¿Realmente queremos pan sin libertad?

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El pasado 24 de setiembre, en medio de las celebraciones por el 60 aniversario de la República Popular China, el Presidente García declaró que para el Perú dicho país


es un “gran ejemplo” para terminar con la pobreza. Más aún, dijo que “China es un ejemplo extraordinario de cómo, sacrificando algunas cosas, se logran otras que son mucho más importantes (como) terminar con la miseria e incorporar al consumo masas inmensas”¹. Habría que recordarle al presidente que sacrificar “algunas cosas” incluye a muchísimos muertos por campañas de violenta represión étnica y política a lo largo de estas décadas, y a muchísimos ciudadanos más que sufren dicha represión aún en la actualidad.
¿Es esta la visión de desarrollo que favorece el presidente de un país democrático? ¿Una donde todo queda subordinado a la meta de lograr un crecimiento económico acelerado? Debe recordársele a García que China es un país ampliamente condenado por grupos de la sociedad civil internacional y gobiernos progresistas por sus recurrentes faltas de respeto a los derechos políticos y sociales de sus ciudadanos. Un país que carece de un sistema democrático de partidos y de sindicatos independientes del poder, donde se descarta el pluralismo y el debate ciudadano, aspectos fundamentales de una sociedad democrática.
Ninguna concepción contemporánea del desarrollo da cabida a un modelo donde los derechos y libertades se sacrifican en nombre de indicadores económicos. Quizás haya estado demasiado ocupado García en 1989 viendo cómo se venía abajo el Estado peruano y nuestra economía gracias a sus malos manejos como para haberle prestado atención a las imágenes escalofriantes de la represión de las protestas pacíficas en la Plaza Tiananmen de Beijing.
García señala: “en China hay una conducción que puede decir no solamente a los ciudadanos y trabajadores sino a las empresas cuál es el objetivo”. Es evidentemente contradictorio, y alarmante por venir de la persona que debería guiar al país, que quien un día parece un converso al libre mercado y un modelo neoliberal a ultranza de pronto defienda un modelo autoritario donde el Estado interviene de manera arbitraria en la economía e incluso en los aspectos más privados de la vida de sus ciudadanos. Aunque no estemos de acuerdo con sus propuestas, lo menos que se le puede pedir al presidente es coherencia en sus declaraciones. Es irresponsable expresar apoyo a modelos radicalmente opuestos.
En todo caso, con estas declaraciones García sí muestra coherencia con su acostumbrado papel de presentar al Perú como fiel lacayo de los Estados Unidos, país que, incluso durante los gobiernos del Partido Demócrata, ha preferido callar las críticas a las malas costumbres chinas antes que poner en peligro jugosas relaciones comerciales. Ese discurso hipócrita de los norteamericanos no sería muy difícil de duplicar aquí, donde los intereses particulares que buscan beneficiarse con un TLC con China vienen callando con éxito cualquier reparo acerca de la influencia negativa que podrían tener las prácticas políticas, económicas y comerciales chinas sobre nuestra precaria democracia.
No creamos que la represión salvaje es cosa del pasado; incluso en los últimos años ha continuado en provincias como Xinjiang y Tibet. ¿Cuán saludable es abrirle las puertas a un país cuyas empresas y ciudadanos, como dice García, generalmente obedecen los dictámenes de un gobierno totalitario?.

¹ El Comercio, página web: http://www.elcomercio.com.pe/noticia/346787/alan-garcia-china-extraordin...
 

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