Alfonso Barrantes Lingán

Por: 

Gonzalo García Núñez

Alcalde Metropolitano de Lima y forjador de la Izquierda Unida, dejó la huella de su legendaria honestidad y austeridad. El dos de diciembre, Alfonso Barrantes Ringan  habría cumplido apenas noventa y un  años.  “Frejolito” nació en San Miguel de Cajamarca.  Pisa diablo y dicharachero. El que sería joven líder estudiantil de filosofía y derecho,  preside la  Federación    universitaria de San Marcos hacia fines de los 50.  Allí se construye políticamente en la lucha por los derechos de la juventud estudiosa y del pueblo.

Luego activa en la izquierda partidaria, dicho con ironía, graduándose el año 1963 en el Frontón cuando es detenido durante  el golpe de estado de  la dictadura breve de Pérez Godoy, acusado de “pertenecer al comunismo internacional”. 

Recuerdo haberlo encontrado la última vez en un frecuentado restaurant trujillano en Lima, célebre por sus especialidades norteñas. 

Al pasar cerca de su mesa, Alfonso me llama con la cortesía y modales que le eran habituales y me invita a compartir los potajes, los ajicitos y la buena conversación, creo que en presencia también de la china y otros colegas regidores metropolitanos. 

A los pocos minutos y con voz pausada contaba de su próximo viaje a una de las mejores clínicas del mundo  para enfermedades como las suyas.  

Despejada una súbita nube en su mirada que advertí como nostálgica y con la misma ironía de siempre, recordamos cuando yendo juntos a un mitin de la base de Chorrillos, el poderoso Volkswagen celeste del doctor echaba humo en pleno zanjón. 

Con maestría de ingeniero resolvió apuradamente la amenaza de incendio del motor reinstalando una manguera plástica desconectada,  la que dejaba gotear la gasolina sobre el motor. Superado el trance, la sonrisa volvió otra vez, gajes del oficio, dijo. 

De allí la evocación de los años felices, nos condujo un rato  por sus recuerdos generosos de la vida política.  

Vino a la memoria el multitudinario  mitin de la avenida Grau para la candidatura a la Alcaldía de Lima metropolitana en el agitado 1983. 

Entró de pie, parado en la tolva de una añosa camioneta pick up, cuyo vetusto motor  tosía de  rato en rato pero que resistió  bien el cerco de la gente e inclusive el disciplinado conductor aceptó que esta masa gigantesca  se soldara a su alrededor, aclamando al  candidato de la Unidad de la izquierda. Una suerte de AMLO precursor. 
Nació así el mito de la IU. 
Que casi se desvanece, azares de la historia, por el crujido del pequeño  balcón del veterano local, prestado por Gustavo Mohme Llona, estructura que desde el segundo piso protestaba por el peso de los numerosos  colaboradores cercanos. Algunos como Julio Schiappa o el legendario torito.O de los integrantes del famoso comité directivo, como Jorge del Prado, cuya fotografía conservo, Cucho, Enrique, Henry, Murru, Manuel, Javier, Rolando, el profesor...

Después del masivo mitin unitario de Grau, Alfonso ganó lejos la alcaldía de Lima en 1983. Quedaría en la biografía de su gestión que fue el primer alcalde socialista de Sudamérica y del  Perú. También el último, desde entonces. 

Dejó su impronta en la distribución del vaso de leche del “tío frejolito” como le gritaban los agradecidos niños de entonces. Y la coordinación de la red de señoras de los comedores populares autogestores. También las pistas, como la Salvador Allende de Lima Sur. Huaycan, Villa y los proyectos de planeamiento de la ciudad, el catastro informático  metropolitano y el IMP. Las rosas de Alicia Alonso, el canto de la trova, el ballet moderno de Nueva York, la inolvidable voz de Tania, libros, pinturas y pintores, opera y música rebelde, un Municipal dignificado por la cultura, la  voz de una cantante hispana que había encandilado al burgomaestre.  

Dejó sobretodo un sentimiento de solidaridad de la política con los más pobres y la voluntad de un gobierno inclusivo de la ciudad, forjando acuerdos y tendiendo puentes a todas las fuerzas políticas democráticas. 

De eso también hablamos cuando, recuerdo, forjada la UDP en 1978  recibí su invitación a participar en el dialogo sobre la necesidad de la gran transformación del Perú. Lo he leído, me dice,  esta es su trinchera, confió.

Para las elecciones de 1985, Alfonso llamó a un grupo de amigos comunes a pensar la alternativa de poder. Cabía la posibilidad de asumir el gobierno del Estado por las elecciones. En efecto ya en 1983 y con la bandera blanca de la  izquierda Unida, muchos distritos, provincias y ámbitos territoriales habían sido ganados por la Izquierda pese a que ya enfrentaba a los polpotianos herederos criollos de Chan Ching y las equivocadas tácticas tanaticas  del general Noel.  

Nos reímos mucho sobre los avatares de un aprendizaje instantáneo de lo que nos correspondió gobernar en Lima, después de Eduardo Orrego.  

Y recordamos cuando miles de jóvenes, estudiantes y trabajadores,  se incorporaron a las tareas de desarrollo urbano, encuestadores, procesadores, estadísticos, formando grupos de participación vecinal y técnica, en fin.  

“Es intolerable meter la pata, decía cazurro, pero inaceptable meter la mano. Así que pobre pero honrado, esa es mi consigna, añadía. 

Luego de comentar  algo más de la coyuntura política, Alfonso me alerta;  -Ingeniero, estoy jodido pero voy a dar la pelea. Esta semana viajo a enfrentarme con la parca. 

Una sonrisa afectuosa fue  el final de la conversa. Unos días después, la llamada urgente del teléfono me avisa que, afortunadamente,  Alfonso había salido bien de la operación. 

Unas horas después, sin embargo, me llega la voz compungida de Cecilia Israel, su fiel colaboradora, que me comunica que Alfonso había partido hacia su tránsito definitivo. 
Para los que tuvimos el  honor de compartir una parte de su itinerario, el ejemplo de Alfonso Barrantes sigue siendo norma de conducta política.

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