horrenda pero que sin embargo (o por lo mismo) se espectacularizó: las autoridades realizaron dicha diligencia a vista y paciencia de moradores de la zona quienes rodearon la escena para observarla y además fotografiarla/filmarla; al igual que los medios de comunicación que llegaron al lugar y se esforzaron por registrarla y transmitirla con detalle, mencionando las partes del cuerpo de la víctima que iban quedando al descubierto(2).

¿Por qué tal ritual de destrucción del cuerpo de la víctima? ¿Por qué pretender desaparecer el cuerpo en un lugar tan cercano a viviendas?, ¿Por qué las autoridades permiten la aglomeración de personas y prensa mientras se extrae el cuerpo del cilindro? ¿Cuál es la urgencia de lxs vecinxs de filmar/fotografiar el cuerpo y sus restos en semejantes condiciones? ¿Cuál la necesidad de los medios de comunicación de transmitir a nivel nacional detalles del cuerpo destruido y de su manipulación por las autoridades? (“Vemos las extremidades… el pie de esta persona fallecida” dice una reportera. “Estamos viendo acá el cabello de la señorita” dice una vecina del lugar instada por las preguntas del reportero(3). En todo este proceso opera una cadena de acciones que acaban alineándose para garantizar efectividad en la transmisión amplificada del doble mensaje feminicida.

Escenario 2: culpabilización de la víctima y difusión acrítica de motivos del perpetrador

Hace pocos días, Gino Villegas Arévalo asesinó a su ex pareja a balazos en un mercado del Callao, a vista y paciencia de muchas personas. Al poco tiempo de sucedido el hecho, la autoridad policial de la zona dio una conferencia de prensa a nivel nacional y con una gran cantidad de medios de comunicación presentes. Comienza señalando lo lamentable del hecho y, sin embargo, luego realiza una serie de declaraciones desafortunadas. 

A la pregunta por si el detenido cuenta con antecedentes responde: “No tienen antecedentes, los dos, ninguno de los dos, ni requisitorias”. De manera injustificada, el policía decide incluir a la víctima en su respuesta cuando el responsable y llamado a ser escudriñado en sus antecedentes policiales es el feminicida. En la misma línea de transmitir una idea de corresponsabilidad, dice también el policía: “esta pareja deja cuatro menores una de 18 y tres menores de edad que es lamentable que hayan quedado huérfanos”. Alguien tendría que haberle aclarado: “No señor policía, no es la pareja la que los deja en la orfandad, es el asesino feminicida quien lxs deja sin madre”. En ese sentido, igual de preocupante que las declaraciones del policía es que ningunx de lxs periodistas presentes haya hecho comentario o pregunta alguna que cuestione lo dicho. La inercia patriarcal operando. 

Además, el policía da declaraciones en que se expusieron, sin ningún tipo de perspectiva crítica, “los motivos” del perpetrador. Así, pregunta la periodista: “¿Ha comentado exactamente cuál es el motivo que lo llevó a hacer esto?” A lo que el policía responde: “A ver, según la entrevista que se ha hecho inicial, él manifiesta que él ha sido víctima de infidelidad y a partir del día 24 como repito terminó su relación por ese motivo y como consecuencia de eso ha actuado de esta forma”. 

Sin ningún tipo de crítica a la narrativa del perpetrador y estando frente cámaras a nivel nacional, el policía a cargo hace eco del mensaje de un feminicida que se justifica victimizándose. Dar espacio de exposición sin cuestionamiento no hace más que contribuir a la normalización de esas narrativas y eso es responsabilidad de los periodistas que están ahí para preguntar y repreguntar y de las autoridades que deberían estar preparadas y sensibilizadas sobre cómo comunicar sobre estos casos. 

Para terminar

En ambas escenas conviven el discurso explícito de censura y condena del feminicidio y el implícito de refuerzo del mensaje del perpetrador feminicida; esto último a través de la exhibición insistente del cuerpo destruido de la mujer (escena 1) y en la responsabilización de la víctima y el relato incuestionado del feminicida (escena 2). Todo amplificado por los medios de comunicación. 

No se trata de que los medios no cubran estas noticias, se trata de que lo hagan de manera empática, respetuosa y comprometida con las transformaciones que la sociedad necesita. Como dice Adriana Amado: “Más allá de mostrar indignación, la prensa debe aportar información que oriente y consolide los cambios sociales”(4).

Desde la movilización #NiUnaMenos, aumentó la consciencia sobre el problema de la violencia de género y es más frecuente que los feminicidios ya no se describan en los medios solo o principalmente como el accionar de “monstruos”(5), sino como el resultado de un sistema social machista. Sin embargo, reconocer el machismo y el mandato de posesión sobre las mujeres es un primer paso, se precisa una perspectiva de género integral para tratar de manera adecuada la totalidad de detalles que involucra comunicar sobre estos hechos. Lo mismo para el caso de las autoridades a todo nivel, en particular policiales y judiciales. Sin los lentes de género no se consigue desmontar discursos y prácticas revictimizadoras y de complicidad con los agresores, está demasiado naturalizado, muchas veces ocurre aun teniendo buena voluntad porque es el substrato mismo de nuestro sentido común colectivo. 

El enfoque de género es pues urgente en la formación profesional, en este caso de policías y comunicadores, y qué mejor si además contamos como base con una educación con enfoque de género desde la escuela. El feminicidio se está instalando de manera cada vez más extendida entre nosotrxs (el 2018 se registraron 21 por ciento más de feminicidios que el año anterior(6). Es un momento de urgencia que demanda esfuerzos en todos los campos porque como dice Segato: “…cuando un sistema de comunicación con un alfabeto violento se instala, es muy difícil desinstalarlo, eliminarlo. La violencia constituida y cristalizada en forma de sistema de comunicación se transforma en un lenguaje estable y pasa a comportarse con el casiautomatismo de cualquier idioma” (2013: 32).

Referencias 

Muñoz, Fanni (2016) Discursos sobre el feminicidio en la prensa escrita: El Comercio (2012) y Trome (2013): entre la visibilización e invisibilización del fenómeno. En: Bidaseca, Karina (comp.) Feminismos y poscolonialidad 2. 1ª. Ed. Buenos Aires: EGodot. 
Segato, Rita (2010) Las estructuras elementales de la violencia: ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. 2ª. Ed. Buenos Aires: Prometeo Libros.
Segato, Rita (2013) La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. 1ª. Ed. - Buenos Aires: Tinta Limón. 

(1)  La idea de los feminicidios como crímenes expresivos transmitiendo mensajes a dos niveles ha sido tomada de Segato (2010).
(2) La descripción de este crimen y lo ocurrido en la escena de rescate del cuerpo proviene de un reportaje televisivo del programa Beto a saber, disponible en: http://www.atv.pe/actualidad/espeluznante-crimen--joven-estudiante-femin...
(3) Idem
(4)https://www.lanacion.com.ar/2203384-el-riesgo-de-convertir-el-drama-pers...
(5)Sobre el tratamiento de los feminicidios en medios de comunicación ver Muñoz (2016)
(6)https://elpais.com/internacional/2019/01/10/actualidad/1547144743_681801...

 

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