CONFIEP y su annus horribilis

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Por: 

Francisco Durand

No pudo ser peor. Todo salió mal en la semana donde el gran empresariado nos embelesa con discursos de éxitos y promesas de modernización, el CADE.

Para empezar el todopoderoso Dionisio Romero, jefe de Credicorp, el holding financiero del grupo que dirige desde 1979 la familia Romero por delegación de los principales accionistas (su grupo tiene menos de 20%) se sintió arrinconado. Su inexperto jefe estuvo atormentado durante semanas. No sabían, luego de declaraciones de testigos y allanamientos a estudios de abogados a su servicio (Ore en particular), si la Fiscalía, que lo había llamado a declarar junto a otros jefes, conocían de la mega donación realizada el 2011 a Keiko Fujimori. Consultaron a varios estudios, hasta que Ugaz le aconsejó que mejor era declarar. La noticia cayó como una bomba, no tanto por lo admitido sino por la cifra: $3.650 millones, lo suficiente como para comprarse al partido y su candidata.

Siguieron los intentos domingueros de María Isabel León (grupo Rodríguez-Pastor, Interbank) por defenderse ante una inusualmente aguda Sol Carreño, que demandaba transparencia. Y luego el CADE 2019, organizado por IPAE (propiedad del grupo Interbank), el gran evento del año, aquel donde cientos de empresarios asisten y conviven por unos días con periodistas de todos los medios, invitados por CADE con todo pagado, que suelen diseminar a los cuatro vientos las bondades del modelo económico y los éxitos de tan importantes “creadores de riqueza”. Antes del evento ya se había notado un inusual sentido crítico entre áulicos entusiastas, o, por lo menos, silentes comentaristas. 

La CONFIEP, Romero, los grupos eran temas tabúes que debía evitar en sus columnas e intervenciones mediáticas. La señora León, arrinconada por la andanada de críticas y la pérdida de credibilidad, tiró al tacho en CADE su calculado discurso y afirmó que tenía “3 millones 650 razones para pedir que den un paso al costado”, en directa referencia al hasta entonces intocable Dionisio Romero Paoletti (puede perder su puesto si los accionistas extranjeros le bajan el dedo). Lo decía un personaje que intento candidatear en la lista de Keiko, el otro personaje de la semana, famosa ahora no tanto por su encarcelamiento sino por haber recogido una fortuna en grandes donaciones empresariales que, muy probablemente, dieron lugar al pitufeo de una pequeña parte y la inversión de otra muy grande en negocios de diverso tipo, familiares y partidarios. Es una hipótesis que cada vez suena más consistente.

La cereza en el pastel fue el allanamiento de las oficinas de la CONFIEP el viernes pasado, justo cuando termina el CADE y los periodistas preparan sus crónicas laudatorias de siempre (o quizás no, dado que están con ganas de sacudirse de esa carga), bajo el eslogan discutible que la economía de mercado monopolizada pueda ser para todos. Seguro.

De modo que en esta terrible semana cayó la reputación de los grandes empresarios y su sindicato, la CONFIEP, por los suelos. Intentan empezar de nuevo, pero nadie va a creer que el resto de los grupos solo dio donaciones a CONFIEP y no se las dio a la señora K. A diferencia de Romero, están seguros de que no los van a ampayar. Elena Conterno, presidenta de CADE, con fama de lobista, afirmó en tono reformista que apoya la financiación pública de elecciones, haciendo una declaración insólita que nadie va a creer: “las empresas no deben apoyar las campañas”. 

Lo que deben hacer en CADE aprovechando el aquelarre, y lo hemos sostenido hace poco, es muy simple: comprometerse públicamente a declarar sus donaciones a los partidos. Problema resuelto, así los dirigentes partidarios se ven obligados a declararlo en lugar de llevarse los maletines a su casa y luego salir de compras.

 

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