¿Por qué se dificulta la unidad de las izquierdas?

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Por: 

Manuel Guerra

La lógica más elemental aconsejaría que frente a la amenaza que la versión más putrefacta de la derecha neoliberal triunfe en los comicios del 2016, la izquierda debería hacer esfuerzos para unirse y unir a los más amplios sectores para enfrentar juntos ese proceso.
 
La misma lógica diría que las izquierdas habrían aprendido la lección de lo que significó el derrumbe de Izquierda Unida, de tantas derrotas recibidas desde entonces, de las reiteradas frustraciones. Un simple razonamiento revelaría que la población que reclama cambios no confía en una izquierda dividida, que en lugar de enfrentar al verdadero enemigo se dedica al canibalismo irresponsable.
 
Ocurre, sin embargo, que las estructuras de pensamiento arraigadas en muchos izquierdistas impiden razonamientos de este tipo. En las década de los 70 y 80 los debates furibundos, las mutuas exclusiones, incluso la odiosidad con que se trataban los izquierdistas eran porque cada organización se consideraba depositaria de la pureza doctrinaria marxista y descalificaba a los otros tildándolos de reformistas, revisionistas, ultras, oportunistas y otros epítetos por el estilo. En el presente las fisuras se ahondan en épocas electorales, en muchos casos obedecen a posturas pragmáticas, aunque, claro está, disfrazadas de lenguaje radical.
 
Echado a andar el proceso electoral al 2016, en parte de la izquierda se toma como línea divisoria de lo que es correcto o incorrecto, de lo consecuente o inconsecuente, la posición respecto a personajes como Susana Villarán, Salomón Lerner o Yehude Simons. No se parte por un análisis de conjunto de las debilidades y fortalezas en el campo popular, de la correlación de fuerzas y las tendencias dominantes, de establecer la contradicción principal a resolver, de la estrategia que ha puesto en marcha la derecha cavernaria, de la necesidad de aglutinar al máximo de fuerzas para enfrentar a la amenaza del continuismo neoliberal. Se parte de la descalificación a las citadas personas, y a partir de allí se establece la política de alianzas.
 
Se aduce que la izquierda no puede ir de furgón de cola de gente poco confiable, porque luego va a ser traicionada, como ocurrió con Ollanta Humala. No se entiende que en la confluencia hacia un solo bloque que incluya a la izquierda y centro izquierda, no se está planteando que uno vaya a la cola del otro, sino de construir un proyecto entre todas las fuerzas comprometidas, articuladas por un programa común y cuyos candidatos se definan por métodos democráticos (un militante un voto). Además, en un frente de este tipo ninguna organización pierde su identidad y tendrá todo el derecho a crecer y difundir sus planteamientos.
 
Por lo demás, frente al temor por una posible inconsecuencia o traición de determinados líderes, hay que señalar que existe una doble responsabilidad. Por un lado, efectivamente, puede ocurrir que determinado personaje, como Ollanta Humala, tenga una personalidad débil y proclive a someterse a las presiones de los poderosos y terminar en la vereda opuesta. Eso es un riesgo, más no por el riesgo de ahogarse no hay que cruzar el río. Pero, por otro lado, está la responsabilidad de los sectores de izquierda, que a la fecha no han podido recuperar los espacios populares arrebatados por el fujimorismo, ni hacen una labor consistente para contrarrestar la ofensiva mediática derechista que enajena la mente de la gente. Otra sería la historia si los partidos de izquierda serían fuertes y se contara con un pueblo consciente y organizado; en esto descansa la fuerza real que determina la dirección que seguirá un proceso, incluso el comportamiento de los liderazgos. Las recientes elecciones en Lima expresan justamente las debilidades de la izquierda, más allá de si la gestión de Villarán fue la más acertada o no. En la victoria de Castañeda Lossio, la responsabilidad recae principalmente en los sectores de izquierda que no están disputando adecuadamente los espacios políticos a la derecha cavernaria.
 
Volviendo a las estructuras mentales que impiden o dificultan los procesos unitarios, tenemos en primer lugar una estrechez de miras que ve el árbol, pero no el bosque, se agota en la coyuntura y las ventajas de corto plazo, en lugar de mirar el horizonte y los objetivos estratégicos. En segundo lugar, una falsa concepción de la hegemonía, que se traduce en la lucha a muerte por los cargos y representaciones, en lugar de preocuparse porque prevalezcan las ideas. En tercer lugar, considerarse unos a otros como competidores en lugar de aliados; de allí que la relación entre los grupos de izquierda esté marcada por la intención de infligirse derrotas, debilitarse unos a otros, en lugar del apoyo y la colaboración  que prevalece entre los verdaderos aliados.  El sectarismo que se nutre de todo lo señalado, siempre va a presentarse como purista, como símbolo de la honestidad, de la consecuencia, reserva moral o ángel justiciero. Estos esquemas vienen de atrás y se reproducen una y otra vez, y siempre van a encontrar un pretexto para justificar la división, siempre un chivo expiatorio a quién achacarle la responsabilidad. La fragmentación, el individualismo extremo, el pragmatismo, de lo que se nutre y se sirve el neoliberalismo, así como el caudillismo que es parte de la política peruana, también han sentado banderas en sectores de la izquierda y atentan contra la construcción de un espacio unitario. Sin un cambio de estos esquemas mentales no se va a producir unidad en la izquierda, o en todo caso se va a reducir a una unidad superficial, circunstancial, frágil, como ocurrió en Izquierda Unida.
 
Está claro que la política peruana necesita renovarse y que la izquierda puede jugar un papel rector en ese sentido, siempre y cuando en ese proceso se renueve a sí misma y se coloque a la altura que se requiere para resolver los grandes problemas nacionales. Esta renovación, necesaria y obligatoria, tiene un carácter integral, que parte por el cambio de mentalidad, de visión, también las formas de hacer política. Una renovación que no podrá plasmarse, si no se asume también, como parte de este proceso, la renovación generacional.   

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